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Viernes 08-08-2008

CHICAGO-BANGKOK-KUALA LUMPUR...


El jet-lag que se sufre cuando se viaja desde América a Asia es, a nuestra opinión, uno de los peores.
En nuestro caso, para ir de Chicago a Bangkok (haciendo escala en Corea del Sur), estaríamos hablando de un viaje que duró aproximadamente unas 28 horas.
Si a ello lo sumamos que la diferencia horaria entre ambos puntos son 12 horas, entenderás que nuestros primeros días en Bangkok fueran un tanto confusos.
De hecho, las dos primeras noches nos levantamos muertos de hambre hacia las 5 o las 6 de la madrugada… afortunadamente en Bangkok hay lugares donde se puede comer a cualquier hora.
El largo viaje transoceánico también deja secuelas a nivel físico, así que de las primeras cosas que hicimos fue irnos a dar un buen masaje tailandés.
Para quien no lo haya probado nunca, es un tipo de masaje que alterna estiramientos con masaje muscular propiamente dicho con lo que lleva consigo una extraña mezcla de placer y dolor… pero aún cuando éste es más intenso, tienes la percepción de que aquello le está haciendo bien a tu cuerpo. Al acabar, queda una sensación de ligereza, casi podríamos decir de ingravidez, unida a un estado de relajación que te hace ver las cosas de otra manera y con una sonrisa en los labios.

La capital tailandesa, y especialmente Kao San Road, la zona donde se mueven todos los mochileros, bajo nuestro punto de vista es todo aquello que representa la bajeza a la que puede llegar un lugar cuando tiene un turismo mal entendido.
Sin embargo, Kao San Road representa la exageración en todos los sentidos.
Y es tan sumamente desproporcionada esta exageración… que incomprensiblemente, acaba siendo un lugar interesante.
Bangkok es un punto clave en la ruta del viajero. Llegar desde cualquier punto del mundo a Asia, resulta siempre más económico si el destino final es la capital tailandesa. Una vez en la gran urbe, es posible encontrar cualquier artículo de viaje a muy buen precio. Y Bangkok es, por encima de todo, el lugar idóneo para preparar el itinerario por tierras asiáticas, pues la oferta a nivel de transporte, ya sea por tierra o por aire, es infinita.
Nosotros aprovechamos para planificar los siguientes pasos de nuestra vuelta al mundo, y decidimos que iríamos hacia el sur, hacia Malasia.
Así pues, compramos un billete de autocar Bangkok-Kuala Lumpur. Por experiencia, sabíamos que este tipo de viaje internacional suele ser bastante caótico porque en el transcurso del mismo puede ser que cambies varias veces de autocar.
Y así fue. Hicimos una primera parte del trayecto de 12 horas. El autocar nos dejó en Surat Tani, donde una furgoneta nos llevó hacia la agencia de la ciudad… donde otra furgoneta nos llevó hacia Hat Yai, cerca de la frontera con Malasia. Hasta ahí todo correcto. Pero al llegar a la agencia que nos debía proporcionar el transporte para cruzar la frontera, nos encontramos con una señorita que nos dijo que no había plazas, sin más.
- ¿Pero como no va a haber plazas para nosotros si compramos el billete ayer? –le reclamamos.
El personaje en cuestión empezó a chillar (cosa poco común en Tailandia pues sus gentes siempre hacen gala de una amabilidad exquisita) y nos dijo que no había plazas hasta el día siguiente.
Aquella misma noche nosotros teníamos una habitación reservada (y pagada) en Kuala Lumpur.
- A ver, a ver, señorita. – Llame a la central que queremos hablar con la persona que nos vendió el billete.
Con un lenguaje bastante desafortunado, nos dijo que nos iba a cobrar por la llamada. Aquí ya empezamos a ver que no sacaríamos nada en claro con esa mamarracha.
Llevábamos ya más de 17 horas de viaje, estábamos cansados. Así que decidimos ir por la vía directa, ir a la policía turística.
El agente que nos atendió tenía toda la educación y la simpatía que le faltaba a la estúpida mujer de la agencia. Pero teníamos serios problemas de comunicación.
Es muy probable que aquel policía, en su círculo de amigos, diga sin complejos que sabe hablar inglés. Pero Shakespeare no estaría demasiado de acuerdo. Nosotros tampoco, especialmente cuando a veces ya teníamos trabajo en averiguar si estaba hablando en inglés o en tailandés. Al final de cada frase, aquel policía gracioso, con el uniforme más “arrapao” que los pantalones del Travolta, soltaba una risa contagiosa. Arreglar el problema no sabíamos si lo íbamos a arreglar… pero ¡Joder! ¡Lo que nos íbamos a reír!
Para no alargar demasiado el cuento, haríamos especial hincapié en el hecho de que entramos a la comisaría a la 1 de la tarde y salimos a las 5.
Fueron cuatro horas interminables, en las que hubieron mas llamadas telefónicas que cigarrillos. Que si el policía llama a la agencia, que si la agencia dice que ha de localizar al conductor del autobús para que venga a buscarnos, que si éste llama a este, que si éste llama a la otra. De tanto en cuanto, el policía se nos escaqueaba y se iba con sus amigotes a ver un importante combate de Thai Boxing (boxeo tailandés) que estaban dando por la tele.
Y las llamadas telefónicas se sucedían. Y a cada una se iba liando más, especialmente por los problemas de comunicación. Nosotros hablábamos con la encargada de la agencia en nuestro inglés con acento español. La encargada nos respondía en su inglés con acento tailandés. El policía Travolta hablaba con su inglés que, por no tener, no tenía ni acento de nada.
Para que os hagáis la idea de lo surrealista que era la situación, deciros que en toda la historia siempre hubo un cuarto personaje, que nosotros durante todo el tiempo pensamos que era el típico listillo que se mete en este tipo de fregaos para ver si saca tajada… y ya llevábamos un par de horas cuando nos enteramos que era un representante de la agencia que nos había vendido el billete.

Sí chicos. Lamentamos deciros que no podemos daros ninguna explicación de por qué aquel día nos quedamos sin autocar. 4 horas en la comisaría no sirvieron para sacar nada en claro.
Lo único que conseguimos, y cuando ya llevábamos más de 3 horas con el tema y empezábamos a hablar como indios. “Nosotros Xavi y Carme. Autocar no. Tú, policía, solución cuál…” fue que nos dieran plaza para el autocar del día siguiente y que la agencia nos costeara la noche de hotel que teníamos que pasar en aquella ciudad.
No podemos decir que la agencia no cumpliera su palabra, pues sí que acabaron pagándonos la noche de hotel… pero el antro de mala muerte al que nos llevaron sólo sale en las películas en las que siempre se acaban cargando a alguien.
Aquella noche hicimos algo que no hemos hecho en ningún otro alojamiento. Poner nuestras mochilas contra la puerta a modo de barricada. Por si las moscas.





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