ENTENDERÉIS POR QUÉ NOS VAMOS
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Miércoles 16-01-2008

ENTENDERÉIS POR QUÉ NOS VAMOS


Barcelona. 7 de la mañana.
La ciudad despierta y no puede ocultar por más tiempo su verdadera personalidad. La tranquilidad de las horas anteriores desaparece y hace acto de presencia el monstruo de asfalto que lleva dentro.
Nos dirigimos a coger el metro, que a esas horas no es sino un teatro de miserias adornado con un montón de caras que muestran la incomodidad de estar a aquella hora en aquel lugar.
Casi sin darnos cuenta llegamos a nuestro destino, ‘Diagonal, correspondencia con L3 y Ferrocarrils’. Es una de las estaciones donde se baja más gente, y por eso en aquel momento, esperando que se abran las puertas, hay unas 10 personas delante nuestro.
La primera en bajar es una chica de unos 30 años. Camina un paso al frente, se lleva la mano derecha a la cara indicando malestar y se desvanece. Su cuerpo lleva inercia, así que acaba chocando con la valla de las eternas obras de aquella estación. Finalmente cae al suelo, inconsciente.
Entonces sucede algo que nunca hubiéramos podido imaginar.
Las personas que van inmediatamente detrás de la chica esquivan su cuerpo como pueden. Algunos de ellos, incluso, cuando la chica yace en el suelo, tienen que hacer un esfuerzo para no pisarla… pero siguen con su camino. La mujer que está justo delante nuestro es la primera que se para a ayudar a la chica. Ésta, aturdida, empieza a recobrar el conocimiento. Ha sido un desmayo sin importancia. Ayudamos a poner en pie a la chica y a sentarla en el banco más cercano.

Inmediatamente se nos empiezan a ocurrir adjetivos para definir a aquellas siete u ocho personas que han pasado de largo, pero por comodidad acabamos haciendo uso de las de siempre: Hijos de puta, cabrones y desgraciados.
Con el paso de las horas nos damos cuenta de que nos equivocamos de adjetivos.
Nosotros no somos religiosos, pero si tuviéramos que elegir una religión entre todas, sin duda estaríamos más cerca del Confucianismo que de cualquier otra. Confucio, filósofo chino, afirmaba que el ser humano es bueno por naturaleza y que si a veces su comportamiento es malvado, es porque las circunstancias que lo rodean no son adecuadas.
Eso, pensamos, es lo que les sucede a aquellas personas que no ofrecieron su ayuda a la chica que se desmayó. No hay ninguna maldad en ellos… simplemente están viviendo en un entorno que les ha inculcado el individualismo. Han aprendido que en esta vida hay que progresar a cualquier precio, pisoteando al prójimo si es preciso. Aquella mañana, el prójimo se vistió de chica treintañera, a la cual no ayudaron porque eso suponía llegar a su empleo 5 minutos tarde… y sin duda consideraron que en aquel momento era más importante llegar puntual al trabajo que no ayudarla.
Nosotros no queremos vivir en un entorno así, y marchamos precisamente huyendo de este tipo de valores, no sea que, sin darnos cuenta, algún día pensemos que el fichar en una oficina es más importante que tender una mano a quien lo necesite.





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