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Domingo 03-02-2008

LA FELICIDAD ES AHORA


Era un fiesta de aquellas en las que los cubatas se sirven en vasos de plástico, donde nadie conoce a nadie y donde siempre hay un personaje que es el nexo de unión de todos y cuya misión consiste en pasarse la noche haciendo las presentaciones.
En una de esas rondas, nos tocó conocer a una chica un tanto repipi que, al enterase de que habíamos dado una vuelta al mundo y que en breve iniciábamos otra, no pudo evitar que se le escaparan un par de frases que denotaron cuál era su manera de entender la vida:
- ¡Guau!!! Dos años sin cotizar en la Seguridad Social. Eso os va a perjudicar muchísimo de cara a la jubilación.
La situación hubiera sido menos violenta si en aquellos momentos no hubiéramos soltado una carcajada al creer que se trataba de una broma. La cara de la chica, sin embargo, nos indicó que estaba hablando en serio.
Y si bien su reacción fue un tanto exagerada, son muchas las veces que nos encontramos con gente cuyo conservadurismo alcanza límites preocupantes, especialmente cuando este afán por asegurar el futuro impide disfrutar la vida en el presente.
Este comportamiento, nos trae siempre al recuerdo la leyenda del Pescador y el Empresario.

Cuentan que, en un pequeño pueblo a orillas del mar, un importante y acaudalado hombre de negocios contemplaba el paisaje marítimo desde el muelle. En ese momento, un pequeño bote llega a la costa. En su interior sólo hay un pescador y unos pocos atunes. El hombre de negocios felicita al pescador por la calidad del pescado y le pregunta cuánto le costó pescarlo.
- Sólo un ratito, señor –contesta el pescador.
Entonces el hombre de negocios le pregunta: - ¿Y por qué no te quedas más tiempo en el mar y pescas más peces?
El pescador le responde que con lo pescado le basta para sostener sus necesidades y las de su familia.
- Pero entonces… ¿que haces el resto del día?- pregunta el empresario.
- Me levanto tarde, pesco un rato, juego con mis hijos, hago la siesta con mi mujer, y cada noche salgo un rato con los amigos para beber vino y tocar la guitarra.
Así que el hombre de negocios le espeta burlonamente: - Creo que te puedo dar un consejo. Deberías pasar más tiempo pescando y con los beneficios comprarte una barca mayor. Con los beneficios de pescar con una barca mayor, deberías comprar más barcas hasta conseguir una flota pesquera propia. En lugar de vender tus capturas a un intermediario, deberías venderlas directamente a la fábrica de enlatado y finalmente deberías montar tu propia fábrica de enlatado. Así controlarías el producto, el procesado y la distribución. Para ello necesitarías dejar de vivir en este pequeño pueblo costero y trasladarte a la gran ciudad donde podrías dirigir mucho mejor tu empresa en expansión.
-Pero… ¿y después qué? –quiso saber el pescador.
El hombre de negocios estalla en una carcajada y le dice: -Luego viene lo mejor. Cuando llegue el momento podrás anunciar tu salida a bolsa y hacerte muy rico. Ganarás millones.
- ¿Millones? – exclama el pescador. ¿Y después qué?
El hombre de negocios le mira con suficiencia y le responde:
- Entonces podrás retirarte. Ya no hará falta que trabajes más.
- ¿De verdad? – exclama el pescador inocentemente. ¿Y entonces qué?
- Pues nada… que como no tendrás que trabajar, tendrás todo el tiempo del mundo y podrás levantarte tarde, pescar un rato, jugar con tus hijos, hacer la siesta con tu mujer, salir un rato con los amigos para beber vino y tocar la guitarra…


¿Acaso no es lo que el pescador estaba haciendo antes de que el empresario quisiera convencerle con sus ideas imperialistas?
A veces, tenemos la felicidad a nuestro alcance… pero es tan sencilla y humana que la dejamos pasar creyendo que existe algo mejor por lo que dejarse la vida en el intento.
Fijar nuestra felicidad en el futuro y dejarnos seducir por este narcótico llamado seguridad, no deja de ser una práctica ‘yihadista’ que nos promete un brillante porvenir a costa de sacrificar el presente.
Nosotros, claro está, no contamos con la jubilación y no se nos pasa por la cabeza sacrificar nuestra juventud a cambio de una vejez plácida.
Nos identificamos con el humilde pescador y sus ganas de disfrutar el presente.
Y como en el fondo somos hasta un poco provincianos, en las fiestas donde las chicas con bolsos de Loewe se empeñan en hacernos ver que somos unos inconscientes, acabamos echando mano del refranero popular y ante tan absurdas acusaciones solemos contestar con un “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” o con el consabido “Que nos quiten lo bailao”.





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