EN TAILANDIA, AL OTRO LADO DEL PACÍFICO
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Domingo 11-09-2005

EN TAILANDIA, AL OTRO LADO DEL PACÍFICO


El 11 de septiembre de 2005, para nosotros siempre será un día que no existió, que no vivimos. O como mínimo, un día que apenas duró unas pocas horas. El 10 de septiembre por la noche estábamos en San Francisco a bordo de un avión que, al cabo de 12 horas de vuelo, nos dejó en Taipei, Taiwán, a las 5 de la mañana del día 12 de Septiembre. Allí tuvimos que esperar 5 horas más para tomar otro avión hacia Bangkok. Este vuelo duró 4 horas, ganando por el camino una hora debido al cambio de horario. Finalmente llegamos a la capital de Tailandia sobre las 12 del mediodía. Ciertamente no sabíamos si teníamos que desayunar, comer, cenar o irnos a dormir. Esto no hubiera sido un problema sino fuera porque no teníamos ni hambre ni sueño y estábamos tan aturdidos que tampoco podríamos afirmar que estuviéramos cansados. Lo que sí teníamos claro es que queríamos encontrar un hostal en el cual recuperarnos de tal confusión. Nuestra urgencia nos llevó a instalarnos en un albergue que resultó ser deplorable y con unas condiciones higiénicas tercermundistas. Al día siguiente nos cambiamos a otro hostal bastante decente.


Todo esto sucedía en Khao San Road, la calle más famosa de la capital, allí donde todos los mochileros se hospedan y buscan vuelos baratos en las innumerables agencias de viajes que abundan en esta indescriptible calle donde todo sucede sin prisa pero sin respiro. Cabe decir que viajar a Tailandia por libre es sumamente fácil y ese es el motivo por el que abundan los mochileros.
La calle Khao San Road es también la calle donde se dan cita todos aquellos que viven de los turistas de manera poco digna, es decir, estafadores, maestros del engaño, listillos que te hacen creer que sin su ayuda no vas a llegar a ningún sitio. Especial mención a los conductores de moto-taxi, el ´tuk-tuk´, que no te llevan donde tu pides sino a donde ellos quieren. Generalmente acabas en un mercado de piedras preciosas falsas o en la puerta de una agencia de turismo donde ellos tiene comisión. Cabe decir que sus ansias de engañarte no son proporcionales a su profesionalidad, y es relativamente fácil detectarlos porque les falta una pizca de picardía.


Teníamos ganas de llegar al Sud-este asiático, muchas ganas. El cambio es apetecible por poco interesado que estés en otras culturas. El principal rasgo de este cambio, sin duda, es la religión.
“… y por aquellos tiempos la doctrina del “Karma” ocupaba el lugar central del hinduismo. Según ella, los hombres, divididos en castas, vivían varias vidas. El buen comportamiento podía provocar que en una vida sucesiva nacieran perteneciendo a una casta superior. Aquella fe hizo que ni siquiera los miembros de las castas más inferiores quisieran rebelarse, ya que estaban seguros de que en otra vida pertenecerían a una casta superior y que se servirían de los que en aquel momento ocuparan el escalafón más bajo de la sociedad. Vulgarmente, podríamos decir que la doctrina del “karma” fue una jugada maestra de la clase alta para conservar su estatus de por vida y evitar sublevaciones.
Quien criticó el hinduismo y por tanto la doctrina del “karma” fue el príncipe Sidharta, nacido en el 560 a.c. Cansado de tanto lujo y desafiando a su padre El Rey, renunció a la buena vida y con ropas descoloridas se marchó a la montaña a vivir como ermitaño. Después de 6 años meditando, le llegó la iluminación: las personas sufren porque no obtienen lo que quieren. Para no ser torturados por nuestros propios deseos, debemos dominarlos y desear cada vez menos hasta sentirnos satisfechos no teniéndolos. Quien llegue a este punto, no se reencarnará, sino que su alma hallará el “nirvana”, el descanso eterno, la desaparición en la nada. El príncipe Sidharta se presentó a la gente como “Buda”, el Iluminado, y predicó el budismo…”


En Tailandia, el budismo es la religión del 95% de la población. Bangkok cuenta con innumerables templos budistas. De los más importantes podemos destacar Wat Phra Kaew, que se encuentra dentro del recinto del Grand Palace, donde es fácil permanecer una mañana entera por ser éste de una magnitud extraordinaria. Destacaríamos también Wat Pho, donde un buda gigante en posición horizontal ocupa casi todo el templo.

Los templos en Bangkok son abundantes y difícilmente caminaremos más de 15 minutos sin encontrarnos uno de ellos. Lo que también es abundante en Bangkok, y en este caso desgraciadamente, es la polución. Hervideros de coches y motocicletas llenan de humo la ciudad, que añadido al calor sofocante que suele hacer, hace que el simple hecho de respirar se convierta en una odisea. El concierto de pitos y sirenas es también ensordecedor. Sí, podríamos decir que Bangkok es una ciudad estresante, pero como no queremos definir este lugar que tanto nos gusta con un adjetivo negativo, preferimos ahondar más y decir que Bangkok es una ciudad apasionantemente estresante.


En Bangkok estuvimos apenas 5 días, ya que en nuestro itinerario volveremos a pasar por aquí como mínimo una vez más. En estos cinco días, preparamos nuestro viaje hacia el sur de Tailandia, donde están las islas de las que todo el mundo habla.

Primer destino, isla de Kho Samui. Llegamos allí después de un viaje nocturno en tren de más de 12 horas, un pequeño trayecto en autocar y un par de horas en barco. Tuvimos la suerte de, sin quererlo, ir a parar a unos bungalows en la que creemos que es la mejor playa de la isla: Hat Lamai. Estuvimos en unos bungalows justo delante del mar, a pocos metros de unas aguas cristalinas y de color azul turquesa. Nuestras ansias de playa nos jugaron una mala pasada, ya que abusamos del sol el primer día y eso provocó que los siguientes 2 casi no pudiéramos movernos debido a las quemaduras. Aprovechamos para alquilar una moto y recorrernos la isla. Por otra parte, nuestro bungalow dejó de ser idílico cuando descubrimos que estábamos compartiéndolo con infinidad de cucarachas gigantescas. Su tamaño, y sin querer exagerar, provocaba que incluso pudiéramos oírlas caminar cuando lo hacían sobre el suelo de madera. Pero, creernos, el lugar en el que estábamos compensaba estas pequeñas incomodidades. También delante del mar, y con una vista espléndida, se hallaba el restaurante. Un buen lugar para degustar la cocina tailandesa, especialmente los noodles, el arroz frito y los platos guisados con leche de coco y especias.

Y después de Kho Samui... la isla de Kho Phangan, mejor aún que la anterior. De nuevo tuvimos la suerte de ir a parar, y también sin quererlo, a la que pensamos que es la mejor playa de esta isla: Hat Yao. Además, en este caso, los bungalows eran de mejor calidad que los de Kho Samui y el precio era el mismo.

Kho Phangan reúne todas las características que debe tener una isla para ser catalogada de paradisíaca. La vista desde nuestro bungalow era increíblemente bella, con una playa que sólo aparece en nuestros mejores sueños. El interior de la isla es jungla, con una vegetación espesa y de un verde insultante. De nuevo volvimos a alquilar una motocicleta, ya que en nuestro interior habitaba el intenso deseo de recorrer toda la isla.

Pero Kho Phangan es una isla en parte virgen, y por eso en algunos casos, para desplazarte a una playa, sólo lo puedes hacer vía marítima. Es lo que hicimos para llegar a Hat Khuat (para los turistas Bottle Beach), en el norte de la isla. EL viaje en bote valió la pena, ya que la playa era preciosa y apenas había gente en ella.

En nuestros días en Kho Phangan conocimos a José y Ana, dos catalanes que venían de Vietnam y Cambodia y que nos pasaron muy buena información de estos dos países a los que iremos en la recta final de nuestro viaje. Nuestro próximo destino después de Kho Phangan era la isla de Kho Phi Phi, en el lado oeste de Tailandia, es decir, en el lado afectado por el tsunami del pasado Diciembre.
Para llegar allí, tuvimos que hacer un viaje bastante largo, con el problema añadido de que perdimos un autocar y eso provocó que tuviéramos que pasar la noche en una pequeña ciudad llamada Krabi. Después de un día y medio de viaje llegamos a Kho Phi Phi. Nos habíamos interesado mucho en conocer el estado actual de esta isla antes de llegar. Todas las informaciones, sin excepción, alegaban que la isla estaba perfectamente recuperada de la tragedia. Cuando llegamos allí, comprobamos que aquello no era cierto. Parte de la isla estaba destrozada y la playa era un cúmulo de basura. Comprendimos que existía una especie de complot para intentar ocultar la realidad. Es lógico y comprensible. Si dijeran la verdad, mucha gente no iría. La práctica totalidad de los habitantes de Kho Phi Phi viven del turismo. Si fuerte fue el golpe del tsunami, igual lo sería el hecho de quedarse sin su principal fuente de ingresos.


La parte de la isla azotada por el tsunami estaba devastada. Casas derruidas, calles destartaladas, instalaciones reducidas a nada. La habitación que alquilamos, que estaba aproximadamente a 300 metros de la playa, llegó a inundarse. Sólo hacía falta entrar en ella para corroborarlo, ya que el hedor a humedad era tan exagerado que al cabo de dos días decidimos cambiar de alojamiento.
El primer día en Kho Phi Phi, y paseando por la playa, conocimos a una pareja, Yariv y Alessandra, él israelita y ella italiana. Nos comentaron que estaban trabajando como voluntarios ayudando en diversas tareas en la isla. En nuestro interior nació la imperiosa necesidad de querer también aportar nuestro esfuerzo, así que nos ofrecimos también a trabajar como voluntarios. Al día siguiente empezamos a hacerlo. Principalmente limpiábamos la playa, ya que después de 9 meses desde el tsunami, el mar aún seguía trayendo con su marea todo lo que se llevó. Era una tarea dura por dos motivos. En primer lugar, porque después de un día entero recogiendo toda la basura y conseguir dejar la playa totalmente limpia, al día siguiente, y con la marea de la noche, el aspecto era el mismo que al principio. Evidentemente, nos aferrábamos al hecho de que si no lo hiciéramos, la playa, en pocos días, parecería un vertedero. Pero esta tarea resultaba especialmente dura porque el mar traía cosas que nunca hubieses querido ver, como por ejemplo la zapatilla de un niño. Nadie olvida que hubo cuerpos que nunca se encontraron.

En el entorno en el que estábamos era muy fácil acceder a toda la información de lo que sucedió aquel fatídico día. Como dato escalofriante, decir que en la isla de Kho Phi Phi murieron 1.500 personas... de una población total de 3.500.

Eran las 10 de la mañana de un 26 de Diciembre. En aquel momento, las personas que estaban en la playa observaron algo que no llegaron a entender. El mar se estaba yendo, se estaba echando hacia atrás, estaba desapareciendo. No le dieron a eso la importancia que tenía. Bien al contrario. Aprovechando que el mar “se había ido”, se adentraron para buscar por la arena conchas, piedras, etc... Fueron los primeros en morir cuando una ola de 3 metros de altura, y desplazándose a una velocidad de 700 kilómetros por hora debido a un maremoto de 9.8 en la escala de Richter, azotó la isla de Kho Phi Phi. La gente no entendía qué pasaba, pero vieron que su pueblo estaba desapareciendo por una tromba de agua que se llevaba por delante todo lo que encontraba.
Después que la ola pasara, todo el mundo salió de sus casas para intentar entender lo que estaba sucediendo. En seguida se dedicaron a ayudarse unos a otros. Todos estaban en la calle, desprotegidos, cuando al cabo de 5 minutos una segunda ola, esta vez de 5 metros, asestó el golpe más mortífero.


Hay datos como estos que impresionan, pero a nosotros lo que también nos impresionó es que la gente sigue sonriendo por la calle como si nada hubiera sucedido. Es difícil encontrar a algún habitante de Kho Phi Phi que no haya perdido a algún ser querido en la tragedia. Pero la vida en la isla parece ajena a este suceso. A la gente nunca le falta una sonrisa en los labios, una amabilidad que ofrecer, una hospitalidad cálida que brindar. La entereza de los habitantes de esta isla es digna de admiración. Una entereza que les permite mirar hacia delante y volver a construir o a reconstruir sus casa sin perder esa eterna sonrisa que los caracteriza.


En los ratos libres que nos dejaba nuestro trabajo como voluntarios, aprovechamos para visitar Kho Phi Phi y sus alrededores. La zona de la isla que no fue alcanzada por el tsunami conserva su belleza intacta. Hat Yao (Long Beach), con un agua inmaculada y Monkey Beach, una playa habitada por unos monos muy graciosos, son dos claros ejemplos.


Un día, con Yariv, Alessandra y Oded, otro buen amigo, alquilamos un bote para ir a una islita cercana, la isla de Kho Phi Phi Len. Allí está Maya Beach, donde se rodó la película “La playa” protagonizada por Leonardo DiCaprio. Realmente es eso, realmente Maya Beach es “La playa”. A espaldas de este lugar hay una especie de cala donde bucear es como un sueño. Miles de peces de colores adornan unas aguas de difícil descripción,

Pero la verdad es que resulta muy difícil disfrutar en este lugar donde una tragedia tan cruel como el tsunami lo tiñó todo de dolor. La persona que encarna este dolor tiene nombre: Ben.
Ben perdió en el tsunami a su esposa, a sus dos hijas de temprana edad y a su hermana. Intentó hacer todo lo posible para que la tragedia no fuera tan grande... pero no pudo. Después de encontrar a sus dos hijas en medio de la confusión, no pudo hacer nada por salvarlas. Ambas se le murieron en los brazos. Por si la desgracia de perder a toda su familia fuera poca, como su esposa era de nacionalidad inglesa y los cuerpos de sus hijas al final acabaron perdiéndose debido a una confusión, resulta que Ben es de los pocos en la isla que no recibe ningún tipo de ayuda del gobierno.

Ben tiene una especie de bar justo delante del mar. Ese es el lugar de reunión de todos los voluntarios. Ben está casi todo el día allí. Ben se está volviendo loco. Nadie lo duda y todos lo encuentran lógico.

Periódicamente, Ben recibe visitas de consejeros estatales. Tienen como misión prohibir que nadie viva o construya sus casas justo delante de la playa. Científicos y sismólogos advierten de que otro tsunami va a suceder en breve. Pero Ben no quiere irse de allí. Le obligan a desalojar su bar pero él no quiere. Todos sabemos lo que pasa. Lo sabemos y el corazón se nos encoge... Ben ya no tiene ganas de vivir... Ben está esperando que venga otra ola y se lo lleve a él también.




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