ENTRE LAS CULTURAS CHAVIN MOCHE Y CHIMU EN EL NORTE DE PERU
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Jueves 19-05-2005

ENTRE LAS CULTURAS CHAVIN MOCHE Y CHIMU EN EL NORTE DE PERU


Por primera vez desde que empezamos el viaje, en la actualización de nuestra página web no va a haber fotografías. Esto se debe a que nuestro ordenador portátil, con el que siempre viajábamos, nos ha sido robado, así que hemos perdido alguna información, las fotos de Huaraz y Trujillo entre otras cosas. En la próxima crónica, perteneciente a Quito, Ecuador, ya explicaremos más detalladamente este contratiempo. Por ahora, vamos a intentar esmerarnos en esta crónica sobre el norte de Perú para intentar suplir la falta de fotografías.

Llegamos a Huaraz, al norte de Perú, todavía un poco tristes por la reciente despedida de nuestros amigos de La Casa Alternativa Joven de Villa El Salvador. Huaraz es la ciudad más importante del Callejón de Huaylas, un impresionante valle de 180 kilómetros que transcurre entre dos inmensas cordilleras, la Cordillera Blanca y la Cordillera Negra. Cualquier persona que haya pasado por esta zona, puede comprobar en poco tiempo que hay una herida muy profunda en la gente que habita este lugar. Es muy lógico y comprensible, ya que el Callejón de Huaylas es mundialmente conocido por un triste suceso, el terremoto que en Mayo de 1970 se llevó a más de 70.000 vidas en pocos minutos.

El centro del dolor, allí donde esta catástrofe se ensañó más cruelmente, es la población de Yungai. El terremoto provocó el desprendimiento de una buena parte de la montaña de Huascarán, el pico más alto del Perú y el segundo de Sudamérica. Este desprendimiento provocó la total sepultación de la ciudad de Yungai. En pocos minutos, una masa enorme de hielo, que a su vez arrastró piedras, arena y barro, se desplazó a una velocidad de 400 kilómetros por hora y enterró a 25.000 personas, la práctica totalidad de los habitantes de este pueblo.

El luto en el Callejón de Huaylas es casi eterno. Es aterrador comprobar que la gente no olvida, que todavía hay una llaga que escuece a pesar de que han trascurrido ya 35 años de esta desgracia.
A Techi, superviviente de la catástrofe, la voz le temblaba al relatarnos los hechos. Fue ella, colaboradora del hostal donde nos habíamos hospedado, la que nos brindó sus servicios para que conociéramos en detalle toda la zona del Callejón de Huaylas, un lugar bellísimo con unos paisajes naturales de una hermosura indescriptible.

Al día siguiente, partimos hacia el Parque Nacional de Huascarán, punto final de una ruta que pasó por los pueblos de Caraz, famoso por sus helados artesanales, y por la antigua ciudad de Yungai, hoy en día convertida en camposanto.

Hay que decir que es sobrecogedor pisar lo que otrora fue la población de Yungai. Mirar hacia arriba y ver el nevado de Huascarán es tratar de imaginar la tragedia que sucedió. Comprobar que al Huascarán le falta un trozo, y que ese trozo es el que provocó la masacre de aquel pueblo, es algo difícil de describir.

Cuenta la gente detalles estremecedores, como el hecho de que 200 niños se salvaron por acudir a una representación cirquense a 300 metros de allí. ¡Duele imaginar qué shock padecerían aquellos chicos al comprobar después que el lugar donde vivían había desaparecido!
Hay un testimonio todavía más cruel, este con el añadido de haber creado una creencia religiosa. Y es que en un extremo de Yungai, hay un pequeño cerro en la parte superior del cual hay un Jesucristo de unos 10 metros de altura. Esta figura está mirando a la montaña de Huascarán, con los brazos abiertos… como si quisiera detener la desgracia que iba a suceder. Curiosamente, unas 70 personas fueron capaces de llegar a este cerro, a los pies de la estatua de Jesucristo, y fueron las únicas, junto con los niños que había en el circo, que salvaron su vida. Un detalle macabro, indica que a los pies de ese cerro había un cementerio que fue totalmente destruido por la avalancha. Las 70 personas que consiguieron salvar su vida, tuvieron que enfrentar otra dura prueba, la de pasar la noche incomunicados y con unas temperaturas bajo cero. Al día siguiente los encontraron moribundos… y probablemente les salvó la vida todas las ropas que les habían sacado a los cadáveres que yacían esparcidos.


Pero hay lugares mucho más agradables en el Callejón de Huaylas, como por ejemplo las ruinas de Chavín de Huantar. Es sencillamente impresionante este lugar, sobretodo la arquitectura de una civilización que data más de 1.200 años antes de Cristo. La figura del dios al que adoraban, al que hoy en día se le conoce como “El Lanzón”, se halla en un lugar de difícil acceso. Construcciones subterráneas dignas de admiración y una gran plaza central, son algunos de los atractivos que ofrece este lugar, al que los chavines protegían por medio de la colocación de “cabezas clavas” en las paredes del templo. Estas “cabezas clavas” eran representaciones de una cabeza humana en la que se puede distinguir claramente que los ojos se asemejan a los de una ave, la boca a la de un felino, y que el pelo está compuesto por infinidad de serpientes. Con ello, se quiere dejar constancia de tres animales, que a su vez representan tres espacios terrenales, el aire, la tierra y el subsuelo.
Y también como lugar de visita obligada, si es que estamos en el Callejón de Huaylas, hemos de mencionar el Nevado de Pastoruri, un glaciar impresionante al que se puede acceder e incluso pisar. Eso sí, si el “soroche” o mal de altura no te afecta, ya que este lugar está a 5.200 metros de altura sobre el nivel del mar. Hay que decir que cuando se está a esta altura, la falta de concentración de oxígeno provoca que el simple hecho de caminar 20 metros seguidos te deje sin respiración. Un dolor de cabeza algo molesto también te recuerda que estás a una altura a la que tu cuerpo no está acostumbrado ni preparado.

El camino hacia el Nevado de Pastoruri presenta varios atractivos. Entre ellos, cabe destacar la Laguna de los siete colores, una maravilla de la naturaleza por las distintas tonalidades de azul y verde que se consiguen ver, y unas plantaciones de unos 20 metros de altura de una forma muy peculiar llamadas “Puyas de Raimundi”.


En el Callejón de Huaylas estuvimos casi una semana, y durante todos estos días, hubo algo a lo cual le dedicamos muchas horas de reflexión. Estamos hablando de la dificultad de definir dónde está el límite entre el conocimiento y la morbosidad, entre el interés y lo desagradable. Y es que por la ciudad hay incluso lugares que ofrecen proyecciones de los videos de la tragedia. De hecho, nosotros llegamos a Yungai gracias a una agencia de viajes que organiza excursiones allá. ¿Hicimos bien en ir? ¿Fue correcto? Por otra parte, muchísima gente de la zona vive gracias al turismo, y seguramente ha sido este factor el que ha hecho posible el resurgir de este lugar. Pero hay muchas veces que parece que aquellos terribles hechos son tratados con demasiada comercialidad, con muy poco tacto.

Nosotros no hemos podido encontrar una postura en la cual permanecer y no creer que estábamos equivocados. Nos gustaría pensar que no hemos contribuido a convertir este suceso en una atracción turística, y que por lo menos gracias a nuestra visita, podemos explicar lo que sucedió en este lugar. Nosotros, antes de ir, no sabíamos que habían muerto 70.000 personas en Perú a causa de un terremoto. Creemos que la mayoría de la gente tampoco, así que por lo menos habrá constancia de que un nefasto 31 de Mayo de 1970, sobre las 3 de la tarde de un domingo soleado, 70.000 vidas humanas (20 veces más que en el WTC de Nueva York) fueron ninguneadas por la fuerza de la naturaleza.


Nuestro siguiente destino, siempre rumbo hacia el norte, fue la ciudad de Trujillo. Un buen lugar para los amantes de las ruinas arqueológicas, ya que en las afueras de la ciudad se encuentran las Huacas (lugares sagrados) del Sol y de la Luna, pertenecientes a la cultura Moche. La Huaca de la Luna es una pirámide escalonada increíble por sus grabados en relieve y las pinturas conservadas perfectamente. También en las afueras de Trujillo encontramos la antigua ciudadela de Chan-Chan, construida por la cultura Chimu, hecha de adobe y donde en sus plazas te puedes imaginar los rituales que antiguamente sus habitantes llevaban a cabo.

Ambos lugares son de gran interés, y sería un pecado pasar por Trujillo y dejar de visitarlos.
En Trujillo, quedamos para cenar con Carlos, un chico de la ciudad al que conocimos gracias a nuestra página web. Fue él quien nos recomendó ir a Huanchaco, un pueblecito de la costa. Pese al mal tiempo, nos acercamos allá. No nos arrepentimos, ya que se nos ha quedado grabada en la mente la imagen de los pescadores saliendo a la mar en sus canoas, los Caballitos de Totora, utilizadas por sus ancestros hace cientos de años.


Pero Trujillo, además de contar con sus atractivos personales, tiene todos y cada uno de los ingredientes que se le otorga por ser territorio peruano. Gente escribiendo a máquina en medio de la calle, la desconfianza de todos hacia todos, un transporte público único, policías que por un par de euros se olvidan de cualquier infracción que hayas cometido, la amabilidad de sus gentes, la sensación de que cualquier cosa puede ocurrir… después de un mes y medio en este gran país, no encontramos mejor manera de definirlo que con una frase que hemos escuchado varias veces: “En Perú, todo es posible y nada es seguro”.




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