LAOS, LA TIERRA DEL MILLÓN DE ELEFANTES
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Miércoles 12-10-2005

LAOS, LA TIERRA DEL MILLÓN DE ELEFANTES


Puede parecer estúpido, o como mínimo insensato, apurar hasta el último día de tu visado de permanencia en un país. Nosotros lo hicimos, pero no nos consideramos ni estúpidos ni insensatos, simplemente sucede que quisimos aprovechar en su totalidad nuestros 30 días en Tailandia. ¡Ofrecía tanto este país!... ¡Bueno! Quizás nos pasamos un poco, y es que planeamos los desplazamientos de manera un tanto exacta ignorando o queriendo ignorar que el transporte por tierra en Tailandia de exacto no tiene nada.


Por tal motivo, y por culpa de una pequeña demora, llegamos un poco justos a Chiang Khong, último pueblo tailandés donde debíamos tomar un bote para cruzar el río Mekong y llegar a Laos. Bajamos del autocar a las 6 menos 10. El último bote hacia Laos, y por extensión la hora de cierre de las oficinas de migración, era las 6 de la tarde. Con nuestras mochilas, que casi hacen más bulto que nosotros, empezamos a correr los aproximadamente 300 metros que separaban el lugar donde estábamos de la frontera... por apenas unos minutos no lo conseguimos, así que tuvimos que buscar hospedaje en aquel pequeño pueblo y pasar la noche allí.

Al día siguiente, cruzamos la frontera y el río Mekong, no sin antes pagar con resignación la correspondiente multa. ¡Pero bueno!... ¡Ya estábamos en Laos! Concretamente en Huay Xai, donde debíamos encontrar el lugar donde vendían los pasajes de bote para llegar a Luang Prabang, nuestro siguiente destino. Al cabo de una hora, ya estábamos metidos en dicho bote, que necesitaría dos días para recorrer parte del río Mekong y llegar a Luang Prabang. El viaje tenía varios alicientes para que no se hiciera largo, como por ejemplo los bellos parajes por los que pasábamos o el ambiente festivo que reinaba en aquel bote. Mucha culpa la tenía el hecho de que cada cierto tiempo el bote paraba en lugares donde niños cargados con neveras vendían la cerveza típica del país, Beer Lao. Pero a pesar de dichos alicientes, el viaje se hizo largo por culpa de la incomodidad de unos bancos de madera que apenas dejaban espacio para poner las piernas. Paramos en un pequeño pueblo a mitad de camino para hacer noche allí. En la frontera ya habíamos reservado lugar en un hostal, así que no tuvimos que perder tiempo en realizar este trámite. Nuestro cansancio agradeció el no tener que preocuparnos en aquellos momentos en buscar un lugar donde dormir. Al día siguiente, sobre las nueve de la mañana, volvíamos a estar de nuevo en ruta. Durante el viaje, volvimos a coincidir con Miguel y Ana Eva, dos españoles de Tenerife a los que conocimos viajando de Chiang-Mai a Chiang-Khong. Más tarde, en Luang Prabang, volveríamos a encontrarnos.


El viaje durante aquel día volvió a ser fascinante en cuanto a paisajes. También, desgraciadamente, volvió a ser muy incómodo. Por ello, cuando sobre las 6 de la tarde el bote llegó a Luang Prabang, respiramos de alivio por haber puesto punto y final al periplo de pasar tantas horas en un lugar tan estrecho. Pero valió la pena hacer este viaje. Visitar Luang Prabang hace que todo lo que tengas que hacer para llegar valga la pena. Las recompensas son innumerables. Sin querer enumerarlas todas por temor a dejarnos alguna, podríamos destacar varias. Como por ejemplo su magnífica situación, entre los ríos Mekong y Nam Khan. O su arquitectura, fina mezcla entre budista y francesa colonial (no hay que olvidar que Laos fue colonia francesa). O su amplia oferta en cuanto a restaurantes, donde por poco dinero puedes degustar la típica cocina de Laos. O su bellísima calle principal, con negocios montados con muy buen gusto y criterio. O su mercado nocturno, lugar de visita obligada. O su entorno, su cultura... Luang Prabang fue declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad. Esta es su carta de presentación y los que visitan esta pequeña ciudad pueden dar fe de que es un reconocimiento merecido.


Luang Prabang es un lugar que, a pesar de no ser muy grande, ofrece mucho y por lo general la gente acaba permaneciendo más días de los que tenía previsto. Nosotros mismos, teníamos pensado estar un par de días o tres y finalmente estuvimos 6. Durante estos días, y a veces acompañados por Miguel y Ana Eva, hicimos varias cosas interesantes, como por ejemplo visitar las cataratas Kuang Si, un lugar hermoso y refrescante que nadie debería perderse si por Luang Prabang se pasa de visita. Otro punto de interés es el Royal Palace, antigua vivienda real hoy en día convertida Museo. Pero si lo que queremos es tener de Luang Prabang una visión panoràmica, no hay mejor lugar que el Monte Pushi, de donde se puede divisar la ciudad y sus alrededores. Luang Prabang es también un lugar ideal para alquilar una bicicleta y pedalear sin más ambición que la de observar la vida cotidiana de esta exquisita ciudad. Sin objetivos, sin metas, sin un lugar al que querer llegar, simplemente disfrutar recorriendo.


Y por si faltara algún aliciente a este lugar, destacar también sus innumerables templos budistas. Hay que decir que en Luang Prabang hay una gran concentración de monjes budistas. Afirmaríamos sin temor a aquivocarnos que, proporcionalmente, hay más que en cualquier ciudad de Tailandia en las cuales estuvimos. Nos faltó por averiguar si ello se debía a que en Luang Prabag existe una especie de tradición o si esos monjes peregrinan desde otras ciudades. El caso es que muchos de ellos estaban a las puertas de los templos construyendo una especie de botes con bambú y de colores muy vivos. Averiguamos que, para celebrar el final de la época de lluvias, se realiza una carrera entre dichos botes. Lamentablemente no pudimos verlo ya que debíamos marchar dos días antes de que se celebrara porque nuestro visado era muy corto. Tal como hemos dicho anteriormente, Laos fue colonia francesa. De hecho, el verdadero nombre del pais es Lao, y fueron los franceses los que por un error de pronunciación, le añadieron una ese. La influencia francesa es palpable en Luang Prabang. La arquitectura, los letreros por la ciudad, antiguas escuelas aun con su nombre colonial, etc... Parece también que, de los franceses, heredaron sus buenas maneras en la cocina, ya que la calle principal está repleta de restaurantes en los que, por poco dinero, se come muy bien y muy diverso. Varias veces cenamos con Miguel y Ana Eva. Fueron ellos los que nos descubrieron la comida india de la que ahora somos unos fervientes devotos. Nuestras cenas eran muy amenas ya que Miguel y Ana Eva poseían una gran cultura viajera y era muy grato escuchar detalles de países a los que en un futuro nos gustaría viajar. Fueron ellos los que, precisamente, nos corrijieron y nos dijeron que los habitantes de Laos eran laosianos y no laositos como nosotros pensábamos. No estamos muy seguros de querer agradecerles este detalle, ya que a nosotros nos hacía más gracia llamarles laositos. Además, todo nos cuadraba. La gente de allá es tan tierna, tan agradable, tan dulce... eran laositos de goma, si nos permitís hacer una broma mala.


Después de Luang Prabang, nuestro siguiente destino, y con dirección al sur, era Vientiane, la capital. El trayecto nos tenía un poco preocupados, ya que debíamos pasar irremediablemente por la fatídica ruta 13. Esta carretera es conocida en Laos porque desde el 2003 han habido varios ataques terroristas a autocares en los que han matado a mucha gente. Los ataques más sangrientos fueron a principios de 2003. En febrero de ese año, una emboscada se saldó con 13 muertos, y dos meses más tarde otra dejó un balance de 12 muertos y 31 heridos. Nos aseguramos de viajar en una empresa de autocares privada, ya que eran los autocares públicos los que en principio tenían más probabilidades de sufrir un asalto por pertenecer al gobierno. También nos aseguramos de que las 12 horas que duraba el trayecto coincidieran con horas diurnas. Pero incluso con sendas precauciones, el viaje resultó muy largo e inquietante y sólo respiramos tranquilos cuando el autocar nos dejó en la estación de autocares de Vientiane.


En esta ciudad apenas estuvimos 3 días. Fueron varias las razones que causaron esta corta estancia. Por una parte, teníamos la entrada y salida de Vietnam delimitada por nuestro visado, así que estar más días en Laos significaba perder días de permanencia en Vietnam. Por otra parte, sacar dinero en Laos no es precisamente fácil, ya que los cajeros automáticos no están preparados para targetas extranjeras. El simple hecho de pensar que nos podíamos quedar sin un céntimo allá en Laos, hizo que extremáramos nuestras precauciones y de allí que fuéramos muy estrictos en nuestra salida del país.

En Vientiane llegamos en plena fiesta de final de época de lluvias y nos encontramos una ciudad abarrotada de gente con ganas de pasárselo bien. Junto al río Mekong, los tenderetes de feria y de comida eran innumerables. Por aquella zona encontramos un hostal relativamente barato, aunque no guardamos muy buen recuerdo de la habitación en la que estuvimos.
En nuestros días en Vientiane visitamos el Museo de Historia Nacional de Laos, así como también el templo Pha That Luang y el monumento en forma de arco Patuxai. Desde este lugar, se podían obtener unas buenas vistas de la ciudad. El mercado de las mañanas, Talat Sao, es también un lugar que vale la pena visitar.


En Laos, como es de esperar, ciertas costumbres o tradiciones se asemejan a las de Tailandia. Parte de “culpa”, evidentemente, la tiene la religión budista. Aquí también hay que descalzarse para entrar a muchos recintos interiores, también es de mala educación señalar con el pie y está muy mal visto tocar la cabeza a alguien. En Laos, como en Tailandia, también existe un gran culto hacia los masajes. Es fácil ver en la calle a una persona que le está haciendo un masaje a otra. Incluso, si vamos al barbero, después del corte de pelo, y sin petición por parte nuestra, recibiremos un masaje en la cabeza, la espalda y las cervicales. Cuidado con el toque final del señor barbero de turno, un estiramiento de cabeza hacia arriba un poco brusco. Lo malo no es que te crujan todas las vertebras una detrás de otra, sino que te da la sensación de que también te ha crujido el pulmón, la vesícula biliar y el fémur. Eso sin contar los cortos pero eternos momentos de pánico en los que crees que aquel desgraciado se va a quedar con tu cabeza en las manos. No sé... lo hemos hablado y quizás ya no cambiemos de look hasta que volvamos a Barcelona.




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