LA HUÍDA DE KANCHIPURAN
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Jueves 02-07-2009

LA HUÍDA DE KANCHIPURAN


Siempre hemos pensado que mientras viajas, la percepción de cada lugar depende de un conjunto de factores que a veces poco tienen que ver con la valoración objetiva de sus atractivos estéticos, culturales y/o históricos. La compañía, el clima, tu propio estado de ánimo o incluso las primeras impresiones del lugar, son algunos de estos factores que pueden hacer que quieras salir corriendo de una ciudad, donde quizás en otra ocasión te sentirías como en el paraíso.
Y Kanchipuram, objetivamente tenía mucho que ofrecer: Centenares de templos hinduistas, algunos de los cuales de antigua y espectacular arquitectura; la autenticidad de un lugar que no es frecuentado por el turismo de masas; y la fama de ser la ciudad donde se pueden encontrar los más bellos saris de seda.
Por otro lado, la compañía era perfecta: En Fort Kochín habíamos conocido a Cristina, natural del bellísimo pueblo de Montblanc, con la que viajamos unos días.

Desgraciadamente otros factores negativos enturbiaron nuestra estancia en la ciudad. De hecho, entramos en ella con mal pie: Llegamos en un autobús local desde Chenai del que por poco no bajamos. El bus había alcanzado ya la estación y redujo la velocidad… pero daba la sensación de que no iba a parar del todo. Atónitos vimos como las personas que esperaban en la estación, entraban a tropel en el bus aún en marcha impidiendo a su vez que los de dentro pudiéramos salir.
Luego descubriríamos que en realidad el bus sí iba a parar completamente y que simplemente hubiéramos tenido que esperar un poco para bajar. Pero en ese momento, la sensación de ser acorralados y arrollados nos puso de los nervios y un impulso irracional nos llevó a salir de allí a empujones (como hacían los que entraban).

Eran las doce del mediodía y un sol abrasador nos dio la bienvenida. El calor era sofocante, casi insoportable. El ruido del denso tráfico, ensordecedor. Camiones, coches, rickshaws y motocicletas competían sin cesar en lo que parecía ser un concurso de bocinazos. Esa misma tarde cayó una fuerte tormenta…
El mal ya estaba hecho: al día siguiente, tras haber visitado los principales templos, nos pusimos en marcha de nuevo. ¡Huimos!





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