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Martes 16-06-2009

EN APUROS A MEDIANOCHE EN FORT KOCHIN


Era nuestra última noche en Fort Kochin. Habíamos cenado en nuestro restaurante favorito. Yellow Dhal y Mutter Paneer, lentejas y queso en sus salsas especiadas y picantes a las que no sólo nos estábamos acostumbrando, sino que empezábamos a apreciar.
Debido a las intensas lluvias del monzón, se ha ido la luz en gran parte de la ciudad.
Con la linterna en la mano, atravesamos las calles y callejuelas oscuras que nos separaban del hotel, un decente establecimiento en el que, por ser temporada baja, habíamos conseguido una habitación de primera a muy buen precio. Ésta, era espaciosa y tenía hasta un pequeño balcón que daba al relajante jardín, lleno de plantas y altas palmeras.
Habíamos dormido con las ventanas abiertas todas las noches. Pero esa noche no. Misteriosamente algo nos decía que las cerráramos… era una planta baja y estábamos cerca del campo, nunca se sabe.
Justo al cerrar la ventana, desde lo alto del marco de la misma algo desciende, como caído del cielo. Durante unas milésimas de segundo, ese “algo” puede ser muchas cosas:
¿Una hoja? ¿Un trozo de ventana? ¿Algo que se le ha caído al vecino de arriba?
Pero pasados esos instantes precisos, la realidad toma forma de una manera desagradable. ¿A alguien se le ha caído alguna vez una rata encima, teniéndola entre los brazos durante unos instantes? Desde la experiencia ya os lo podemos asegurar: es realmente asqueroso.
Pasado el primer “shock”, nos damos cuenta de que la cosa no ha acabado. De hecho, apenas ha comenzado. Hemos llegado a esta conclusión cuando sin darnos cuenta ya estamos los dos encima de la cama. ¡Qué imagen más patética!
Llegados a este punto, tenemos un problema. Como hemos cerrado la ventana, la rata no puede salir.
Cómo mínimo, hay una buena noticia. La rata se ha quedado quieta. De hecho, nos estamos mirando a los ojos. Parecemos pistoleros del oeste, esperando cada uno la reacción del otro.
Pasan 5 minutos y nadie, ni nosotros ni la rata, hace ningún movimiento.
Durante ese tiempo hemos ido valorando las opciones, y con pesimismo vemos que la rata juega con ventaja.
Las ratas, cuando se sienten acorraladas o en inminente peligro, muerden, y al morder te contagian la rabia. Ella tiene ese arma. Nosotros no. Porque si nosotros mordemos a la rata, como mucho le clavamos un empaste.
Por consiguiente, no nos podemos acercar a la ventana para abrirla, pues la reacción de la rata puede ser imprevisible.
La primera solución medianamente válida que encontramos, es abrir la ventana desde encima de la cama ayudados por una silla que tenemos al lado.
Procedemos con sigilo a realizar tan delicada operación… pero el silencio con el que hemos querido actuar se va al garete porque al levantar la silla por encima de nuestro cuerpo la hemos empotrado con el ventilador que cuelga del techo.
La silla sale disparada hacia el suelo, pero afortunadamente la rata, igual que nosotros, del susto se ha quedado inmóvil.
Volvemos a probarlo, pues estamos convencido que la idea es buena. Y a la segunda va la vencida, y cuando con las patas de la silla conseguimos abrir la ventana, la rata apenas necesita medio segundo para salir corriendo.
Desde aquel día, cuando cerramos alguna ventana, siempre miramos hacia arriba.










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