VIAJAR Y TRABAJAR EN NUEVA YORK
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Viernes 01-07-2005

VIAJAR Y TRABAJAR EN NUEVA YORK


Cuando alguien se sienta delante de una hoja en blanco a explicar lo que es New York, suponemos debe tener una sensación similar a la que nosotros tenemos en estos momentos. ¿Qué decir de esta ciudad que no haya sido ya escrito? ¿Cómo definir a esta inacabable metrópolis sin utilizar adjetivos que ya hayan sido utilizados? ¿Qué aportar que sea nuevo? Por tal motivo, vamos a intentar no caer en la trampa de querer reflejar este lugar de la misma manera que muchos ya han hecho.
Contamos con cierta ventaja, y es que después de más de dos meses deambulando por la ciudad de los rascacielos, todavía no sabemos si encontramos a New York fascinante o deplorable, atrapante o repelente, ilusionante o decadente. Caminamos por las calles y todo nos parece una mezcla entre glamuroso y hortera, apasionante e irrisorio, único y vulgar. Nuestro punto de vista no es el de dos turistas que en unos pocos días, y montados en el bus turístico de turno, recorren las excelencias de esta increíble ciudad. Nuestra visión es la de dos personas que han entrado en la rueda de trabajar ilegalmente en Manhattan, que viven en un modesto arrabal de Brooklyn, que no compran en la Quinta Avenida, sino en Junction Boulevard, allá en Queens, el mismo distrito al que hemos tenido que ir cuando hemos necesitado un médico. Si a todo ello le sumamos que somos muy críticos con la política norteamericana, comprenderéis que en nuestra crónica no vais a encontrar una definición de cualquier rascacielo majestuoso. En todo caso, escribiríamos un homenaje a los “indios” nativos americanos que, sin ningún tipo de protección de seguridad, los levantaron. No encontraréis tampoco unas líneas que magnifiquen el poderío de Wall Street y sus alrededores. A nosotros, después de levantar la vista hacia arriba y suspirar de admiración, inmediatamente nos viene a la cabeza que aquello es el símbolo del capitalismo, aquello que tanto odiamos.


En esta crónica, también podríamos definir como mágico el momento en el que, montados en el ferry con dirección a Staten Island, a no muchos metros de distancia, se vislumbra la imagen impagable de la Estatua de la Libertad. El encanto se rompe cuando te percatas de que estás en el país donde la libertad es aquello que se cree se consigue con guerras. No busquéis tampoco en esta crónica un memorial a la zona cero. Evidentemente encontramos que aquel lugar es sobrecogedor, estremecedor. Sin embargo, como siempre hemos considerado los sucesos de aquel 11 de Septiembre como una consecuencia y no como una causa, preferimos dejar la tarea de definir aquel lugar a alguien que desconozca la historia de los Estados Unidos. Con esta venda en los ojos, debe ser muy fácil escribir algo emotivo. New York nos provoca muy a menudo sensaciones contrapuestas, sentimientos agridulces. Por momentos, pensamos que es una ciudad en la que podríamos vivir. Por momentos, pensamos que lo mejor sería no volver a poner los pies en este lugar. Aprovecharemos esta disyuntiva para escribir de New York algo diferente, algo que se aleje de la visión idílica que ofrecen muchas películas cuando, casi al final de las mismas, se muestra la eterna y bella imagen de Manhattan desde el Puente de Brooklyn.


Los días en New York han ido pasando rápido, muy rápido. Ha influido a ello que ambos hemos trabajado en nuestros respectivos empleos, lo cual nos ha hecho entrar en esa dinámica en la que las semanas pasan sin darse cuenta. Cuando a eso de la medianoche llegábamos a casa después de trabajar, la mayoría de las veces nuestros compañeros de piso, Zigor e Ignasi, estaban allí. Casi siempre se nos hacían las tres o las cuatro de la madrugada entre cervezas, cigarrillos y una buena charla. Ellos dos han sido como nuestra familia aquí en New York. Los echaremos de menos a partir de ahora, pero los lazos que hemos establecido son difíciles de romper y de ahí que tengamos la certeza de que seguiremos en contacto. También guardamos muy buen recuerdo de Itxaso, la novia de Zigor, y de Marta y Sílvia, prima y amiga de Ignasi. Las tres vinieron de visita a New York y estuvieron en nuestro piso de Brooklyn compartiendo sus días con nosotros. Entre todos hemos ido descubriendo New York paulatinamente, compartiendo información, contrastando opiniones. Un buen lugar para ello ha sido la terraza de nuestro piso, con unas vistas de Manhattan que especialmente al atardecer eran fabulosas.


New York tiene una característica especial, única. Como ya dijimos en nuestra anterior crónica, en esta ciudad casi nadie es de aquí, casi todo el mundo está de paso. Además, la población es una increíble mezcla de razas. Eso provocó que en apenas quince días, y ya inmersos en nuestros respectivos trabajos, nos sintiéramos como si perteneciéramos a este lugar, como si New York fuera un poco nuestra. Este hechizo sólo se rompía cuando sin querer nos acordábamos de que estábamos en territorio estadounidense, en un país donde sus habitantes han elegido tener un presidente como el que tienen. Cabe decir y remarcar con esmero que, a pesar de todo, consideramos New York una ciudad poco americana, ya que las personas que habitan esta ciudad son de orígenes tan diversos que por momentos nos atrevemos a decir que New York no es una ciudad de EEUU, sinó una ciudad mundial donde todos viven sin tener la obligación de ser patriotas, sin verse en la necesidad de considerarse ciudadano estadounidense. Nos gusta pensar que New York no pertenece a EEUU, nos gusta pensar que New York es de todos. Eso sería nuestra hipótesis deseada... aunque no siempre es así y de tanto en cuanto una oleada de sucesos y comportamientos desmiente lo anteriormente relatado.


En New York, tuvimos una sorpresa muy agradable. Nuestra familia, (o mejor dicho, parte de nuestra familia) vino a pasar sus vacaciones aquí aprovechando la ocasión para visitarnos. Nosotros no nos lo podíamos creer cuando nos lo dijeron. Papá, Teresa, Jordi, Vane y nuestro sobrinillo Aleix iban a estar una semana con nosotros. Después de más de ocho meses sin verlos, era un regalo volver a tenerlos cerca. Durante una semana, no paramos de ir arriba y abajo. Papá y Teresa han aguantado muy bien, y pocas personas a su edad serían capaces de hacer todo lo que ellos han hecho. Jordi y Vane son el ejemplo de dos personas que el hecho de tener un bebé no les frena a hacer nada. Además de New York, este año han hecho un par de viajes mas. Aleix... ¿que vamos a decir de nuestro sobrinillo? Es encantador y no para de reir. Tuvimos suerte de que su primer cumpleaños cayó aquí, en New York. De aquí a cuatro meses, cuando lo volvamos a ver, ya caminará del todo. Recorrimos la ciudad de arriba abajo durante una semana con todos ellos. Chinatown, Soho, Tribeca, Greenwich Village, etc, etc. Fueron ellos los que nos hicieron un regalo fuera de lo común. ¡Una vuelta en helicóptero por New York!!! Lo disfrutamos muchísimo y guardamos un muy buen recuerdo de aquella experiencia.
Los últimos días, y ya despidiéndonos de la ciudad, hicimos varias cosas interesantes, como por ejemplo ir al tan mitificado Bronx o acudir a un musical de Broadway.


Nuestro tiempo en New York se iba acabando poco a poco. Sin darnos cuenta, habíamos estado en esta ciudad dos meses y medio. Parece mentira la rapidez en que han ido pasando los días. Y después de dos meses y medio, aún no sabemos qué pensar de este insólito lugar. Suponemos que es cuestión de tiempo el asimilarlo todo y llegar a una conclusión. New York es una ciudad trepidante, mágica e inigualable... pero hemos odiado mucho una serie de cosas que van por añadidura a este circo de cristales donde la gente desayuna mientras camina por la calle. Hemos descubierto una sociedad enferma, unos habitantes ciegos. Cuando llegamos a New York, esperábamos encontrar una población más reivindicativa, más crítica con el gobierno actual. Pensábamos que el atentado del 11 de septiembre, junto a su diversidad cultural y étnica, provocaría una efervescencia social que, lamentablemente, no hemos encontrado... No se habla del tema, no se habla de política, no hay manifestaciones en las calles... en definitiva, no se palpa el inconformismo. Ni siquiera en los medios de comunicación se habla de la guerra y, si lo hacen, es para mencionar alguna pérdida humana, claro está, del bando norteamericano. La gente en New York vive en una burbuja que han creado para ellos mismos. Una burbuja donde la vida de un ser humano vale diferente dependiendo del lugar de donde sea. Durante varios días, las portadas de los periódicos más importantes, se dedicaron a explicar que un militar, nacido en el Bronx, había perdido la vida en Irak. Los atentados del metro de Londres también ocuparon unos días la atención de todos. Apenas murieron menos de un centenar de personas, una cifra ridícula comparada con la cantidad de gente que en Irak ellos están matando. ¿Por qué esta diferencia a la hora de dar importancia a una vida humana? ¿No estamos en New York? ¿No estamos en la ciudad en que todo el mundo es de fuera y todos somos iguales? ¡Qué gran contradicción!!! ¡Qué desilusionante!!! Por otro lado, está la política del terror por la que está optando el poder. En el metro, cada cinco minutos te recuerdan que hay riesgo de atentado, hay infinidad de carteles en los transportes públicos, pero por otro lado, te enteras que no existen medidas de seguridad para evitarlos. La gente vive angustiada pensando en el terrorismo, y mientras piensa en eso, no piensa en nada más. El discurso político se ha situado al nivel de las películas del oeste, donde ahora los “buenos”, los patriotas norteamericanos, se enfrentan a los “malvados y diabólicos terroristas”. Cualquier divergencia que tengas te sitúa en el bando de los “malos”, no hay opción.
¡Qué gran ocasión perdió la sociedad estadounidense aquel 11 de septiembre!!! ¡Qué grandísima ocasión!!! Perdieron la oportunidad de reflexionar, de pararse a pensar y hacerse preguntas como; ¿por qué nos odian tanto? ¿Por qué nos desean mal? Y es que no hay que olvidar que los que provocaron los atentados fueron unos cuantos. Eso sería irrelevante si no fuera porque fueron muchos los que se alegraron de que aquello sucediera y muchos también los que, sin alegrarse, pensaron que los Estados Unidos merecían algo así. Se perdió la oportunidad de reflexionar y se hizo todo lo contrario. Provocar guerras y generar aún más odio.


Odiamos a New York por todo esto. La amamos por otras razones.
Odiamos que la gente se vuelva loca trabajando. Odiamos la espiral consumista de esta ciudad. Odiamos que la gente sólo tenga tiempo para ganar dinero y consumir. La vida es mucho más sencilla. Woody Allen lo confirma, lo importante son las relaciones entre las personas. Amamos la New York de Woody Allen: la New York donde en cada esquina, en cada estación de metro, hay un músico tocando. La de los grandes museos, la de las exposiciones de arte, la de los vendedores de fruta en la calle, la de los bares y antros con música jazz en directo, donde la frase inmediata después de conocer a alguien es: ¿y de dónde eres?. La New York de las siestas en los verdes parques. Amamos la New York donde aún tienes la impresión de que todo es posible.


Odiamos la New York que nos hemos encontrado: La New York llena de banderitas de barras y estrellas, donde las conversaciones importantes se dan vía teléfono móbil de camino al trabajo, donde beber y fumar es casi un delito (y un lujo), donde todos los perritos tienen pedigree, la New York de Tiffany’s en la Quinta Avenida. Y odiamos que la gente sea ignorante y no le interesen ciertas cosas. Y es que aquí, la Guerra de Irak, no interesa. El conflicto entre israelitas y palestinos, no interesa. El calentamiento del planeta, no interesa. Aquí, lo que de verdad interesa, es saber si Brad Pitt y Angelina Jolie follan o dejan de follar.




1 Comentarios
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5/05/2014 - Lisa Belen
Durísimo!
Gracias!

 
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