Prólogo de Todo al 69
La vuelta al mundo
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TODO AL 69

Una vuelta a un mundo en crisis

Prólogo

Un nuevo cambio, una nueva vida.

Era una fría tarde de Enero cuando aquel médico, de gesto desagradable y cara fúnebre, se dispuso a darnos una mala noticia. Con semblante preocupado, nos explicó que las pruebas no habían salido bien. Con un tono de voz muy profundo, nos comunicó que todos los análisis confirmaban lo que ya temía: una enfermedad vascular. El diagnóstico era bastante pesimista: la arteria principal de la pierna izquierda tenía su flujo sanguíneo taponado en un 70%, y la pierna derecha en un 50%. A partir de entonces, era necesario centrarse en ver las causas de esta arterioesclerosis, y sobretodo, ver el alcance de la enfermedad y comprobar hasta qué punto estaban deterioradas el resto de arterias, especialmente las cercanas al corazón pues su obstrucción podía ser un hecho trágico.

No estábamos preparados para un momento como ese. Lo cierto es que las personas de nuestra edad y de nuestra generación, no estamos preparados para afrontar este tipo de sucesos, por el simple hecho de que no se nos enseñó. Fuimos a escuelas donde no formaban a personas, sino a futuros contribuyentes, y por eso se olvidaron de adoctrinarnos en las cosas prácticas de la vida, aquellas que de verdad son importantes. Sin embargo, nos tuvieron horas, muchísimas horas, aprendiendo cosas a través de complejos problemas. Nos enseñaron a hacer raíces cuadradas sin pestañear, a realizar ecuaciones de diversos grados, a calcular fórmulas inverosímiles... lo cierto es que nunca nos han servido mucho estas nociones, y en cambio, aquella gélida tarde de Enero, nos vimos inválidos de conocimientos en un momento que era crucial en nuestras vidas.
¿Cómo se supone que se tiene que actuar cuando te diagnostican una enfermedad grave que puede ser mortal? Nosotros no lo supimos, porque teníamos un vacío de recursos que nos impidió abordar el problema adecuadamente. No se nos formó en eso. No se nos educó para lidiar con las cosas importantes de la vida.
No se nos enseñó a superar la muerte de un ser querido. No se nos enseñó a afrontar el diagnóstico de una enfermedad grave. No se nos enseñó a canalizar sentimientos tan humanos como el odio y la venganza. No se nos enseñó a vivir, sino a sobrevivir. No se nos enseñó a saber luchar contra los obstáculos que la vida va poniendo. No se nos enseñó a morir.
Aquel día, en la consulta de aquel doctor gris, se puso de manifiesto todas las carencias que teníamos sobre la vida a nivel práctico. Nuestra escolarización se compuso de muchas cosas que a la postre han resultado poco útiles, y en cambio se pasó por alto lo que es la esencia de la vida: adaptarse a los cambios trascendentales que suceden, positivos y negativos, y aceptarlos a ambos como parte de un todo.

Vinieron tiempos difíciles, muy difíciles.
Tardamos un par de meses en saber exactamente el alcance de la enfermedad diagnosticada, y esos dos meses fueron muy inquietantes y de una incertidumbre agotadora. Pero fueron meses muy especiales también. Porque por primera vez en nuestra vida, se nos puso delante la incómoda pregunta de averiguar qué pasaría si la muerte era más fuerte que las ganas de vivir y la enfermedad no era curable. Y entonces todo se inundó de pensamientos febriles.
Aquellos pensamientos desencadenaron un terremoto de emociones, una sacudida a los sentimientos más íntimos. Como un tren imparable, el miedo y la desesperación quisieron arrasar con todo, dejando un halo de destrucción allí donde antes había una plácida existencia.
Pero aquellas sensaciones negativas no venían solas, porque en el epicentro de ese huracán emocional se hallaba un inmenso torrente de vida, producto de las ganas de seguir en este mundo y especialmente por haber podido asimilar nuevos conceptos que nos eran totalmente desconocidos.
Y en ese fluir de sensaciones desmedidas, como un irrefrenable sentimiento surgió el inmenso anhelo de traer al mundo más vida, y nació de la nada un deseo irrevocable de ser padres. A partir de aquel momento, se instaló en nosotros una visión del mundo totalmente diferente, y nunca hemos tenido tan claro algo, como aquellos días tuvimos la certeza de que si salíamos victoriosos de nuestra lucha íbamos a tener descendencia.

Durante aquellos días de Enero y Febrero se conjugaban diferentes sensaciones dependiendo del día. Todo fluía vertiginosamente, y la incertidumbre y la esperanza solían mezclarse con frecuencia. A veces, el sufrimiento aparecía y traía consigo el tormento de constatar que si la batalla se perdía, nada hubiera acarreado más dolor que pensar que una de las cosas más bonitas que puede hacer un ser humano, tener un hijo, hubiera sido algo que hubiera quedado pendiente.
Finalmente, y después de muchas pruebas, la enfermedad vascular resultó ser de un tipo reversible, o como mínimo la medicación pertinente y una vida más sana garantizarían que no avanzara.
Aquella enfermedad cambió nuestras vidas.
Es curioso, porque hubo un tiempo en que pensábamos que aquella tarde de Enero en que se nos anunció el nefasto diagnóstico, había sido una pesadilla.
Posteriormente supimos que aquella tarde en la que el mundo se nos vino encima, fue realmente una bendición porque aquello fue el comienzo de una metamorfosis vital. Tuvimos la oportunidad de hacer balance de nuestra existencia, de plantearnos cosas que nunca nos hubiéramos planteado y de aprender todo aquello que no se nos enseñó en la escuela.

De aquella crisis salimos más reflexivos, con más conocimientos y, sobretodo, con una fuerza interior que nos permitió tener el coraje necesario para volver a intentar cumplir nuestros sueños. Aquella nueva mentalidad nos regaló la inconmensurable convicción de que de nuevo íbamos a intentar la siempre perseguida meta de vivir viajando.
Íbamos a emprender nuestra tercera vuelta al mundo.
Pero no iba a ser una vuelta al mundo como las demás. Éste iba a ser un viaje especial, más maduro, porque íbamos en busca de un tipo de viaje más interior. Nuestra vida había cambiado, y queríamos completar este cambio con la total superación de la crisis que habíamos vivido los últimos meses.
Todavía tambaleantes de tantas emociones y de tanta tensión, decidimos que el viaje era la mejor manera que nosotros teníamos de hacer una oda a la vida, de rendir un homenaje a las segundas oportunidades y a todos aquellos que no las tuvieron. Con la convicción de saber que íbamos a iniciar el viaje más importante de nuestra vida, un buen día de finales de Mayo salimos de nuestra tierra con una mochila cargada de preguntas, unas inmensas ganas de encontrar respuestas, y el incontenible deseo de gozar, cada minuto del día, del placer de estar vivos.


 
 
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