Ya estamos aquí con la segunda parte de nuestro ´Experimento Barcelona`.
En esta entrada de blog, hemos descrito Barcelona como la vemos nosotros, siendo nuestro punto de vista muy personal, basado en nuestra experiencia.
Evidentemente, no tiene nada que ver con la entrada de blog de hace unos días, en la que nos poníamos en la piel de un turista, de intentar ver con sus ojos la manera en cómo perciben nuestra ciudad.
Son las 9:30 de la mañana de un martes cualquiera.
Es un día corriente, no es un día especial… aunque cualquier día que uno se despierta en Barcelona es especial, pues la suerte de vivir en esta ciudad es algo que hay que apreciar tan pronto uno abre los ojos por la mañana.
Hemos de ir al centro para solucionar unos trámites. Sin mucho afán, nos dirigimos a la parada del autobús. Allí esperamos unos minutos.
El autobús tarda mucho. A medida que pasan más minutos, decidimos que el autobús no tarda mucho, sino demasiado.
Durante todo aquel rato, un par de autobuses turísticos han pasado ya. Si no fuera por el precio, seguramente cogeríamos uno de estos autobuses, pues es la manera de asegurarse que cada 5 minutos tienes uno. Ir a trabajar o a hacer gestiones de ciudadano no es tan glamouroso, así que este tipo de transporte tiene otra frecuencia.
En el centro de la ciudad, intentamos solucionar nuestros trámites, yendo y viniendo por un conjunto de calles que otrora tenían encanto y que ahora tan sólo recuerdan a un parque temático.
En ese momento, justo en ese momento, se dan las circunstancias que demuestran la Barcelona real, la Barcelona del ciudadano. Estamos en el centro y hay miles de galerías de arte, miles de museos, miles de bares para turistas… y nosotros vamos arriba y abajo, moviendo papeles, buscando desesperadamente una residencia de ancianos para nuestro abuelo que sea digna y que el precio sea razonable.
Desafortunadamente, las residencias para la tercera edad no son un reclamo turístico. Las guarderías infantiles tampoco. Si lo fueran, habrían muchas y seguramente uno podría elegir dónde dejar a sus mayores y a sus chiquillos.
Pero estamos en Barcelona, ciudad donde abundan las exposiciones, las salas de cultura, los bares con comida típica mediterránea… pero escasean la mayoría de los servicios básicos que necesita el ciudadano.
En nuestro recorrido, llegamos hasta el Casco Antiguo. Es probablemente el máximo exponente del cambio de imagen que se ha dado a la ciudad. Donde antes se respiraba un ambiente místico y canallesco con aire de ciudad portuaria, ahora sólo se ven bares de diseño y atracciones ‘pa los guiris’. Hasta los que exhibían sus artes en Las Ramblas han cambiado. Antes eran buscavidas graciosos, chiflados encantadores… hoy en día ya no hay artistas espontáneos, sino trabajadores que han tenido que pasar un casting de calidad.
Cuando uno se va de Barcelona durante unos meses, al volver suele tener constancia de dos cosas: que han proliferado un montón de cosas innecesarias y superficiales enfocadas a hacer la ciudad más bonita, y que hay cosas que siguen exactamente igual que antes de marchar.
En este último caso estarían ejemplos como las obras de la Plaza Lesseps, que ya nadie sabe en qué año empezaron y cuándo acabarán. Otro ejemplo es la subestación eléctrica del Paseo Maragall, que 1 año y 5 meses después del triste apagón, sigue estando en un estado lamentable.
Por aquella época se dio una coincidencia en el tiempo bastante esclarecedora.
Mientras familias enteras estuvieron durante semanas sin electricidad… Woody Allen rodaba su película, esforzándose por recrearse en las maravillas de esta ciudad mediterránea.
No encontraríamos mejor ejemplo para hallar una definición rápida. Aquellos días, convergieron en un mismo momento las dos caras de un mismo lugar. Y por poco dados que seamos para las metáforas, ésta nos sale sin ni siquiera pensar: Barcelona es una mujer bonita, con mucho maquillaje, con una ropa elegante... pero sin un interior sólido, porque la superficialidad a la que está derivando impide labrarse una belleza interior.
En nuestra mañana de gestiones por la ciudad, paramos a tomar un café.
Y allí, entre cigarrillo y cigarrillo, decidimos que Barcelona no es una mujer bonita, sino una prostituta. Porque vende sus encantos al mejor postor, y sólo se acuesta con ella el que tiene dinero para pagarle.
Porque se pasa el día poniéndose guapa para gustar, pero no pierde tiempo en dejarse querer. Porque abusa del maquillaje, y carece de riqueza interior.
Porque no busca un amor, sino alguien que le pague por disfrutar de sus encantos.
Si no fuera una prostituta, la Sagrada Familia se construiría siguiendo los trazos de Gaudí. O la Barceloneta seguiría siendo un increíble y mágico barrio de pescadores. O el barrio de El Born continuaría con su esencia de lugar místico y genuino.
Pero Barcelona es una prostituta, y por eso la Sagrada Familia está derivando en un monumento para impresionar a costa de perder su originalidad. Por eso la Barceloneta está llena de apartamentos para turistas, y por eso El Born, hoy en día, no representa más que un lugar de insulsa pijería donde todo está lastimosamente ligado al snobismo.
A medida que la taza de café se va vaciando, decidimos que Barcelona no es una mujer bonita. Y tampoco una prostituta.
Porque hasta una prostituta tiene momentos del día en que deja de ser prostituta para ser madre, para ser amiga, para ser confidente… Barcelona ejerce su condición las 24 horas del día, sin tregua.
Y ni siquiera sabe elegir a su clientela, pues acaba viviendo de los que se mean en el monumento a Francesc Macià, de los que aun no saben que el sombrero mejicano no es típico de aquí, de los que sólo vienen a beber sangría, de los que se desplazan desde otros países para celebrar una despedida de soltero o, en definitiva, de los que aun no se han enterado de que cada vez que le ponen ketchup a una paella hay un cocinero que se suicida.
A esas alturas del café, empezamos a añorar la Barcelona en la que crecimos.
Una ciudad alegre, auténtica, inteligente, culta. Una ciudad que, entre otras cosas, vivía del turismo. La Barcelona de hoy en día ha perdido el norte y ya no vive del turismo, sino para el turismo. Y mientras, los ciudadanos que la aman se van desapegando, pues las estadísticas demuestran que la ciudad pierde población.
Es probable que en unos años seamos nosotros los que no podamos soportar el ritmo de vivir en una ciudad tan cara y exigente recibiendo a cambio una pésima calidad de vida. Y no hay mayor pena que no poder vivir en la ciudad en la que uno ha nacido.
El café ya se ha acabado y decidimos volver a casa. Esta vez vamos en Metro, el espejo en el que nadie quiere mirarse, pues allí, justo allí, es donde se palpa el retrato del fracaso. Encontrar una sonrisa en los pasajeros es harto difícil, y no hay mayor indicativo que ese para darse cuenta de que algo falla, pues una sociedad que no sonríe es una sociedad condenada a perder.
Ya en casa, le decimos a nuestra familia que aun no hemos encontrado un lugar para que el abuelo pueda vivir dignamente el resto de sus días.
-Pero no os preocupéis- les decimos. - Ahora hay una torre que se llama Agbar que por las noches arroja un conjunto de luces monísimas, por el centro están rehabilitando un par de edificios para convertirlos en museo y hay un montón de calles con baldosas nuevas de diseño.
Y mientras, en nuestro interior hay una inquietud, la de saber que nuestro próximo viaje vendrá acompañado de una vuelta a casa, donde de nuevo nos daremos de bruces con la decadencia de la ciudad. Una decadencia con estilo, con glamour, elegante, “superfashion”… pero decadencia al fin y al cabo.
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Pasaporte hacia ningún lugarDiario de viaje de un viaje diario
soy un chico de 17 años k estoy agobiado de este lugar en k se a convertido barcelona, gran mayoria d españa, i europa en general.
Realmente lo unico que me llama en estos momentos es andar.
andar como si no se acabara nunca el camino i no parar de aprender cosas de este mundo, que espero que aun guarde muchisimas sorpresas para mi; para cuando tenga los recursos suficientes ara salir de este, cada vez mas, agujero en el que se a convertido este lugar desde el que escribo.
Parece mentira d que me haya dado cuenta de esto en el tren, de camino a casa...
En cuanto pueda visitare esta pagina para saber quien quiere venir conmigo.
una chica no estaria nada mal...
Wow ! Realmente habéis hecho un retrato bastante duro de la ciudad aunque no os puedo negar que desgraciadamente hay bastante verdad detrás de esas palabras. Vengo de una ciudad pequeña , Olot, y hace 11 años que vivo en Barcelona. La verdad es que me encanta la ciudad, pasear por el centro, disfrutar de la vida cultural, del ambiente cosmopolita pero también me doy cuenta que fallan los servicios básicos y que eso en un futuro quizás pesará más que todo lo demás y hará que me mude a otro sitio. Ojalá que no.
Gracias por compartir vuestras experiencias y pensamientos. Mucha suerte :)