Malasia, para nosotros, era un país sin rostro, no teníamos ideas preconcebidas. Nunca habíamos oído hablar a nadie de él, y casi lo único que conocíamos era que en su capital se encuentran las torres gemelas más altas del mundo, las Torres Petronas.
Quizás por eso a nuestra llegada a Kuala Lumpur, nos sentimos envueltos en un nuevo mundo por descubrir, en el que cada estímulo se iba grabando en la página en blanco que nuestro cerebro había reservado para este país.
Llegamos al atardecer a la estación de bus de Puduraya: decenas de chiringuitos de comida, los vendedores de billetes vociferando los destinos como reclamo y los taxistas buscando clientes. Chinatown, el barrio más económico para alojarse, estaba justo al lado y pudimos llegar caminando. De repente, nos encontramos en la calle Petaling, y arrastrados por la masa de compradores compulsivos de marcas falsas y esquivando los innumerables puestos de comida china, finalmente llegamos al hostal que habíamos reservado.
Nuestra entrada en Kuala Lumpur no podía ser de otra manera, caótica y frenética, como el ritmo habitual de esta interesante ciudad.
Kuala Lumpur es diversa en todos los sentidos que lo puede ser una ciudad. Sus habitantes: malayos, chinos e indios como sus tres colectivos importantes, difieren tanto entre ellos a nivel racial como a nivel cultural. La religión, aunque Malasia se define como país islámico, se vive desde todos los credos existentes y se materializa en mezquitas, templos hindúes, budistas y taoístas e iglesias. Quizás sea de las pocas ciudades donde se pueda comer auténtica comida internacional de verdad. Y en cuanto a la arquitectura, se puede decir que su falta de uniformidad es su encanto: Las coloridas casas coloniales de estilo británico en el Colonial District, construcciones de madera al estilo malayo en Kampung Baru, edificios de estilo árabe, e immensos y ultramodernos rascacielos en el Golden Triangle. Incluso el turismo es diverso, y no sólo recibe personas europeas como es lo usual en el resto del mundo, sino que recibe muchísimos turistas procedentes de países árabes, quizás atraídos (en estos tiempos que corren) por la tolerancia y apertura cultural de este país.
Nos ha chocado gratamente esta diversidad, así como también nos ha chocado encontrarnos con una ciudad con una infraestructura propia de un país rico, pero con un coste de vida muy económico, más propio de un país en vías de desarrollo. Un misterio más por resolver durante nuestra estancia por Malasia.
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