A partir de nuestra experiencia en Vietnam con la frontera, nos hicimos más desconfiados. Por eso es por lo que cuando subimos al autocar que nos llevaría a Camboya y el ´guía´ nos dijo que cambiaríamos de autocar en la frontera, que tuviéramos cuidado de tomar el correcto, etc, no las teníamos todas... ¿habría un autocar esperándonos al otro lado? ¿Nos esperarían si tardábamos más de la cuenta en el trámite de nuestros visados? El guía nombró a uno de los viajeros como líder del grupo, y éste se hizo responsable de la lista de pasajeros que entregaría al siguiente autocar, en Camboya. Al llegar a la frontera, bajamos del autocar, y todos fuimos detrás de Elan (el líder), como ´borregos´. Primero sellamos la salida de Vietnam y, después, con las mochilas en los hombros, anduvimos hasta la oficina fronteriza de Camboya para hacernos el visado correspondiente. Elan, un chico Danés de origen Israelí, como si lo hubiera hecho toda la vida, hizo el recuento para comprobar que nadie se hubiera quedado por el camino. Una vez estuvimos todos, esperamos media hora más y vino el autocar que nos llevaría a Phnom Penh, la capital de Camboya. Nuestros temores se desvanecieron... ¡ya estábamos en Camboya!
El camino hacia Phnom Penh en autocar fue lento pero absolutamente digno de recordar. Por una estrecha carretera pasamos entre paisajes preciosos: Campos de arroz, pequeños lagos llenos de plantas y flores acuáticas, las casas de madera levantadas 2 o 3 metros por encima del suelo para hacer frente a la estación de lluvias... Las vacas paciendo, los patos y las gallinas picoteando alrededor de las viviendas, y, lo mejor de todo, los niños que salían corriendo de las casas para saludar a los recién llegados.
Llegamos A Phnom Penh hacia las siete de la tarde. El autocar nos llevó directamente a un hostal. Ésta es una técnica que usan los hostales en Vietnam y en Camboya. Suponemos que deben pagar una cuota a la compañía de autocares y ésta, a cambio, les llevan clientela. En todo Vietnam fuimos de hostal en hostal de este modo. Encontrábamos lugares correctos y baratos y además era muy práctico. Pero esta vez el hostal estaba muy alejado del centro y decidimos no quedarnos allí y buscar otra cosa. Con Elan y Nil, un chico escocés del mismo autocar, anduvimos hasta el centro y nos alojamos en otro lugar.
De entrada, Phnom Penh nos sorprendió gratamente. Nos esperábamos encontrar una ciudad más emprobrecida, debido al reciente y trágico pasado del país. Pero vimos una ciudad llena de vida, de comercio, de tráfico... estuvimos tres días allá y, por lo tanto, no pudimos visitar todos los rincones que nos habría gustado. Fuimos al Palacio Real, la residencia del actual monarca, con unos jardines y unos edificios preciosos. En el mismo recinto está la Pagoda de Plata. Se le dice así por que el suelo del templo está totalmente cubierto por 5.000 baldosas de este metal precioso. Dentro de la Pagoda hay una escultura de Buda de tamaño natural hecha de oro macizo y decorada con cerca de 10.000 diamantes, ¡una ´baratija´!!!
Justo junto al Palacio Real hay un edificio rojo muy bonito que alberga el Museo Nacional, donde básicamente se pueden ver esculturas encontradas en los templos de Ankor.
Cerca también del río Tonlé Sap hay una pagoda encima de una pequeña montaña. Es el Wat Phnom. El templo, para nosotros no tenía nada diferente de otros que ya habíamos visto, pero alrededor de él había un jardín dónde jugaban monos en libertad.
Siempre nos ha gustado mucho visitar los mercados, pues dicen mucho de la vida cotidiana de la gente, de lo que comen y de lo que compran en general. Los mercados que visitamos en Phnom Penh, el Psar Russei y el Psar Thmei, nos parecieron impresionantes, no tan sólo por su tamaño sino también por la variedad de productos que podías encontrar. Como siempre, lo que más nos llamó la atención fueron los puestos de comida y más concretamente los de pescado enjuto, dónde en cestos de mimbre y muy bien puesto, podías encontrar camarones, pescado, calamares, etc. El fuerte olor se hacía imposible de evitar cuando pasabas por el lado.
Por último, visitamos el Museo Tuol Sleng y uno de los campos de exterminio que hay en las afueras de la ciudad. No podemos decir que nos gustó, por que no sería nada apropiado, pero sí que podemos decir que nos afectó profundamente ver algunas de las terribles huellas que dejó la dictadura militar Kmer Rouge, bajo su líder Pol Pot. Se dice que durante los 4 años que estuvieron en el poder, murieron unos 2 millones de personas, así se cree que fue el mayor genocidio de toda la historia. Estos personajes, implantaron lo que ellos denominaron ´el año 0´. Querían instaurar un nuevo régimen feudal, dónde la educación y la cultura no estaban contempladas, y dónde el Estado ejercía un control absoluto sobre todas las vertientes de la vida. Así, las ciudades se quedaron desiertas y se crearon comunas agrarias. El Régimen del Kmer Rouge llegó a tales extremos de control y despotismo que se obligaba a la gente a vestir de la misma manera y a llevar el mismo corte de pelo, se prohibieron los aparatos mecánicos y electrónicos, se abolieron el dinero y la propiedad privada, se crearon campos de reeducación y de trabajo dónde las personas eran tratadas como esclavas, y tener estudios o el simple hecho de llevar gafas te podía arrastrar a la prisión.
El museo que visitamos había sido una prisión durante aquellos tiempos. Fue el más grande de los centros de detención y tortura del país. Niños, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres, estuvieron allá. De ellos queda el testimonio de las fotografías que tomaban a su entrada. Pocos sobrevivieron. Los pocos que salían con vida de allí eran enviados a los campos de exterminio. En el que visitamos se encontraron restos de más de 8.000 personas en las fosas comunes. Todavía hay zonas por excavar...
Todo esto pasaba entre el 1975 y el 1979, cuando apenas nosotros nos librábamos de la dictadura del ´Caudillo´.
Hoy en día, todavía se ven las secuelas de la guerra. Hay muchísima gente víctima de las minas antipersona, sin brazos, sin piernas...
De Phnom Penh fuimos directamente a Siem Reap, a visitar los Templos de Ankor, una de las maravillas de la humanidad y uno de los símbolos en que se centra el orgullo nacional.
Para visitar los templos hay tres tipos de entradas: La de un día, la de tres días y la de una semana. Nosotros, como no conocíamos su magnitud, optamos por la medida intermedia. Hicimos bien, pues en un día es imposible llegar a ver los templos más importantes. Para los entendidos y para los amantes de la historia que quieran visitar cada uno de los templos, es recomendable la entrada de una semana.
Los templos están distribuidos en una zona bastante grande, por lo cual se hace necesario algún tipo de transporte. Nosotros fuimos en bicicleta, pero hemos de decir que, tras tres días yendo arriba y abajo y recorriendo los 14 Km que separan Ankor de Siem Reap, acabamos con unos cuántos kilos de menos.
La ´ciudad perdida´ de Ankor fue construida entre el siglo IX y XIII, durante lo que fue la época más esplendorosa del Imperio Kmer, sobre la fe del Hinduismo y el Budismo. Ankor fue abandonado durante siglos y de este modo la naturaleza, en muchos casos, ha tomado el territorio. Hay árboles gigantes que han crecido encima de los muros centenarios y sus raíces buscan la tierra entre los grandes bloques de piedra.
Desgraciadamente, la locura del Kmer Rouge, llegó a tales extremos que se llegaron a destruir parte de los templos.
Los templos más importantes por su magnificiencia son tres: Ankor Wat, Ta Prohm y Bayon. Ankor Wat es el edificio religioso más grande del mundo y se hizo en honor del Dios Vishmú del Hinduismo. El templo central consiste en tres niveles, cada uno rodeado por galerías conectades entre sí. No hay pared del edificio que no esté grabada con bellos y bien conservados relieves. Ta Prohm es un templo budista del siglo XII. Es uno de los más grandes de Ankor. Pero lo que llama más la atención es el romanticismo de la escena, pues es uno de los templos ´abandonados´ a manos de la naturaleza. Bayon, es famoso por sus 216 caras esculpidas. Cuando te encuentras adentro se hace difícil no sentirse observado.
Lo que hemos visto en Camboya nos ha hecho pensar en el poder del hombre. El poder que tiene para construir cosas bellas, el arte y esa espiritualidad que caracteriza a la especie. Y el poder que tiene también para destruir y matar... Tenemos un gran potencial sin explotar, ¿lo seguiremos usando para la destrucción?
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