Por segunda vez, y como hace aproximadamente medio año, este blog vuelve a estar escrito en primera persona. Curiosamente, ambas veces ha sido por el mismo motivo: explicar una enfermedad. No hace falta que intentes averiguar quien de los dos escribe, el nombre de la enfermedad te lo dirá todo.
No he encontrado mejor manera de empezar este relato, que decir que cuando se viaja por un periodo largo de tiempo, es mejor hacerse a la idea de que tarde o temprano vas a estar enfermo. Seguramente va a suceder, y la mayoría de cosas desagradables que te pasan en la vida se afrontan mejor si uno las da por hecho y no intenta luchar contra ellas, ahorrándose así el lamentable espectáculo de resultar perdedor en un juego al que uno no sabe muy bien a quien se enfrenta.
Estar enfermo es una magnífica oportunidad de reflexionar, y ante todo, es lo que da sentido a tener salud.
Después de arrastrar varios meses una infección de orina que no se curaba con antibióticos, decidimos que Bali era el lugar perfecto para acudir al hospital. Creíamos, todavía no sabemos la razón, que el sistema sanitario sería de primer nivel y que probablemente un buen médico resolvería algo que médicos de Java no habían podido curar.
La sensación al entrar al hospital de Bali fue de sosiego y el ambiente que reinaba en la sala de espera era distendido. Sabíamos que era el mejor hospital de Bali y uno de los mejores del país.
Al cabo de poco rato nos atendió el enfermero, ataviado con una hermosa camisa floreada. Aquel hombre de mediana edad, fuerte como un roble, tenía una cara amable. Ayudaba a dar esa impresión la enorme flor blanca que llevaba en la oreja. Nos dirigió a la sala del doctor, que también venía uniformado con una camisa floreada propia del más aguerrido hawaiano discotequero.
Cuando quise poner encima de la mesa los análisis que me habían hecho en Java, tuve que apartar las flores que aquel simpático doctor tenía dispuestas en su lugar de trabajo.
Me examinó y nos pidió que esperáramos afuera.
Allí fue cuando vimos un bonito espectáculo, el de la oficinista haciendo la ofrenda a sus dioses. El olor del incienso invadió el lugar, y cuando aquella balinesa terminó sus rituales, volvió a sentarse delante del ordenador.
El doctor nos hizo pasar y estuvimos un rato discutiendo sobre mi enfermedad.
Cuando salimos del hospital, le dije a Carme:
- No, aquí no me curarán, pero...joder, ¡qué buen rollo!
Le dimos la razón a Philippe, un hombre muy divertido que habíamos conocido en nuestro hostal, que ya de buen principio nos dijo que si me quería curar debíamos ir a Singapur. Miguel, gran amigo nuestro de Tenerife y que nos hizo de doctor a distancia, pensó que era un buena idea.
Así pues, y como a menudo nos pasa, el siguiente punto de nuestro viaje no lo decidimos nosotros, sino el azar.
Lo malo de estar enfermo hoy en día es que existe internet y nos hemos vuelto muy curiosos, así que a esas alturas yo ya sabía el nombre de mi enfermedad, prostatitis, y la manera en cómo el doctor de Singapur iba a corroborar aquello. A nivel científico no me acuerdo como se llama aquella prueba, pero a nivel coloquial se llama meter un dedo en el culo.
Cuando el seguro médico me pasó el nombre del doctor, respiré aliviado: Se llamaba Fong Yang. Lo imaginé pequeñito y con los dedos pequeños, como la mayoría de chinos.
Cuando al abrir la puerta de la consulta apareció aquel chinazo de casi dos metros, me quise morir. Mientras me preguntaba mis datos y los escribía en su carpeta, yo no podía mirarle a los ojos, pues mi mirada se desviaba irremediablemente hacia sus manos. ¡Madre mía del consuelo! ¡Aquello iba a ser muy doloroso!
Nunca he encontrado una frase tan acertada para definir un pasaje de mi vida, como decir que en aquel momento reía para no llorar.
Instantes después, el doctor me tumbó en la camilla. Sin cariñitos ni nada, procedió a hacer su trabajo.
Más tarde, Carme me dijo que cuando retiró el dedo, en el ambiente resonó un ruido similar a cuando se descorcha una botella de cava.
El doctor Fong Yang confirmó mi enfermedad, me dio las medicinas y a parte de ellas me recetó paciencia.
Carme y yo decidimos que las Islas de Tioman, en Malasia, eran un buen lugar para encontrar mi sanación, así que hacia allí nos dirigimos.
Yo, tan sufrido, para que nadie pase por lo que yo he pasado, he decidido crear una asociación sin ánimo de lucro, que luchará con todas sus fuerzas para evitar que personas de más de metro setenta se dediquen a la urología.
Si te gusta nuestro blog y disfrutas leyéndonos, descubre los dos libros que hemos publicado:
Pasaporte hacia ningún lugarDiario de viaje de un viaje diario
aunque tu escrito tiene un rpofundo sentido de seriedad por tratarse de una enfermedad.... no puedo parar de reirme al imaginar tu cara al ver el doctor!!... jajajaja... bueno... por lo menos es algo conocido y curable... me alegro que todo este bajo control y que no sea sino cuestion de tiempo para que ´todo´ vuelva a la normalidad.... jajajaja...
Cuidense
Estaréis de acuerdo conmigo en que podías haber encontrado otra excusa para hacer una ´cura de salud´ en Tioman, no? Jaaaaa, jaaaa, jaaa yo tampoco puedo dejar de reírme, al menos el buen humor que no nos falte. Un petó ben gran
XAVIER.
Ho sento, però no puc deixar de riure. Segur que el bon humor que demostres farà que la curació sigui més ràpida. Petonets.