En Egipto te puedes encontrar con lo mejor y con lo peor. La cara amable y hospitalaria propia de los países de Oriente Próximo, o bien el turismo masivo y las típicas sanguijuelas que viven de él. El mejor ejemplo de esto lo encontramos en Asuán, la ciudad más meridional del país.
Swenet o Syene fueron sus nombres durante el antiguo Egipto y más tarde durante la antigüedad grecorromana, épocas en las que esta ciudad era la cantera del país, de donde salía el material para construir pirámides, obeliscos, estatuas, y templos. Asuán es la ciudad de paso hacia el corazón de Africa, mezcla de tradiciones, etnias, razas y culturas. Y como buen lugar de encuentro, allí fue donde nuestro amigo Ignasi del Vendrell, se unió por unas semanas al viaje.
Asuán está bañada por el Nilo. Es un sitio mágico, encantador. Una luz especial ilumina las velas de las falucas , las antiguas embarcaciones que se deslizan por el río al son del viento. Por la noche, la gran fuente de Egipto se viste con sus mejores galas y refleja algunas luces que parpadean, las estrellas y la luna. Hay varios restaurantes sencillos en la orilla, sobre antiguos barcos o plataformas que se balancean suavemente mientras cenas y saboreas la exquisita comida Egipcia. Por ende, Asuán es la ciudad desde la que parten los autobuses hacia el impresionante sitio arqueológico de Abu Simbel, o Filae y la gran presa.
Quizás por todas estas bondades se haya convertido en un lugar obligado para los turistas y cada día desembarcan allí hordas de pasajeros de los archiconocidos cruceros. Pero así como Luxor ha sabido mantener su autenticidad, Asuán se ha volcado hacia el negocio turístico y, en ese ímpetu, nos da la sensación que ha perdido algo por el camino. El mercado, una de las calles que atraviesa toda la ciudad, es un conjunto de tiendas de souvenirs en los que poco queda de algo que no te recuerde que estás sólo de paso. Centenares de vendedores te abordan, te gritan, te acosan. Lo que empieza siendo un agradable paseo, se convierte en una pesadilla digna de olvidar. Pasear cerca de “La Corniche” –el paseo junto al río- también se convierte en un dolor de cabeza cuando te han parado más de treinta capitanes de faluca para venderte un tour. Lo que en el resto de Egipto es regateo, en Asuán por lo general se convierte en estafa sin prerrogativa. La cuenta se puede llegar a multiplicar por veinte si eres un guiri despistado.
Pero la suerte hizo que durante nuestra estancia en Asuán conociéramos alguien que nos regalaría otra visión de Asuán y de sus gentes. Uno de aquellos atardeceres estábamos en un parque junto al río disfrutando de una puesta de sol maravillosa, cuando un señor maduro se sentó en el banco de al lado. Túnica blanca, turbante blanco… irradiaba luz. La brisa del atardecer nos acercaba a ráfagas su embriagador perfume de ámbar. En silencio él también observaba como desaparecía el Sol, dejando tras de sí un abanico de colores cobrizos junto al río de los faraones. Ya estábamos a punto de irnos a cenar, cuando con su aterciopelada voz se presentó. Él era Ismail. Había trabajado durante toda su vida como profesor de submarinismo en el Mar Rojo con grupos de turistas y hablaba con soltura más de tres lenguas europeas.
Enseguida vimos que no se trataba de una persona corriente. Sus reflexiones sobre el mundo, sobre la vida, la paz que transmitía… era algo que arrastraba, que atraía. Nos invitó los días siguientes a su casa para seguir conversando y nos obsequió con su delicioso té a la menta. Durante esos días nos enseñó a reconocer las estrellas, las constelaciones y a jugar a ‘taula’ –o backgamon- muy popular en las ‘Ahwas’ o cafeterías de Egipto. Pero llegó el día que tuvimos que partir para seguir nuestra ruta...
Así que si algún día vas a Asuán, no pierdas la oportunidad de conocer a Ismail, lo reconocerás por su luz, su dulce y permanente sonrisa y sus sabias palabras. Si lo haces, dile que cuando miramos al cielo, pensamos en él. Dile que esperamos volverlo a ver algún día de estos. ¡Inxalá!
Viajamos por dos poderosas razones. La primera sería aprender. La segunda, más importante y complicada: desaprender.
Viajar nos ha dado la oportunidad de encontrar personas fascinantes de las que hemos aprendido, y por el camino han surgido obstáculos que hemos superado gracias a desaprender lo que creíamos verdades absolutas.
Pero todo lo aprendido y desaprendido, no es nuestro. No nos pertenece. Lo hemos tomado prestado y, por lo tanto, no nos sentiríamos cómodos si no lo compartiésemos.
Así que tras sentir la necesidad de ser un eslabón más, abrimos este espacio de reflexiones viajeras con la intención de que sea un lugar especial para compartir ideas, pensamientos, sentimientos y emociones. Contamos con tus comentarios!
Lunes 30 de Enero de 2012 PORT BARTON, UN BUEN LUGAR PARA VIVIR
¿Conoces uno de aquellos lugares en los que sólo llegar ya sabes que allí estarás bien? Port Barton fue uno de esos lugares para nosotros. Un pueblo de pescadores, una playa bonita y punto. No tiene ningún atractivo que lo haga un punto imprescindible de la ruta turística. Precisamente fuimos allí por este motivo, buscando un lugar poco transitado y tranquilo en el que poder disfrutar de la vida “normal”, sin una agenda viajera que seguir. Uno de esos días... Leer el resto de la entradaComentarios (0)