Ojos rasgados, miradas encontradas que se escabullen, alguna tímida sonrisa… Nuestras primeras impresiones de Nepal iban tomando forma.
Estábamos en Thamel, el barrio turístico de Katmandú. Limpio, ordenadito, con mucho comercio y garitos glamurosos. Si obviáramos a los vendedores, que constantemente llamaban tu atención como reclamo para visitar sus tiendas, podríamos decir que estábamos en alguna ciudad europea. Quizás en los Alpes o los Pirineos. Pero no, estábamos en Nepal. De allí son la mayoría de inmigrantes que recibe la India buscando un futuro mejor. No nos dejaba de sorprender lo que veíamos: ¿Dónde estaba esa pobreza que prometía ser mucho más severa? Un misterio. No podía ser ese el mismo país del que se decía que estaba en el tercer puesto del trágico ranking mundial de mortalidad infantil. Quizás por eso nos sentimos desde el principio un poco engañados. Como en un escenario preparado a consciencia para los turistas montañeros: ¡Wellcome to Nepal! Lo tenemos todo preparado para hacerte sentir como en casa. Literalmente. Lástima que en el escenario se les había colado unos cuantos adolescentes vagabundos, que se pasaban el día esnifando cola.
Llevábamos más de veinticuatro horas viajando para llegar hasta allí. Desde Varanasi habíamos tomado un bus nocturno hasta Sumauli, la última ciudad India, en la frontera con Nepal. Los trámites usuales de los visados nos llevaron de un país a otro sin apenas darnos cuenta, demasiado ocupados en no dejarnos tomar el pelo por los listillos que suelen merodear por esos sitios: cambistas, taxistas, agentes de viajes… buscavidas que van a por algún turista despistado a quien pegar un buen sablazo.
De allí continuamos en otro bus que por una carretera imposible nos fue abriendo paso entre montañas durante todo un día hasta llegar a nuestro destino.
En los días siguientes descubriríamos la capital del Nepal, su precioso centro histórico, la Plaza Durbar y alrededores, y la tomadura de pelo institucionalizada que se repite en todas las ciudades Nepalíes: Tener que pagar para visitarlo, es decir, para visitar la calle. Sin duda un buen ejemplo para los vividores profesionales.
Visitamos también Bhouda, una aldea que ha sido engullida por Katmandú. Un lugar emblemático del budismo tibetano en el que se encuentra uno de sus más importantes templos o estupas. En el pasado un lugar de intercambio entre los comerciantes tibetanos y nepalíes, hoy alberga una gran comunidad tibetana en el exilio y un gran número de escuelas y monasterios budistas.
Alrededor de la gran estupa, bajo los ojos de Buda y acompañados por el mantra que suena por todas partes, caminamos y vamos empujando las ruedas de rezo que se encuentran en la base del templo.
Las banderas budistas de oración se agitan con la brisa.
“Om mani padme hum…”
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