UNA FRASE PARA INSPIRAR   [29/01/2012]
"La caravana avanza por eso los perros ladran." Proverbio árabe   [Más frases]







Sábado 08 de Agosto de 2009
LÁGRIMAS AGRIDULCES EN LA FUNDACION VICENTE FERRER
Estamos contentos, entonces… ¿por qué estas ganas de llorar? Nuestro cerebro dice no, nuestro cuerpo sí y las lágrimas contenidas se desbordan en cuanto arranca el coche que nos llevará de nuevo al Campus de la Fundación Vicente Ferrer.
Son lágrimas agridulces, lágrimas que fluyen desde algún lugar de muy adentro, un lugar que apenas recordabas que estaba ahí. Un lugar en donde no hay palabras ni razones, sino miradas, sonrisas, gestos, el calor de una manita en tu mano, el olor de un abrazo… emociones que se contagian a través del aire.

Hace sólo unos instantes estábamos con la familia de Tagurnaik, el niño que hemos apadrinado a través de la Fundación. No queríamos perder la oportunidad de conocerle pues nos gustaría crear un vínculo de amistad con él que perdure en el tiempo.
Sólo tiene 5 años y durante toda la visita ha estado un poco asustado. Algún gracioso del pueblo le ha dicho que nos lo íbamos a llevar. Nuestra última imagen de él ha sido un asomo de sonrisa… la primera que nos regalaba al ver que nos íbamos. Sin él.

Tagur, sus padres, hermana y abuelos viven en una pequeña casa de dos habitaciones: una sirve de cocina y despensa, y la otra sirve para todo lo demás. El baño está fuera. Fuera, fuera… Tienen hectáreas enteras de baño.
Esta casita está en un pueblo donde viven muchas más familias de intocables. El pueblo de los “tocables” está a unos cinco quilómetros de allí.
La mayoría de habitantes de este pueblo sólo han salido de allí para ir a sembrar, para llevar los búfalos a bañarse o como mucho para ir comprar al pueblo de los tocables.
No queda muy a mano, así que casi nunca reciben visitas, y menos de tocables. Y menos de gente blanca. El guía nos cuenta que somos los segundos que pisamos este pueblo y que para la familia es un honor recibir nuestra visita. Se sienten halagados, orgullosos.

Nada más llegar, una pareja encantadora de nuestra edad, los padres de Tagur, nos han recibido como si nos tratáramos de unos parientes a los que hace tiempo que no vieran. Ella, dirige el acontecimiento, exhultante. Nos obsequian con collares de flores, nos quitan el mal de ojo en un rápido ritual y vamos a su casa en comitiva, acompañados por todos los habitantes del pueblo. A Tagur le dicen que nos tiene que dar la mano y él obedece con el ceño fruncido. Nuestro interior empieza a llenarse de lágrimas agridulces.
Nos sentamos sobre las esterillas en la habitación de “para todo lo demás”, que por lo visto también sirve para recibir visitas, y nos presentan al resto de la familia. La abuela, con su pelo blanco recogido en una trenza que le llega a la cintura, nos mira con los ojos abiertos como platos y una sonrisa de oreja a oreja. Nos preguntamos qué estará pasando por su cabeza: sorpresa, alegría… No, no es eso solamente. Nos llega algo muy fuerte, muy positivo, algo muy bonito que evidentemente no podemos explicar. Más lágrimas agridulces.
Desgraciadamente no nos podemos comunicar con fluidez, pues ellos sólo hablan Telugu y nosotros no. El guía hace de traductor pero no es lo mismo.
Nos sirven un pica-pica y unas pastitas. No nos queremos imaginar lo que les ha costado conseguir esos víveres en nuestro honor. Nos han contado que el jornal de un campesino ronda entre 20 a 30 Rupias (30 o 40 céntimos de Euro). Las lágrimas agridulces siguen llenándonos.
La gente del pueblo está amontonada delante de la puerta de casa de Tagur, no se quieren perder nada. Al final alguien decide que salgamos a fuera, así todo el mundo estará contento. Allí nos hacemos las fotos que les enviaremos cuando lleguemos a Barcelona. Estamos seguros que les hará mucha ilusión.

Todo lo demás pasa como a cámara lenta: decenas de sonrisas, alguien que te acaricia la mejilla, una mano que estrecha la tuya de camino al coche… hasta que estás dentro. Miras fuera y sólo alcanzas a ver manos, miradas dulces y sonrisas. Sonrisas tan amplias, tan enormes que te puedes perder en ellas.

Ahora, miramos atrás, las lágrimas agridulces nos emborronan la escena, pero aun alcanzamos a ver como un gran grupo de niños corre detrás del coche moviendo sus manos. Y siguen corriendo y se van haciendo pequeñitos a medida que el coche alcanza más velocidad, hasta que ya no podemos distinguirlos.

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Tagurnaik, su hermana y su madre.




Con toda la familia en casa de Tagur.




Los demás habitantes del pueblo no quieren perderse ningún detalle.




Al partir, a un lado del coche estaban las chicas.




Y al otro lado... los chicos.




Con Rojamma, la niña apadrinada de nuestra cuñada.




Toda la gente nos pide fotos, que luego mandaremos.




Mujeres de grupos tribales, en una visita a un proyecto de la Fundación.




Rojamma y sus mejores amigas.




Uno de los niños del pueblo en que fuimos a visitar el proyecto de biogas.




Como no nos podíamos comunicar, ella nos dio de la mano...




Niños del pueblo en que visitamos el proyecto de ganado y ladrillos.




Una de las familias que se beneficia del proyecto de ganado.




Con la familia de Tagurnaik.




Hombrecitos del pueblo.


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Viajamos por dos poderosas razones. La primera sería aprender. La segunda, más importante y complicada: desaprender.

Viajar nos ha dado la oportunidad de encontrar personas fascinantes de las que hemos aprendido, y por el camino han surgido obstáculos que hemos superado gracias a desaprender lo que creíamos verdades absolutas. Pero todo lo aprendido y desaprendido, no es nuestro. No nos pertenece. Lo hemos tomado prestado y, por lo tanto, no nos sentiríamos cómodos si no lo compartiésemos.

Así que tras sentir la necesidad de ser un eslabón más, abrimos este espacio de reflexiones viajeras con la intención de que sea un lugar especial para compartir ideas, pensamientos, sentimientos y emociones. Contamos con tus comentarios!

Lunes 30 de Enero de 2012
PORT BARTON, UN BUEN LUGAR PARA VIVIR
¿Conoces uno de aquellos lugares en los que sólo llegar ya sabes que allí estarás bien? Port Barton fue uno de esos lugares para nosotros. Un pueblo de pescadores, una playa bonita y punto. No tiene ningún atractivo que lo haga un punto imprescindible de la ruta turística. Precisamente fuimos allí por este motivo, buscando un lugar poco transitado y tranquilo en el que poder disfrutar de la vida “normal”, sin una agenda viajera que seguir. Uno de esos días...
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