NUESTRO BLOG DE VIAJE
En este Blog te contamos cómo se desarrollan nuestros viajes.
Queremos que viajes con nosotros. Prepárate, ¡empieza la aventura!
Este es, sin duda, el eslogan que más nos gustó de todas las pancartas que el pasado sábado vimos en la manifestación de Barcelona.
Dicha manifestación, en contra de la sentencia del tribunal constitucional sobre el estatut catalán, unió a más de un millón de personas (un millón cien mil según la policía local y un millón quinientas mil personas según la organización del evento), aunque ciertos medios de comunicación del resto de España se hayan atrevido a decir que apenas habían 56.000 y, lo más grave de todo, hayan dado como dato más destacado el hecho aislado de que una persona intentara agredir al 'president' Montilla.
Muchos medios de comunicación han calificado a los manifestantes como “independentistas radicales”, y otros ni siquiera han mencionado la noticia…
A nosotros, que nos gusta dar nuestra visión de los hechos en los países que visitamos, nos resultaba extrañísimo no hacerlo de un tema que nos toca tan de cerca y que por ende hemos presenciado. ¡Así que ahí va!
Sí, nosotros estuvimos en esa manifestación, y hemos de decir que fue la manifestación más pacífica de cuantas hemos estado. Nunca hemos estado en una concentración ciudadana donde hayamos visto tantos bebés, niños, personas mayores... Sólo hace falta que mires las fotos de los periódicos y verás asomar las cabecitas de “peligrosos independentistas radicales” a hombros de sus papás super-radicales. Es cierto que la gente silbó, y abucheó a los políticos, ¿a alguien le extraña que eso pase? ¡En los tiempos que corren lo extraño sería que no lo hicieran!
Seguramente te estarás preguntando por qué fuimos a la manifestación. Pues porque nosotros siempre estaremos en contra de que una votación emitida por el pueblo se vea ninguneada por un conjunto de 10 personas puestas a dedo. Esto es digno de países cuya democracia está a años luz de la nuestra (o al menos eso pensábamos).
Da igual el tema del que se trate, siempre estaremos en contra de que el voto del ciudadano no cuente. Si la votación del pueblo de Cataluña sobre el Estatut hubiera sido NO y un tribunal hubiera decidido que SÍ, también habríamos salido a la calle. Porque no entendemos la democracia de otra manera.
De hecho, en el referéndum del Estatut nosotros votamos en blanco, o sea que el pasado sábado salimos a la calle a defender un estatut con el cual no estábamos de acuerdo. Pero la mayoría del pueblo catalán votó que SÍ, y para nosotros la decisión del ciudadano es la que prevalece, estemos o no de acuerdo con ella.
Durante la última semana, los políticos han montado su numerito en referencia al lema que debía presidir la manifestación.
Curiosamente, durante la misma, la gente no coreó en ningún momento lo que decía el lema. La frase que más se oyó fue 'Independencia'.
¿Por qué? Muy fácil. Tan sólo hay que invertir el lema con el cual hemos empezado este post:
'Cuanto menos catalán me dejen ser, menos español me sentiré'.
El pasado día 25 empezó una nueva faceta para nosotros. Sin apenas saberlo, nos convertimos en feriantes y… nos gustó. Y a pesar de que nuestro principal objetivo de vender libros estuvo muy, pero que muy lejos de la meta marcada, la experiencia nos aportó más de lo que esperábamos…
En el puesto de enfrente Alí vende bolsos, carteras y otros complementos. Originario de un pueblo de Marruecos a unos 100 km de Melilla vino a Cataluña a trabajar hace ya más de 15 años. Sólo hace 2 años que se dedica a la venta ambulante. Antes de que la crisis financiera apareciera en su vida, se dedicaba a vender automóviles de segunda mano por toda España. Con un entusiasmo propio del que ama lo que hace nos explica cómo funcionaba el negocio, las zonas donde había más demanda de unos determinados coches y marcas, y cómo, a partir de conocer las necesidades de los emigrantes originarios de su país, consiguió hacerse un hueco en el mercado. Desgraciadamente los primeros que cayeron con la crisis fueron los trabajadores inmigrantes, sus clientes potenciales, así que tuvo que dejarlo.
Abdel, un jovencito de 17 años, ayuda a su tío Alí. Llegó de niño a nuestro país y habla un castellano perfecto. El catalán aún le da vergüenza hablarlo, pues no lo ha practicado tanto. Nos cuenta entre risas que los estudios no se le dan bien, que no le gusta, y le sabía mal que sus padres le mantuvieran si en realidad no aprovechaba el tiempo. Así que decidió ponerse a trabajar. Le gusta lo que hace, es entretenido, aunque su novia no entiende muy bien que siempre ande de un pueblo a otro y no le quede mucho tiempo para estar con ella.
A nuestra izquierda tenemos a dos artesanos peruanos. Se hacen llamar el Chato y el Inca. Realizan bisutería con plata, alpaca y piedras preciosas. Los diseños son increíbles y sólo necesitan un poco de música salsa y su repertorio de llamados graciosos para que los transeúntes se paren a mirar su mercancía. “¡Mami, hasemos liquidasión por hambre!”. Con su oficio artístico a cuestas se han recorrido parte de Sudamérica y Europa. Ahora llevan un tiempo recorriendo la península. Hasta que se cansen…
Un poco más arriba está el tenderete de Sara, una chica del pueblo cercano de Esparraguera. Estudia corte y confección y, cuando puede, vende sus nuevos diseños en mercados y ferias.
Gente que se ha hecho a sí misma, que se inventa y reinventa, pese o gracias a las circunstancias… Héroes cotidianos, a veces invisibles para mucha gente, pero que nosotros admiramos.
Los días 25 y 26 de Junio a partir de las 6 de la tarde estaremos de fiesta mayor en la población de Olesa de Montserrat. Montamos una parada en la que venderemos nuestros libros con un descuento especial de 5 Euros. Nos encontrarás junto al “Llac del Parc Municipal”, en pleno centro de la ciudad.
¿Conoces Olesa de Montserrat? Es una ciudad que se encuentra a 20 Km de las bellas montañas de Montserrat y a 30 Km Barcelona.
Entre otras cosas es famosa por la “Passió d’Olesa de Montserrat”, una representación teatral de los últimos días de la vida de Jesucristo. Cada Semana Santa desde hace siglos (está documentada desde mediados del siglo XVI) actores amateurs vecinos de la ciudad representan este drama sacro.
¡Nos vemos en Olesa!
Si alguna cosa hemos aprendido de nuestros viajes es a dejarnos llevar por lo que de manera fortuita llega a nosotros. Te das cuenta que hay algo que funciona, que fluye, que te lleva de un lugar a otro, de una persona a otra, de una experiencia a otra… Pero también hemos aprendido a oler los momentos en que todo se encalla, no funciona, en que hay algún engranaje que no ajusta. Algo te dice que ese no es el camino.
Sentados en aquella cafetería con WI-FI junto a la gran Biblioteca Alejandrina, con la mirada perdida mucho más allá de las pantallas de nuestros portátiles, buscábamos una respuesta a nuestras dudas.
No, no estábamos en esa cafetería llena de estudiantes. Quizás estábamos abrazando al pariente que necesitaba nuestro cariño justo en ese momento, en casa. O quizás estábamos entablando una de nuestras silenciosas charlas con un viejo compañero de viaje, el miedo. Aquellas molestias físicas que sentíamos desde nuestro último viaje en la India no cesaban, muy al contrario, parecían estar aumentando. Y esos pinchazos en un costado del abdomen…
El siniestro personaje nos susurró algunas palabras: urgencia, apendicitis, operación, peligro…
Las risas de las colegialas de la mesa de enfrente nos rescataron de ese horror introspectivo. Nuestras miradas volvieron a la realidad, nuestros ojos se encontraron. “Es el momento de partir, ¿verdad?”
Volver a Luxor fue como volver a casa. Allí nos esperaba nuestra familia Egipcia del Hostel Oasis, que nos mimó hasta el último minuto; el reencuentro esperado con nuestra profesora de árabe y su marido, Asmaa y Hassan; la magia del templo de Luxor al anochecer; charlas viajeras en el ‘chill-out’ fumando ‘shisha’; en definitiva, todo aquello que te puedes permitir hacer cuando no estás obsesionado con turistear hasta la extenuación.
Pero nuestro siguiente destino era Alejandría, el sueño de Alejandro Magno, el escenario de las aventuras de amor y de intriga de Marco Antonio y Cleopatra, el centro del saber y de la cultura de la antigüedad griega. Una ciudad con tantos calificativos como personas han pasado por ella a lo largo de su historia. Una ciudad que huele a nuestro mediterráneo…
Por eso cuando dejamos Luxor y partimos en aquel tren nocturno, lo hicimos con una mezcla de sentimientos diferentes, incluso contradictorios. Añoranza, melancolía, curiosidad, ilusión, tristeza, alegría… todo junto, agitado y con el ingrediente escénico de una estación de tren, evocador de recuerdos y románticas historias.
Alejandría nos dio la bienvenida con un sol radiante y un fuerte viento fresco y húmedo. De nuevo estábamos en invierno. Nos apresuramos a sacar el forro polar del fondo de la mochila, arrugado tras casi dos meses de cautiverio. En seguida nos dimos cuenta que, a diferencia del resto de lugares en los que habíamos estado, el regateo era apenas inexistente. El precio de salida del taxi era el adecuado, no estaba hinchado. Allí no nos trataban como a turistas bobos de los que ganar euros fáciles. Y eso permite relajarte. De pronto, no tienes que andar preguntando precios, no dudas ni desconfías cuando alguien te recomienda un lugar, ves más sonrisas desinteresadas, más personas amables. Y cuando te sientes así, la estancia se te queda corta y el tiempo corre más rápidamente.
Nos faltó tiempo para disfrutar de las avenidas ajetreadas del centro, de las misteriosas callejuelas, de las innumerables cafeterías con solera, del paseo marítimo, de ese mar que esconde secretos de la antigua ciudad esplendorosa, de los restaurantes de pescado fresco a precio de ganga, de la impresionante Biblioteca Alejandrina, homenaje a la Antigua Biblioteca de Alejandría de la que se dice fue un centro de sabiduría y conocimiento jamás visto.
Nos faltó tiempo… y siempre que nos sucede eso grabamos en nuestra memoria el lugar al que sin duda volveremos.
Una de las cosas más fascinantes que uno puede hacer en Egipto es, sin duda alguna, navegar en una faluca por el Nilo. Una faluca es una embarcación pequeña de vela con un mástil central. Su uso se generalizó en muchas regiones del Cercano Oriente y África del Norte ya que por su naturaleza es especialmente adecuada para la navegación en ríos. Sin embargo, hoy en día han dejado paso a las modernas lanchas de motor y el turismo es una de las pocas razones por la que siguen existiendo.
Navegar en una de estas falucas por el Río Nilo es una experiencia inolvidable. Uno no puede evitar caer en la tentación de imaginar a Cleopatra navegando por este inmenso río mientras su pensamiento estaba ocupado en Marco Antonio, su dulce amante y con quien protagonizaría una historia de amor que perduraría tras los siglos.
En nuestro caso, nuestro trayecto en faluca discurrió desde Asuán hasta Edfu.
Si hemos de ser sinceros, contratar este viaje nos costó más de lo que hubiéramos pensado.
Es muy común que, mientras paseas por la orilla del Nilo a su paso por Asuán, multitud de capitanes se te acerquen y traten de venderte el viaje en su faluca. Por tal motivo, es muy difícil encontrar información fiable de lo que puede costar un trayecto de varios días. Además, nadie te asegura la fiabilidad y la calidad del viaje. Quizás te des cuenta al primer día, cuando ya estás navegando... pero ya es demasiado tarde.
No se nos ocurrió nada más fiable que preguntarle a Ismail, nuestro nuevo amigo egipcio de Asuán. Él nos recomendó una opción que después vimos había sido muy acertada. La Jamaican Family. El capitán Nasser y su hijo Mustafá, de la Isla Elefantina, fueron los que nos brindaron este impagable viaje. Su amabilidad y su simpatía nos amenizaron el trayecto, y en los dos días y dos noches que pasamos con ellos navegando por el Nilo, hicieron todo lo que estaba en sus manos para que la experiencia fuera inolvidable. Y lo fue. Realmente fue un viaje que recordaremos siempre. Lo compartimos con nuestros amigos Ignasi, Matt y Rolf.
Podemos decir que hay pocas cosas tan fantásticas como dormir en una faluca arropado por una noche de estrellas, despertarse y que la primera visión del día sea la del alba envolviendo un paisaje increíble, que el primer sonido que llega a tus oídos sea el aleteo de un pájaro levantando el vuelo o el fluir del agua acariciando la embarcación...
En Egipto te puedes encontrar con lo mejor y con lo peor. La cara amable y hospitalaria propia de los países de Oriente Próximo, o bien el turismo masivo y las típicas sanguijuelas que viven de él. El mejor ejemplo de esto lo encontramos en Asuán, la ciudad más meridional del país.
Swenet o Syene fueron sus nombres durante el antiguo Egipto y más tarde durante la antigüedad grecorromana, épocas en las que esta ciudad era la cantera del país, de donde salía el material para construir pirámides, obeliscos, estatuas, y templos. Asuán es la ciudad de paso hacia el corazón de Africa, mezcla de tradiciones, etnias, razas y culturas. Y como buen lugar de encuentro, allí fue donde nuestro amigo Ignasi del Vendrell, se unió por unas semanas al viaje.
Asuán está bañada por el Nilo. Es un sitio mágico, encantador. Una luz especial ilumina las velas de las falucas , las antiguas embarcaciones que se deslizan por el río al son del viento. Por la noche, la gran fuente de Egipto se viste con sus mejores galas y refleja algunas luces que parpadean, las estrellas y la luna. Hay varios restaurantes sencillos en la orilla, sobre antiguos barcos o plataformas que se balancean suavemente mientras cenas y saboreas la exquisita comida Egipcia. Por ende, Asuán es la ciudad desde la que parten los autobuses hacia el impresionante sitio arqueológico de Abu Simbel, o Filae y la gran presa.
Quizás por todas estas bondades se haya convertido en un lugar obligado para los turistas y cada día desembarcan allí hordas de pasajeros de los archiconocidos cruceros. Pero así como Luxor ha sabido mantener su autenticidad, Asuán se ha volcado hacia el negocio turístico y, en ese ímpetu, nos da la sensación que ha perdido algo por el camino. El mercado, una de las calles que atraviesa toda la ciudad, es un conjunto de tiendas de souvenirs en los que poco queda de algo que no te recuerde que estás sólo de paso. Centenares de vendedores te abordan, te gritan, te acosan. Lo que empieza siendo un agradable paseo, se convierte en una pesadilla digna de olvidar. Pasear cerca de “La Corniche” –el paseo junto al río- también se convierte en un dolor de cabeza cuando te han parado más de treinta capitanes de faluca para venderte un tour. Lo que en el resto de Egipto es regateo, en Asuán por lo general se convierte en estafa sin prerrogativa. La cuenta se puede llegar a multiplicar por veinte si eres un guiri despistado.
Pero la suerte hizo que durante nuestra estancia en Asuán conociéramos alguien que nos regalaría otra visión de Asuán y de sus gentes. Uno de aquellos atardeceres estábamos en un parque junto al río disfrutando de una puesta de sol maravillosa, cuando un señor maduro se sentó en el banco de al lado. Túnica blanca, turbante blanco… irradiaba luz. La brisa del atardecer nos acercaba a ráfagas su embriagador perfume de ámbar. En silencio él también observaba como desaparecía el Sol, dejando tras de sí un abanico de colores cobrizos junto al río de los faraones. Ya estábamos a punto de irnos a cenar, cuando con su aterciopelada voz se presentó. Él era Ismail. Había trabajado durante toda su vida como profesor de submarinismo en el Mar Rojo con grupos de turistas y hablaba con soltura más de tres lenguas europeas.
Enseguida vimos que no se trataba de una persona corriente. Sus reflexiones sobre el mundo, sobre la vida, la paz que transmitía… era algo que arrastraba, que atraía. Nos invitó los días siguientes a su casa para seguir conversando y nos obsequió con su delicioso té a la menta. Durante esos días nos enseñó a reconocer las estrellas, las constelaciones y a jugar a ‘taula’ –o backgamon- muy popular en las ‘Ahwas’ o cafeterías de Egipto. Pero llegó el día que tuvimos que partir para seguir nuestra ruta...
Así que si algún día vas a Asuán, no pierdas la oportunidad de conocer a Ismail, lo reconocerás por su luz, su dulce y permanente sonrisa y sus sabias palabras. Si lo haces, dile que cuando miramos al cielo, pensamos en él. Dile que esperamos volverlo a ver algún día de estos. ¡Inxalá!
Tal y como nos imaginábamos, el pasado viernes 23 de abril fue un día mágico, lleno de emoción.
Compañeros de viaje, familiares, amigos, seguidores de la web… muchos de ellos nos acompañaron durante ese día, haciendo que fuera inolvidable.
Y por supuesto vendimos libros, muchos más de los que esperábamos, por lo que estamos muy contentos y agradecidos. Esto nos ayudará a seguir con este proyecto, con la web y nuestros viajes.
No nos alargamos más y os dejamos con algunas fotos del evento. Aunque no están todos aquellos que nos visitaron, es una buena muestra de lo que fue el día.
Muchas gracias a Tomàs que nos ayudó en la logística; a Max, Mireia y David que hicieron fotos; a Carme (madre), a Esther, Laura y Gerard, que nos ayudaron a recoger; muchas gracias a todos los que estuvisteis allí, a los que comprasteis libros, pero sobre todo a los que ese 23 de abril compartisteis con nosotros vuestras ilusiones y vuestros sueños.
Por primera vez tenemos la oportunidad de participar en la gran fiesta de Sant Jordi de Barcelona que se celebra cada 23 de Abril.
Estaremos vendiendo nuestros libros en pleno centro de Barcelona, así que si puedes no dudes en venirnos a saludar. ¡Tenemos una cita!!
Día: 23 de Abril
Horario: de 8:00 a 21:30 horas
Lugar: Barcelona. Rambla de Catalunya 82 (entre C/Mallorca y C/Valencia,
Ver mapa aquí).
Día del Patrón de Cataluña, día de los enamorados, día mágico y de leyenda. Una de las fiestas más bonitas de nuestra tierra, en la que los libros y las rosas llenan las calles y el corazón de las personas.
Y para este día especial, un precio especial: haremos un descuento de 5 Euros, dejando cada libro al precio de 15 Euros.
Y no queremos acabar esta entrada de blog sin mencionar la leyenda de Sant Jordi. Aquí os dejamos un extracto del libro Les tradicions religioses de Catalunya. 'St Jordi i el Drac dels quatre elements', de Anna de Valldaura, en el que se relata una de las versiones:
“Cuenta la voz popular que la leyenda de Sant Jordi, el Dragón y la Princesa en Cataluña ocurrió en la villa de Montblanc hace mucho tiempo.
El dragón era el más poderoso de los dragones puesto que podía moverse por el cielo, por la tierra y por el agua. Y la Princesa era la de más linaje de todas ya que era la misma hija del Rey. El terror que el dragón imponía era terrible.
Cada día devoraba un par de corderos. Cuando le dieron bueyes y caballos tampoco tuvo suficiente. Y así fue hasta que tuvieron que sortear personas para apaciguar el hambre de la Bestia. Y el Rey que era el de más linaje, catalán, y que vivía en la villa, quiso poner a su familia en el sorteo. Y de la olla salió el nombre de la princesa. El Rey aceptó el destino y no quiso cambiar el sacrificio por el de ningún otro vecino de los que se ofrecían. Vestida de blanco, la Princesa fue al sacrificio. Y surgió un joven caballero, armado de cabeza a los pies, cabalgando un porcel blanco para liberarla. Era bello como el sol, era forastero y se llamaba Jordi. Y embistió con furia al dragón que iba hacia ellos a por la Princesa. Lo dejó medio muerto, confundido y acabado.
Entonces, él ató el dragón con el cordón de la cintura de ella, y el dragón, herido y manso, lo siguió como una oveja. Y todo esto ocurrió delante de los ojos del Rey y los vecinos de Montblanc, que contemplaban aterrorizados el combate. Y fue por este motivo que escogieron Sant Jordi como patrón de la Villa hace muchos años, hasta que tiempo adelante se olvidaron.”
¿Has ido alguna vez al barbero en Egipto? Si es así, sabrás perfectamente de lo que hablamos. Si la respuesta es negativa... en cuanto veas el video que hemos colgado lo entenderás.
Y es que en Egipto, existe después del afeitado una práctica que puede ser muy dolorosa.
Nos referimos a la depilación 'al hilo'.
Al barbero no se le ocurre preguntarte antes si quieres o no quieres hacértela.
Forma parte del afeitado.
Así pues, todo empieza cuando el barbero saca un pequeño ovillo de hilo.
Un extremo del hilo lo sujeta entre sus dientes. Con sus manos, mueve el ovillo de tal manera que el hilo hace una especie de giro sobre si mismo, y por el camino se va llevando los pelos. El barbero, durante este proceso, hace un gracioso movimiento con la cabeza, de delante hacia atrás, como un camello.
Comienza por al lado de las patillas, después el pómulo, y se desliza hacia la parte superior de las cejas. Después el entrecejo.
Hasta aquí, todo es soportable. Es una sensación un poco desagradable, pero poco más.
Lo peor está por venir.
Y es que el siguiente punto son los pelos... ¡de dentro de la nariz!!!!
Aquí el dolor ya es inaguantable, pero como el barbero no va a parar... pues mejor tomárselo a broma e intentar reír.
Os dejamos con el video... prueba fehaciente de que, para presumir, hay que sufrir.
Todos los viajeros que nos habíamos encontrado por el camino nos habían hablado muy bien de Dahab. También en alguna guía de viajes se decía del pueblo que era un “paraíso mochilero” y “una de las poblaciones turísticas más auténticas de Egipto”. Quizás por eso, cuando llegamos allí y vimos el ambiente la decepción se apoderó de nosotros. Definir a Dahab como autentico es como decir que Montilla es un tío con chispa, simplemente no sabes de dónde lo han sacado.
Allí se vive exclusivamente de y para el turismo, eso sí, todo con bastante buen gusto si se compara con otras poblaciones playeras. El paseo marítimo, pavimentado y con unas bonitas farolas de hierro forjado, es un continuo de tiendas de souvenirs, hoteles y restaurantes. No sabemos donde está la autenticidad en un lugar que está diseñado y planificado exclusivamente para gustar al turista. Y de gustar, gusta un rato. Incluso a nosotros, una vez pasada la desilusión inicial, nos gustó estar tumbados en uno de los Restaurantes con chill-out a la luz de la luna, después de habernos zampado un exquisito y fresco pescado.
Dicen que esa zona es una de las mejores del mundo para hacer submarinismo por su increíble entorno marino y sus arrecifes de coral, pero el encanto se desvanece si en los puntos de inmersión hay centenares de personas. Los peces brillan por su ausencia en ese festival de turistas en remojo y ya no sabes si lo que has visto es una criatura marina o un ruso con cara de besugo.
Nuestro viaje de Luxor a Dahab, de cuatro días de duración, lo recordaremos durante mucho tiempo.
Ya al salir de Luxor, en la estación de tren, tuvimos el primer contratiempo, como preludio de lo que había de venir.
Un policía armado con metralleta y con cara de pocos amigos se acercó a nosotros.
- No podéis coger este tren- nos anunció categóricamente.
En Egipto están un poco pesados con esto de que no puedes viajar solo a según que lugares a no ser que lleves escolta policial, o no dejándote ir en los transportes públicos egipcios si coinciden más de cuatro turistas juntos.
Sin embargo, para nosotros no hay nada más inseguro que viajar con una persona armada a tu lado. El caso es que aprovechamos cuando el policía no miraba para entrar en el tren. Quizás se olvidaba de nosotros.
Ya estábamos camino de Al-Quseir, pequeño pueblo a orillas del Mar Rojo, hoy en día ignorado por los visitantes, y bajo nuestro punto de vista, una de las futuras perlas de Egipto de aquí unos años.
Pero como actualmente casi nadie se queda en Al-Quseir, la oferta de lugares en los que hospedarse es muy limitada.
De hecho, tan solo había dos hoteles. Uno valía 200 dólares por noche (o sea, descartado), y el otro 20 €, el cual no nos acababa de convencer.
Decidimos que tendría que haber algún lugar más económico, y nos pusimos a preguntar a la gente.
Finalmente llegamos al Princess Hotel, de apenas 6 € y bastante decente.
Una vez instalados, comenzamos a notar algo extraño en el ambiente de aquel hostal. Nos dimos cuenta cuando encendimos la luz de nuestra habitación. ¡Era roja! ¿Realmente era eso un hostal o una casa de citas?
El caso es que esa tarde fuimos a pasear, y al volver al 'hostal', le dijimos al recepcionista que si sabía los horarios de los buses hacia Hurghada, nuestro siguiente punto de camino a Dahab. El recepcionista nos dijo que en un rato nos enviaría un chico a la habitación con la información que necesitábamos.
Al cabo de una hora, un chico alto, moreno y musculoso llamó a nuestra puerta. Nos dijo que no tenía ni idea de los horarios de los buses... pero que si queríamos nos daba un masaje. Nos costó mucho hacerle entender a ese chico engominado hasta las cejas que no estábamos interesados.
Finalmente, decidimos buscar por nuestra cuenta el transporte hacia Hurghada.
Al día siguiente, encontramos una especie de 'mini van' compartida que nos dejó a unos 10 kilómetros de Hurghada. Buscábamos un hotel que nos habían recomendado unos amigos, el 'Waves Hotel'.
Por dos veces, subimos a un transporte público cuyo chófer nos aseguró que nos llevaría allí... pero al final del trayecto ambas veces nos dijeron que no tenían ni idea de donde estaba. ¿Lo hicieron para que pagásemos el ticket y ya está?... no lo sabemos, pero lo que si sabemos es que no sirvió de nada la discusión en la que nos enfrascamos.
El caso es que eran las 10 de la noche y estábamos más tirados que una colilla en el centro de Hurghada.
Hurghada es... ¿cómo definirlo?... el paraíso del mal gusto, un oasis de exhibicionismo en un país donde reina el recatamiento. Un territorio donde manadas de turistas rusas andan medio desnudas, en un lugar donde a las mujeres autóctonas cuesta verles un trocito de cuello.
En definitiva, la bajeza a la que puede llegar el turismo mal entendido, la falta de respeto hacia las culturas locales.
No teníamos ganas de perder tiempo, así que entramos en el primer hotel que nos pareció decente.
Después de una ducha, bajamos al restaurante.
Allí, al cabo de cinco minutos, volvimos a tener una sensación algo extraña del lugar en el que estábamos. En el restaurante habían unas 7 u 8 camareras, de ropas ceñidas, yendo y viniendo hacia mesas donde misteriosos caballeros permanecían semiescondidos. No sabemos por qué, tuvimos la impresión de que en aquel restaurante servían más carne que pescado.
Acabamos de cenar tan pronto pudimos, y regresamos a la habitación a dormir, estábamos cansados. Esta vez ya ni nos atrevimos preguntar en la recepción acerca del bus que debíamos coger al día siguiente.
Serían sobre las diez de la mañana cuando llegamos a la estación, donde debíamos encontrar un autocar para ir a Suez, ciudad famosa por su canal.
Llegados a este punto, hemos de comentar que siempre hemos dicho que las personas se dividen en tres géneros: Hombres, mujeres... y revisores de tren o autobús. Raza aparte donde las hayas, en nuestros viajes siempre está muy presente esta entrañable figura a la que difícilmente se la puede ver sonreír y que probablemente se dejaría cortar un brazo antes que mostrar un gesto amable.
En este caso, el revisor en cuestión nos cobró 20 libras de más por nuestros tickets. Poco se esperaba aquel personaje que sabíamos leer un poco de árabe, y que por eso pudimos ver la diferencia de precio.
Cuando fuimos a reclamarle, simplemente hizo un gesto despectivo hacia nosotros y se giró de espaldas. Ya vimos que iba a ser imposible arreglar el problema por las buenas.
Entró en juego una tercera persona, un chico majísimo que ocupaba el asiento de al lado y que se ofreció a hacer de mediador.
La actitud del revisor fue tan extravagante y maleducada, que decidimos tomar medidas serias. Le hicimos saber que en el próximo Check Point (control policial) bajaríamos y hablaríamos con la policía.
Eso fue el desencadenante de una discusión que afectó a todo el autobús. Suponemos que más de uno tenía motivos para que la policía no interviniese en aquel asunto. También, aquello conllevaría una gran pérdida de tiempo. Fue una discusión en la que ya participaba todo el mundo. El revisor seguía con su actitud déspota, y a pesar de que ya hacía rato que habíamos demostrado que nos había cobrado 20 libras más, se negó a devolvernos el dinero.
Los demás pasajeros también lo sabían... así que hicieron una colecta entre todos y nos dieron las 20 libras. Nos costó hacerles entender que a nosotros las 20 libras (apenas 3 euros) nos daban igual, simplemente queríamos justicia... pero estaban tan atemorizados por la posibilidad de que llamásemos a la policía que intentaron cualquier cosa. A esa altura la discusión ya era a gritos, con el agravante de que el conductor también se había enfrascado y por momentos chillaba y ni siquiera miraba a la carretera. Aquello se había ido de madre.
Finalmente desistimos en llamar a la policía. 40 personas no tenían la culpa de que un impresentable ni siquiera se dignara a intentar encontrar una solución.
Pero bueno, ya estábamos en Suez.
Ciudad poco turística, tampoco habían muchas opciones donde hospedarse. Y el hotel más razonable, estaba completo.
Fuimos a parar a la única opción que teníamos, un cuchitril por el cual nos pedían 17 €. Una estafa en toda regla. De nuevo una discusión, esta vez con el amo del hostal, a quien le hicimos saber lo mucho que nos ofende el típico oportunismo del garito de turno cuando sabe que no tienes más remedio que quedarte en él porque no hay más opciones.
Y finalmente, llegamos a Dahab al día siguiente. Algunos dicen que lo que disfrutas de un lugar es proporcional a lo que te ha costado llegar a él. En ese caso, Dahab sería para nosotros un paraíso terrenal.
Con Hassan, uno de los encargados del Hostal Oasis de Luxor, nos dirigimos a su casa. Se encuentra en un pueblo a pocos kilómetros de la ciudad. Tras hacer una señal al conductor de la camioneta pública, se para frente a un grupo de casas. Nos adentramos en el pueblo por una calle de tierra. Hassan va saludando a sus vecinos sentados a lado y lado de la calle que toman el fresco del atardecer. Al fondo de la calle se erige un edificio de tres plantas y una última a medio construir. Se trata de su casa, la casa familiar. Una planta por hermano, y la última pendiente por si algún día otro pariente necesita un apartamento. Mientras, la usa toda la familia para criar gallinas.
Llegamos a su piso, el segundo. La puerta está abierta y Asmaa, al oírnos entrar, nos recibe con una calurosa bienvenida. Nos enseña la casa con la ilusión propia de una mujer casada tan sólo hace unos pocos meses.
Pensamos lo lejos que queda aquella Asmaa que Hassan nos presentó como su esposa dos semanas atrás. En ese momento, Asmaa nos estrechó la mano mientras sonreía tímidamente. Su rostro sereno, enmarcado por un pañuelo granate, nos pareció el de una virgen. Ese día habíamos quedado para conocernos y hacer una primera clase de árabe de prueba. Algo nos dijo que era la primera vez que hacía de profesora, pero que pronto se desenvolvería como una experta. Nos contó que había estudiado magisterio y que en un futuro querría trabajar en una escuela, tras criar a los dos hijos que le gustaría tener. Uno ya estaba en camino.
Y aquí estamos, mirando la habitación de los que vendrán, “inxal-lá”, si Dios quiere. Ya está preparada, con sus camitas y armarios incluidos.
Asmaa acaba de preparar la cena y nos sentamos sobre la alfombra del salón para saborear los diferentes platos que ha cocinado para la ocasión. Ya hemos acabado de cenar, cuando oímos unos suaves golpecitos en la puerta de la entrada que sigue abierta. Se trata de una de las sobrinas de la pareja que, como suele hacer cuando no juega con sus primos y amigos en la calle, visita a sus tíos preferidos. A los pocos minutos ya tenemos a otros dos sobrinos que nos miran con cara de alucinados. Quizás no tengan la Play Station y su ropa sea de tercera mano como mínimo, pero nos parece que tienen una infancia de lo más feliz.
Y es en momentos como estos en los que pensamos que el progreso o la riqueza quizás no nos lleven hacia modelos sociales donde poder ser más felices. ¿Nos estaremos convirtiendo en esclavos de nuestras ambiciones?
En cuanto llegamos a Luxor nos dimos cuenta que era ese el lugar en el que queríamos recalar. Nuestro instinto no estaba equivocado, pues es una de las ciudades que reúne lo que necesitábamos: Un alojamiento que nos hiciera sentir como en casa, una ciudad agradable, viva y auténtica, que nos permitiera sentir el palpitar de sus gentes y de su cultura, y un lugar desde el cual tener a mano muchísimos de los tesoros que queríamos visitar.
Nos sorprendió que una ciudad como Luxor, no estuviera tomada por el turismo y por lo tanto de alguna manera desvirtuada. Sin duda la antigua Tebas es un destino considerado “obligatorio” para los viajes organizados, pero sólo reparas en este tipo de turismo cuando visitas un monumento a ciertas horas “punta”. Los autocares vienen y van, los cruceros del Nilo vienen y van… y con ese ir y venir, pocos son los turistas que se ven por la ciudad, que la viven y la descubren. Se nos ocurre definir Luxor como una ciudad muy turística con pocos turistas.
Nuestros días allí han transcurrido descubriendo la antigua Necrópolis de Tebas en bicicleta… Cada día un poquito para no saturar los sentidos. Llevando de nuevo una rutina, haciéndonos habituales en los lugares que nos gusta frecuentar. Y allí también hemos tenido la oportunidad de recibir un curso intensivo de árabe, lo que nos permitirá seguir aprendiendo en el transcurso de este viaje. Asmaa, nuestra paciente profesora, ha sido una de las personas que más echaremos de menos. Pero no hablaremos aún de ella pues nos extenderíamos demasiado. Lo dejaremos para la siguiente ocasión.
Estamos en Luxor y hace calor. Mucho calor.
Los lugareños nos dicen que no es normal, que en esta época del año no se suelen superar los 25 grados.
Tampoco nuestro cuerpo está, a estas alturas, preparado para aguantar una temperatura como la de este martes que amaneció ya con la intención de asfixiarnos.
- ¿Habrá en la ciudad alguna piscina para ir a remojarnos?- nos preguntamos.
Y apenas hemos acabado de desayunar, empezamos a investigar.
Descubrimos que hay un hotel, el New Emilios, que tiene en la azotea una piscina, y que no hace falta estar alojado para disfrutar de ella. Simplemente pagando una entrada de 30 libras egipcias (unos 4 euros), cualquiera puede acceder.
Si queremos ir, el caprichito nos va a salir a 60 libras. Curiosamente, en nuestro hostal, el Oasis, pagamos 40 libras por la habitación doble.
Pero después de pensarlo un rato, y ver que en los últimos días hemos gastado muy poco (la vida en Luxor es sorprendentemente barata), decidimos que no es ningún crimen permitirnos de tanto en cuando algún lujo.
Así pues, nos ponemos el bañador y nos dirigimos al New Emilios, cuya tarifa por noche de alojamiento es de 40 Euros (es decir, casi 7 veces lo que estamos pagando en el Oasis Hostel).
La piscina es formidable. Hay un montón de tumbonas a su alrededor, y el lugar es, bajo el calor sofocante de aquella hora, un espejismo que se ha vuelto realidad.
El día transcurre agradablemente, entre chapuzón y chapuzón, y con nuestra aun blanca piel tostándose al implacable sol que está ahora en su punto más álgido.
Pero a pesar de nuestra sensación de bienestar, desde el primer minuto hemos advertido algo que es demasiado evidente. ¡Cuán diferente es la gente que está hospedada en el New Emilios con respecto a la del Oasis Hostel! ¡Qué diferencia de ambiente! ¡Parecen dos mundos distintos!
En aquella piscina reina un silencio doloroso. El ambiente es frío, distante. No hay ningún síntoma de humanidad, algún destello de que ahí hay personas. Los camareros van vestidos con un ridículo traje que pretende dar aun más seriedad, y su amabilidad es aquel tipo de amabilidad que sólo aflora en los lugares donde reina el dinero.
Y cuando nuestro día en la piscina se acaba, volvemos al Oasis Hostel. Vamos directamente al chill-out de la azotea. Allí no hay piscina, pero hay unos cómodos colchones en el suelo que invitan a echarse.
El camarero no va vestido como los de antes. No, Mohamed va con su ropa de calle.
Llevamos pocos días, pero ya existe una gran confianza. De hecho, nos pide prestado nuestro ordenador portátil para mirar su facebook, y nos pide si le podemos ayudar, pues aun no sabe manejarse muy bien en inglés con el teclado occidental.
Al lado de donde nos hemos sentado, hay un chico moreno cuyo acento al pedir una infusión de ibiscus parece italiano. Y, cómo no, al cabo de 2 minutos ya estamos los tres juntos, hablando. Raffa, que así se llama, nos explica su viaje por Oriente. En más de un año y medio que lleva viajando, ha vivido muchas experiencias, que explica con gracia mientras nosotros escuchamos con gran interés.
Al cabo de 5 minutos llega Matt, a quien conocimos anteriormente. Se sienta en la mesa, así que ya somos cuatro. Decidimos fumarnos un narguile, o como aquí la llaman: la 'xixa' de aroma de manzana.
Detrás hay una pareja de canadienses que parece que se lo están pasando muy bien, sus risas no dejan lugar de dudas.
Y allí, en la azotea del Oasis Hostel, de apenas 7 Euros por habitación, reina un ambiente increíble, sano, armonioso, divertido.
Las conversaciones se atropellan con las risas, el humo del narguile se desvanece entre jocosos comentarios, todo el mundo tiene una aventura por contar...
Aquella noche, antes de irnos a dormir, tan sólo tenemos clara una cosa: Si por casualidad en un futuro nuestro poder adquisitivo aumenta, seguiremos yendo a lugares como el Oasis Hostel.
¿Los hoteles con piscina??? Sólo para casos de apuro y en contadas ocasiones, no sea que sin querer se nos contagie el aburrimiento.
Dos mujeres de edad madura nos traen de nuevo al 2010. Delante de los preciosos grabados y de las pinturas de la entrada de la tumba de uno de los faraones, vemos como las señoras pasan de largo caminando a prisa hacia el interior de la misma. Nos da la risa… ¿para qué visitarán el Valle de los Reyes, si ni siquiera miran a su alrededor? No entendemos bien de qué se trata el juego. ¿Será una nueva modalidad maratoniana? Comenzamos a pensar en posibles nombres: La Maratón del Corte Ramsés, o la carrera de los 1500-tumba… Definitivamente no entendemos porqué hay gente que va a lugares a los que no le interesa ir. Nos da la sensación, quizás equivocados, de que “es lo que toca hacer”. Quizás estas personas también visitan Egipto porque “toca”… ¡Y qué sabremos!
Pero la verdad es que este incidente sin importancia nos lleva a reflexionar acerca de las motivaciones que nos llevan a viajar. Nos acordamos de aquella gente a la que vemos en los monumentos más preocupados por hacer miles de fotos que por captar, por disfrutar el momento. ¿Lo hacen por que les gusta o bien para tener algo que enseñar en las reuniones con sus amigos? ¡Y qué sabremos!
Nos acordamos de aquellos que cuentan los países que visitan, que los tachan de una lista como si de la compra se tratara. ¿Será por simple curiosidad o bien por espíritu de competición? ¡Y qué sabremos!
Nos acordamos de aquellos que se dedican a juzgar y comparar culturas. ¿Lo harán como medio para el conocimiento y la comprensión o bien desde la prepotencia de creerse mejor que el otro? ¡Y qué sabremos!
Estas actitudes que no entendemos muy bien, a veces nos hacen pensar en el turismo como algo destructivo, tanto para los lugares como las culturas y otras veces como una herramienta para el acercamiento entre las personas, para el aprendizaje, para la paz…
No somos nadie para juzgar, ni pretendemos hacerlo, pero opinar es gratis y el debate enriquece, así que: ¿Tú que piensas? ¿Qué es para ti el turismo? ¿Cuáles son sus consecuencias?
¡Te esperamos en la sección “Exprésate” con tus comentarios! Mientras, colgamos unas fotos de Luxor.
En el primer punto de control de la policía, Matt se hizo el dormido para no tener que mentir. Al salir de Dakhla el conductor le había pedido que si algún agente le preguntaba no dijera que era norte-americano. Por lo que pudimos averiguar de sus pocas palabras en inglés, en Egipto es requisito obligatorio para los ciudadanos estadounidenses llevar un escolta policial armado en todos los desplazamientos.
Tras intercambiar unas palabras con el conductor en árabe, el policía escudriñó nuestras caras a través de la ventanilla del vehículo y mirando hacia el copiloto preguntó en inglés:
-¿De dónde es?
-¡Somos Europeos! –Erick, el viajero ye-ye exclamó alegremente, y señalando también a su esposa Eliande prosiguió -¡Austria!
-¿Y vosotros?
En la primera fila de asientos de aquel destartalado Peugeot 504 la pareja finlandesa contestó al unísono:
-¡Findlandia!
-¿A dónde van? –preguntó de nuevo el agente
-A Luxor –contestó de nuevo Erick
El poli echó otro vistazo al interior del coche familiar, como buscando algún rastro de barras y estrellas, pero se limitó a indicar al conductor que siguiera su camino.
Desde la última fila de asientos miramos hacia atrás hasta que la figura del policía dejó de ser visible.
-¡Me siento como un fugitivo! –exclamó Matt con su optimismo habitual
Una carretera recta nos guíó a través de kilómetros de desierto, de control en control, hasta Luxor, antigua ciudad real de Tebas.
Si dijéramos que esta última semana hemos compartido nuestro viaje con un par de viajeros austríacos... nada tendría de extraordinario.
Tampoco si dijéramos que con ellos hemos visitado una de las más fascinantes zonas del planeta.
Si dijéramos que con ellos hemos sufrido las incomodidades de las travesías por el desierto, con sus frías noches en tiendas de campaña, tampoco habría nada particular en ello.
Pero todo cambia si decimos lo que hace que ellos sean especiales, y es que Erik y Eliande tienen 75 y 73 años. Y unas ganas terribles de exprimir la vida hasta la última gota.
Nunca hemos conocido unos mochileros como ellos. Su vitalidad ha ridiculizado por momentos nuestros treinta y tantos, su energía nos ha recordado que la edad se lleva en el corazón y su entusiasmo ha hecho que se conviertan en un espejo en el que mirarnos.
¿Podremos nosotros a su edad seguir viajando de esta manera?
Cuando caminábamos por el increíble desierto cerca del Oasis de Bahariya, eran ellos los primeros que se aventuraban a descender por las dunas brincando como si fueran niños. Cuando a nuestro paso encontrábamos fuentes termales de aguas sulfurosas, apenas nos habíamos dado cuenta y ellos ya se habían puesto el bañador y metido en el agua.
Con ellos y con Brigitte, intrépida viajera francesa, hemos disfrutado de uno de los lugares más impactantes del mundo, los desiertos del oeste de Egipto, la zona que comprende desde el Oasis de Bahariya hasta el Oasis de Dakhla.
En esta zona se pueden hallar joyas inolvidables, como el desierto negro, el desierto blanco, la montaña de cristal y varios pueblos islámico-otomanos como Balat o Al-Qasr.
Pero sin duda alguna, lo que más nos gustó fue el 'valle de las setas' en el desierto blanco, un lugar de paisajes imposibles, de vistas que uno nunca pudiera haber imaginado. Allí acampamos por la noche y sufrimos una de esas ironías de la vida. ¡Pocas veces hemos pasado tanto frío como en el desierto!
Y ninguna aventura es completa sin unos momentos de angustia, de sufrimiento.
Y este momento lo vivimos cuando, después de desayunar, Erik se fue a pasear con la intención de hacer unas fotos.
El desierto es muy traidor, y Erik no encontró el camino de vuelta. Inquietos, nos dispusimos a buscarlo. Durante media hora no pudimos hallarlo, y a partir de ese momento, cada minuto que pasaba se hacía eterno.
Al final todo quedó en un susto, y cuando lo encontramos, en su cara se dibujaba una sonrisa.
Después de los lógicos abrazos, las preguntas empezaron a atropellarse:
- ¿Cómo estás? ¿pasaste miedo? ¿te preocupaste? ¿qué pensabas en aquellos momentos? ¿te llegaste a desesperar?
- No demasiado, -contestó con despreocupación- estuve todo el tiempo cantando canciones austríacas.
Aún podemos recodar cómo en clase de historia alucinábamos con el capítulo destinado al antiguo Egipto. Ese halo de misterio que desprendía todo lo relativo a la época faraónica, entre magia y ciencia ficción, era capaz de activar de golpe la imaginación dentro de nuestras cabecitas aún infantiles. Edificios triangulares de los que se desconocía en gran parte sus secretos, tesoros escondidos, pasadizos y laberintos, jeroglíficos de curiosas formas que descifrar, el sueño de la vida eterna… ¡Cuántos de nosotros habíamos pasado horas mirando las fotografías de los hallazgos, imaginando otras épocas, imaginando ser exploradores!
Pues resulta que hay un día, al cabo de muchos años, que te encuentras delante de esos edificios triangulares, que incluso puedes entrar en alguno de ellos. Y aunque en lugar del tocado a lo Cleopatra o el látigo de Indiana Jones, llevas tu gorra con visera y la cámara en la mano, no deja de ser un momento muy especial. Pisas el mismo suelo que antaño pisaron aquellas gentes, respiras el mismo aire… casi puedes sentir su presencia. El niño que llevas dentro despierta de nuevo.
No sabemos cuál es nuestra fuente de estrés… El Cairo, en sí misma, ya es una ciudad estresante: más de veinte millones de almas mueven esta interminable urbe, sus calles repletas de coches que no paran de pitar, comercios con los escaparates llenos a rebosar, luces de neón, vallas publicitarias, contaminación a más no poder… uff…
Quizás sea eso. O bien sea aquel cosquilleo, aquella ansiedad que sientes cuando tienes a tu alcance tantísimo por ver. Y es que El Cairo, es una mina para el forastero. Aunque lo más habitual entre los turistas es visitar poco más que las Pirámides de Gizeh, El Cairo ofrece un sinfín de atractivos y secretos por descubrir.
Nosotros que apenas llevamos unos días tan sólo hemos conocido algunos de ellos: El Viejo Cairo, con sus iglesias ortodoxas y coptas antiquísimas. Dicen que sus calles recuerdan mucho a Jerusalén y también como en ésta se pasean los devotos buscando aquellos lugares donde la sagrada familia se ocultó durante su exilio.
El Cairo Islámico, con el mercado Khan al-Khalili animando las hermosas callejuelas de piedra. La ciudadela, donde divisar la increíble vista de la ciudad junto a mezquitas de diferentes estilos y épocas.
El Centro, con ese punto de decadencia que suelen tener las ciudades coloniales… un lugar que ha vivido tantos cambios que al final ha ido tragando sin apenas digerir. Restos de glamour: el perfume se esfumó quedando un ambiente enrarecido.
 
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