NUESTRO BLOG DE VIAJE
En este Blog te contamos cómo se desarrollan nuestros viajes.
Queremos que viajes con nosotros. Prepárate, ¡empieza la aventura!
Y si en nuestra última entrada del blog hablábamos de lo hermoso que resulta la conjunción de la obra de la naturaleza conjuntamente con la del hombre, de nuevo nos rendimos a otro milagro, el de las cuevas budistas de Ajanta.
Construidas entre el año 200 a.c. y el 650 d.c. aproximadamente, son Patrimonio de la Humanidad por la Unesco por méritos propios.
Las cuevas de Ajanta se encuentran en la ladera de una garganta rocosa en forma de U sobre el río Waghore. Se dice que están tan bien conservadas (y nosotros damos fe de ello) porque justo cuando se acabaron de construir, el budismo iba perdiendo fuerza y despareciendo de la zona progresivamente. Las cuevas quedaron abandonadas y no fue hasta 1819 que los británicos las descubrieron. Tantos siglos olvidadas, han provocado que todavía hoy tengan un fabuloso aspecto.
Recorrer las 30 cuevas existentes es un agradable circuito de 4 o 5 horas donde lo que cuesta es cerrar la boca, pues semejantes obras de arte dejan perplejo al más exigente de los visitantes.
Esperamos que las fotos que hemos puesto hagan un mínimo de justicia y os trasporten a este maravilloso lugar.
La vida del viajero está llena de chascos. Y de sorpresas.
Chascos que suceden al llegar a un lugar con grandes expectativas y salir decepcionado… sorpresas que uno se lleva al no esperar nada de un sitio y encontrar un regalo con el que no se contaba.
Por eso, nosotros no somos muy amantes de recomendar fervientemente un lugar, pues sabemos que serán otros ojos los que puedan juzgar de otra manera, quizás muy distinta a la nuestra.
Pero hay veces en que sí nos arriesgamos, pues sabemos que la apuesta es ganadora, sin casi margen de error. Así que, señores viajeros, apunten este lugar en su agenda: HAMPI.
Nosotros estuvimos casi tres semanas en Hampi, pues nos costaba encontrar el momento en el que marchar. Suele sucedernos en los lugares en los que, de alguna manera, en el primer instante que lo pisamos ya podemos imaginar que será especial. Y Hampi lo es.
Entre otras cosas, porque nosotros amamos aquellos lugares en los que la obra de la naturaleza se funde con la del hombre. Nos pasó en la Capadoccia turca, y en Hampi de nuevo hemos encontrado un lugar en donde se da esta maravillosa conjunción, la de la madre naturaleza esculpiendo obras de arte, y civilizaciones humanas de antaño dejando huella y completando este maravilloso tesoro.
El resultado es una obra fascinante; paisajes rocosos con formas difíciles de describir, la piedra en su más increíble forma conseguida a lo largo de siglos de erosión debido al viento… y el hombre, ese ser que a veces consigue fundirse con la naturaleza sin llegar a destruirla, poniendo la guinda al pastel en forma de maravillosos templos y construcciones que a uno lo dejan sin respiración.
Las ruinas de lo que otrora fuera la ciudad de Vijayanagar, por allá el siglo XV uno de los mayores imperios hindúes de la historia de La India, son apasionantes. La puesta en escena, con un paisaje extraordinario de enormes peñascos, no dejan indiferente a nadie. La combinación es sencillamente sublime.
Pero Hampi nos ha dejado un gran recuerdo por muchas otras cosas. Por la calidez de sus habitantes, con ese carácter sureño tan agradable. Por sus calles, tranquilos bazares por los que deambular sin prisa alguna, esquivando a vacas y bueyes que parecen decir que la calle les pertenece. Por sus múltiples terrazas en los tejados, de delicioso ambiente chill-out, donde las horas pasan sin que uno se de cuenta.
Por nuestro proyecto solidario con la Hampi Children’s Trust, que estableció un vínculo entre los niños de la Asociación y los usuarios de lavueltaalmundo.net (ver información del proyecto
aquí).
Hay imágenes y momentos que se nos han quedado grabados y no olvidaremos nunca, como nuestra clase de iniciación al yoga, con los primeros rayos de sol, en medio de los templos y con infinidad de monos haciéndonos difícil el poder concentrarnos. Hubieron más clases de yoga, en la terraza de nuestro hostal… pero como no somos muy flexibles, la cosa acabó con una luxación de tobillo y tres o cuatro días sin poder apoyar el pie en el suelo. De momento, hemos dejado aparcado el tema del yoga hasta que estemos más en forma.
Y algo que también nos costará olvidar, será el baño matutino del elefante sagrado del templo, así como el momento en que nos bendijo con un golpecito de trompa en la cabeza. No os perdáis pues el video que hay más abajo.
Y si a Hampi le añadimos el hecho de haber tenido la suerte de compartir nuestros días con gente como Oscar y Mª Jose, a quien conocimos en Anantapur, Kareen, Pavang, Sandrine, etc… pues el resultado es el bonito recuerdo de unas semanas en las que, sin darte cuenta, parece que te has unido al lugar, que ya perteneces a él.
Y por eso, el momento en que has de ponerte de nuevo la mochila en la espalda se hace un poquito más duro de lo habitual… pero no mucho, pues de alguna manera sabemos que Hampi ha entrado en esa lista de lugares que tenemos apuntados para regresar en un futuro.
Estamos contentos, entonces… ¿por qué estas ganas de llorar? Nuestro cerebro dice no, nuestro cuerpo sí y las lágrimas contenidas se desbordan en cuanto arranca el coche que nos llevará de nuevo al Campus de la Fundación Vicente Ferrer.
Son lágrimas agridulces, lágrimas que fluyen desde algún lugar de muy adentro, un lugar que apenas recordabas que estaba ahí. Un lugar en donde no hay palabras ni razones, sino miradas, sonrisas, gestos, el calor de una manita en tu mano, el olor de un abrazo… emociones que se contagian a través del aire.
Hace sólo unos instantes estábamos con la familia de Tagurnaik, el niño que hemos apadrinado a través de la Fundación. No queríamos perder la oportunidad de conocerle pues nos gustaría crear un vínculo de amistad con él que perdure en el tiempo.
Sólo tiene 5 años y durante toda la visita ha estado un poco asustado. Algún gracioso del pueblo le ha dicho que nos lo íbamos a llevar. Nuestra última imagen de él ha sido un asomo de sonrisa… la primera que nos regalaba al ver que nos íbamos. Sin él.
Tagur, sus padres, hermana y abuelos viven en una pequeña casa de dos habitaciones: una sirve de cocina y despensa, y la otra sirve para todo lo demás. El baño está fuera. Fuera, fuera… Tienen hectáreas enteras de baño.
Esta casita está en un pueblo donde viven muchas más familias de intocables. El pueblo de los “tocables” está a unos cinco quilómetros de allí.
La mayoría de habitantes de este pueblo sólo han salido de allí para ir a sembrar, para llevar los búfalos a bañarse o como mucho para ir comprar al pueblo de los tocables.
No queda muy a mano, así que casi nunca reciben visitas, y menos de tocables. Y menos de gente blanca. El guía nos cuenta que somos los segundos que pisamos este pueblo y que para la familia es un honor recibir nuestra visita. Se sienten halagados, orgullosos.
Nada más llegar, una pareja encantadora de nuestra edad, los padres de Tagur, nos han recibido como si nos tratáramos de unos parientes a los que hace tiempo que no vieran. Ella, dirige el acontecimiento, exhultante. Nos obsequian con collares de flores, nos quitan el mal de ojo en un rápido ritual y vamos a su casa en comitiva, acompañados por todos los habitantes del pueblo. A Tagur le dicen que nos tiene que dar la mano y él obedece con el ceño fruncido. Nuestro interior empieza a llenarse de lágrimas agridulces.
Nos sentamos sobre las esterillas en la habitación de “para todo lo demás”, que por lo visto también sirve para recibir visitas, y nos presentan al resto de la familia. La abuela, con su pelo blanco recogido en una trenza que le llega a la cintura, nos mira con los ojos abiertos como platos y una sonrisa de oreja a oreja. Nos preguntamos qué estará pasando por su cabeza: sorpresa, alegría… No, no es eso solamente. Nos llega algo muy fuerte, muy positivo, algo muy bonito que evidentemente no podemos explicar. Más lágrimas agridulces.
Desgraciadamente no nos podemos comunicar con fluidez, pues ellos sólo hablan Telugu y nosotros no. El guía hace de traductor pero no es lo mismo.
Nos sirven un pica-pica y unas pastitas. No nos queremos imaginar lo que les ha costado conseguir esos víveres en nuestro honor. Nos han contado que el jornal de un campesino ronda entre 20 a 30 Rupias (30 o 40 céntimos de Euro). Las lágrimas agridulces siguen llenándonos.
La gente del pueblo está amontonada delante de la puerta de casa de Tagur, no se quieren perder nada. Al final alguien decide que salgamos a fuera, así todo el mundo estará contento. Allí nos hacemos las fotos que les enviaremos cuando lleguemos a Barcelona. Estamos seguros que les hará mucha ilusión.
Todo lo demás pasa como a cámara lenta: decenas de sonrisas, alguien que te acaricia la mejilla, una mano que estrecha la tuya de camino al coche… hasta que estás dentro. Miras fuera y sólo alcanzas a ver manos, miradas dulces y sonrisas. Sonrisas tan amplias, tan enormes que te puedes perder en ellas.
Ahora, miramos atrás, las lágrimas agridulces nos emborronan la escena, pero aun alcanzamos a ver como un gran grupo de niños corre detrás del coche moviendo sus manos. Y siguen corriendo y se van haciendo pequeñitos a medida que el coche alcanza más velocidad, hasta que ya no podemos distinguirlos.
A veces, por suerte para nosotros pocas, nuestras creencias sobre la bondad natural de las personas se desmoronan.
Unos pocos hacen tanto daño, hacen tanto ruido, que apenas nos dejan escuchar la melodía que toca el resto de la humanidad.
Por suerte para nosotros, esos momentos de ira, de frustración, de pesimismo… de oscuridad… son pocos y cortos. Siempre hay algo que nos hace creer, que nos hace tener esperanza de nuevo.
Hay mucha gente buena. Mucha y por todas partes. Pero no sólo hace falta gente buena para cambiar el mundo. Ayuda, pero no es suficiente. Lo que definitivamente hace falta es gente buena que se movilice, que luche para conseguir un mundo mejor. Hace falta acción.
En uno de esos días oscuros, en que un velo tupido de pesimismo te distancia del mundo, conocimos la Fundación y a Vicente Ferrer. Ese algo que nos faltaba para volver a creer y salir del letargo aterrador en el que estábamos entrando.
Visitamos la Fundación movidos por la curiosidad: Teníamos que ver con nuestros propios ojos aquel milagro, según algunos, en Anantapur. Una región del estado de Andra Pradesh, el segundo más seco de la India, donde la pobreza se cebaba en extremo hace cuarenta años. Hoy, un modelo a seguir de desarrollo y sostenibilidad a largo plazo.
Vicente Ferrer era un hombre de acción, un líder que ha conseguido que toda esa gente buena de la que hablábamos antes se movilice para lograr un futuro mejor en Anantapur. Poco a poco pero con paso firme, la Fundación ha conseguido lo impensable. Se ha logrado equipar Anantapur con hospitales, escuelas, escuelas para discapacitados, talleres ocupacionales para mujeres… Se han llevado a cabo proyectos de ayuda para los más desvalidos de la sociedad india: los intocables y los grupos tribales. La construcción de casas por un lado y los proyectos agrícolas por otro, hacen que millones de personas hayan podido salir de la espiral de miseria en la que estaban inmersas.
Se trabaja desde la comunidad y para la comunidad. El equipo está formado por personas locales, las necesidades surgen de las mismas comunidades. Es un engranaje que lo mires por donde lo mires, funciona con armonía y de forma integradora.
Cuarenta años de dedicación, de trabajo arduo, de acción.
¡Vicente, no nos dejaremos vencer!
Por último queremos felicitar a todos los trabajadores de la Fundación por el gran trabajo que están haciendo. También queremos agradecer a los que nos guiaron y enseñaron los proyectos de la Fundación, en especial a Shiva y Rama, con las que compartimos más tiempo. Y por último mandamos un abrazo muy fuerte a los chicos y chicas de la Fundación de España que nos hicieron sentir parte del grupo.
En nuestro último blog, lanzábamos la siguiente pregunta:
¿Has soñado alguna vez que existía un lugar perfecto y que vivías en él?
Probablemente, la respuesta mayoritaria es un SI rotundo.
A todos nos gustaría vivir en un lugar equilibrado, justo, respetuoso.
Hace poco más de 40 años, Mirra Alfassa, discípula y compañera de Sri Aurobindo, gurú espiritual, pasó de las palabras a los hechos y fundó Auroville, lo que catalogó de experimento social.
Los valores sobre los que “La Madre” –como es conocida- fundó Auroville, son excelentes.
Sencillos y excelentes.
Podríamos ahondar mucho sobre su filosofía y principios, pero básicamente Auroville fue creado para que existiera un lugar en el mundo donde vivieran las personas de buena voluntad, dispuestas a buscar el bien en cada acto.
Sería un lugar que estuviera en sintonía con la naturaleza.
Las personas estarían por encima de las religiones, de las nacionalidades, de las razas, etc. El ser humano sería formado y educado para desarrollarse como persona, encontrar su vocación y vivir en el respeto hacia los demás integrantes de la comunidad.
El dinero tendría una importancia relativa, y los habitantes de Auroville decidirían su futuro mediante referéndums.
Pasados 40 años… ¿Podemos decir que “La Madre” consiguió sus objetivos? ¿Qué nos encontramos cuando fuimos hace unas semanas a visitar Auroville?
Bajo nuestro punto de vista, y después de estar una semana allí, podemos decir que el proyecto es un éxito. Y no porque se hayan materializado todos los conceptos que “La Madre” ideó en su día, sino porque la base es buena, muy buena.
Quizás el proyecto está lleno de imperfecciones… pero para nosotros esto no deja de ser lógico.
Es un proyecto joven, de apenas cuatro décadas. El ser humano lleva miles de años en el planeta y, en pleno siglo XXI, por ejemplo siguen existiendo las guerras. ¿Hemos conseguido esto en más de 2000 años?... ¿Cómo entonces vamos a exigirle la perfección a un proyecto de apenas 40?
Las imperfecciones de Auroville son producto de su juventud, de su falta de madurez. Pero la base, y lo hemos comprobado con nuestros propios ojos, es excelente, muy motivadora.
Ha sido un placer visitar Auroville.
Caminar por su agradable entorno natural. Ver en funcionamiento algunos coches eléctricos, ver placas solares por doquier. Comprobar el pausado ritmo de vida de los aurovilianos, gente procedente de 35 nacionalidades diferentes viviendo en armonía y respetando la cultura, el credo y la raza del resto.
Visitar la “Cocina Solar”, donde mediante energía procedente del sol se cocina para buena parte de la gente de Auroville.
Sin olvidarnos del Matrimandir, esa enorme pelota de golf dorada que os comentamos, cuyo interior es un regalo para el alma.
Además, en Auroville hicimos un grupito muy majo. Oscar, Paco, Yannik, Celine, Karine… entre todos fuimos investigando, conociendo las particularidades de Auroville.
Hay gente que está preocupada por la existencia de Auroville. Son algunos de sus detractores.
Es lógico.
A más de uno asusta que haya un lugar que sirva de ejemplo. Un lugar en el que el dinero no es el rey absoluto, donde no todo se puede comprar, donde las personas no tienen precio.
Donde gentes de diferentes nacionalidades, razas y religiones se entienden entre sí, siendo entonces invulnerables a la manipulación.
Para nosotros, y teniendo en cuenta la humildad de nuestra opinión, Auroville es la prueba definitiva de que otro mundo es posible.
Cierra los ojos, relájate.
Imagina que hay un lugar en el mundo que es ideal, con un equilibrio perfecto.
Donde nadie pasa hambre, donde todos tienen las necesidades básicas cubiertas.
Sigue con los ojos cerrados, respira profundamente.
Imagina que este lugar está en perfecta sincronía con la naturaleza, y que se intenta por todos los medios posibles utilizar fuentes de energía renovables.
Imagina también que el ambiente es sumamente agradable. No hay apenas ruido de coches ni de motos, el estrés no existe, el aire es limpio y la contaminación brilla por su ausencia.
En este lugar, de apenas 2000 habitantes, conviven personas de 40 nacionalidades diferentes. Todos viven en armonía, y el respeto hacia los demás impera en cada rincón.
Cuando se fundó, hace cuarenta años, se hizo para que hubiera un lugar en el mundo donde las personas que buscan el bien pudieran vivir tranquilamente, sin que ningún país o estado pudiera reclamarlo como suyo.
En este lugar, la educación tiene un papel sumamente importante. Los niños no van a la escuela para aprobar los exámenes, sino para formarse como personas y para hallar su vocación, dando importancia a los valores intelectuales, artísticos, espirituales…
El dinero tiene una importancia relativa, pues se huye de la propiedad privada.
Además, se intenta inculcar la cultura del trueque.
En esta especie de pueblo, el lugar central no lo ocupa ni una iglesia, ni una mezquita, ni un templo… ni tan siquiera una plaza. El centro de esta comunidad es una gigantesca bola dorada, semejante a una pelota de golf, donde en su interior la gente acude a escuchar el silencio, a meditar, a relajarse.
Si has llegado a leer hasta aquí, probablemente te estarás preguntando: ¿Pero existe este lugar?
Nosotros nos hicimos la misma pregunta, y fue por eso que sin dudarlo ni un momento nos dirigimos hacia Auroville, que así se llama el lugar, a comprobar si era cierto que existía.
En los próximos días te explicaremos cómo fue nuestra estancia allí.
Hasta entonces, hazte esta pregunta: ¿Has soñado alguna vez que existía un lugar perfecto y que tú vivías en él?
Rue Roland Romaine.
Son las cinco de la tarde, la hora en que uno se puede comenzar a plantear salir a la calle. El calor es aun intenso y la humedad te convierte en un recipiente que no para de vaciarse.
La calle por la que caminamos poco tiene que ver con las avenidas caóticas y ruidosas del centro de la ciudad: miles de telas de saris colgadas a los lados de las tiendas de ropa, garitos donde puedes encontrar todo lo que te propongas, carritos de helados o de comida rápida, el eterno “chai” -ese delicioso té masala con su mezcla de especias- , luces de neón…
No, no estamos en el centro. Estamos en la parte de mayor influencia francesa. Grandes mansiones coloniales, calles limpias, cuidadas y señalizadas con sus placas con su nombre, alguna tienda de muebles de anticuario… Bonito, sí. Aburrido, también.
Como siempre aquí, no encontramos el término medio. Suponemos que alguien ha decidido que el barrio colonial francés debe mantenerse así con objetivos turísticos. De vez en cuando nos topamos con algún detalle que nos recuerda que estamos en la India: Un “rickshaw”, un bocinazo o un edificio apuntalado con una precaria estructura.
Tomamos una de las calles a la derecha, ya notamos la brisa del mar. Cerramos los ojos recordando algún momento cercano en nuestro corazón aunque lejano en el espacio y el tiempo. Al abrirlos, ya vemos el paseo marítimo, estamos de nuevo en la India. Centenares de personas acuden allí cada tarde a tomar el fresco. No hay playa. En su lugar grandes bloques de hormigón paran las olas del mar.
Al fondo, la escultura de Gandhi nos espera. Hoy lleva un collar de flores naranjas que contrasta con el color oscuro del metal. Está de espaldas al mar, como Pondicherry…
Alguien muy sabio, tuvo un momento de inspiración y nos regaló a la humanidad un proverbio que no deberíamos olvidar nunca:
“ Si piensas en días, vende.
Si piensas en meses, siembra.
Si piensas en años, planta árboles.
Si piensas en generaciones, invierte en educación.”
Como nosotros no somos sabios, nuestros momentos de inspiración se limitan a saber aplicar en cada momento los conocimientos de aquellos que sí lo fueron.
Con esta máxima, e intentando extrapolar el mensaje de este bello proverbio a la situación que se vive en las calles de Hampi, hicimos unos pequeños cambios:
“ Si piensas en días, dale a un niño una limosna.
Si piensas en meses, dale a los padres de ese niño una limosna.
Si piensas en años, dale a la comunidad de ese niño una limosna.
Si piensas en generaciones, dale a ese niño educación.”
Y allí estaba la Hampi Children’s Trust, abanderada de esta causa encomiable y cuyo espíritu nos contagió desde el primer momento las ganas de involucrarnos en este ambicioso proyecto.
Si hemos de ser sinceros, al principio temíamos que la actual crisis económica afectara a la recaudación de fondos para la Hampi Children’s Trust, pero vosotros, con vuestras aportaciones, nos habéis dado una lección.
Ni la peor de las crisis podrá nunca con gente como vosotros, gente que verá las necesidades de los demás antes que las propias.
De todo corazón, muchas gracias por estos 1460 € (98.000 Rupias) que servirán para poder seguir pensando en generaciones.
Y como la cosa hoy va de proverbios, nos gustaría terminar este blog con uno que nos parece muy adecuado para los tiempos que corren:
“Cuando el viento no sopla a favor, puedes hacer tres cosas:
Ser pesimista, y darte por vencido.
Ser optimista, y esperar a que cambie.
Ser realista, y ajustar las velas.”
A continuación os mostramos, ordenado alfabéticamente, el detalle de todas las aportaciones donadas.
Aprovechamos para dar las gracias a la ONG BPM (
www.bpm-ong.org), que es la que se encarga de sufragar todos los gastos que conllevan las transacciones/comisiones bancarias.
Siempre hemos pensado que mientras viajas, la percepción de cada lugar depende de un conjunto de factores que a veces poco tienen que ver con la valoración objetiva de sus atractivos estéticos, culturales y/o históricos. La compañía, el clima, tu propio estado de ánimo o incluso las primeras impresiones del lugar, son algunos de estos factores que pueden hacer que quieras salir corriendo de una ciudad, donde quizás en otra ocasión te sentirías como en el paraíso.
Y Kanchipuram, objetivamente tenía mucho que ofrecer: Centenares de templos hinduistas, algunos de los cuales de antigua y espectacular arquitectura; la autenticidad de un lugar que no es frecuentado por el turismo de masas; y la fama de ser la ciudad donde se pueden encontrar los más bellos saris de seda.
Por otro lado, la compañía era perfecta: En Fort Kochín habíamos conocido a Cristina, natural del bellísimo pueblo de Montblanc, con la que viajamos unos días.
Desgraciadamente otros factores negativos enturbiaron nuestra estancia en la ciudad. De hecho, entramos en ella con mal pie: Llegamos en un autobús local desde Chenai del que por poco no bajamos. El bus había alcanzado ya la estación y redujo la velocidad… pero daba la sensación de que no iba a parar del todo. Atónitos vimos como las personas que esperaban en la estación, entraban a tropel en el bus aún en marcha impidiendo a su vez que los de dentro pudiéramos salir.
Luego descubriríamos que en realidad el bus sí iba a parar completamente y que simplemente hubiéramos tenido que esperar un poco para bajar. Pero en ese momento, la sensación de ser acorralados y arrollados nos puso de los nervios y un impulso irracional nos llevó a salir de allí a empujones (como hacían los que entraban).
Eran las doce del mediodía y un sol abrasador nos dio la bienvenida. El calor era sofocante, casi insoportable. El ruido del denso tráfico, ensordecedor. Camiones, coches, rickshaws y motocicletas competían sin cesar en lo que parecía ser un concurso de bocinazos. Esa misma tarde cayó una fuerte tormenta…
El mal ya estaba hecho: al día siguiente, tras haber visitado los principales templos, nos pusimos en marcha de nuevo. ¡Huimos!
Noviembre de 2006. Kali Das, un treintañero nacido en Hampi, se dirige a su establecimiento: Hampi Heritage Gallery. Su galería de arte donde desde hace unos meses desempeña también sus competencias de guía turístico. Está en la calle principal del pueblo, Main Bazar.
Justo delante suyo una niña de unos cinco años tira de la manga de un turista con su manita sucia que, luego, en un gesto universal, se lleva a la boca: 'Una moneda para comer'. Sus grandes ojos negros hablan de alguien que, a pesar de su corta edad, se sabe responsable de su supervivencia. Más adelante, este mismo turista se encontrará con una docena de niños más y con los incansables adolescentes que venden mapas, guías y pegatinas.
Kali retrocede quince años en el tiempo y se ve a si mismo como esos adolescentes. Su madre no podía mantener sola ni a él ni a sus cuatro hermanos. Su padre, alcohólico, no estaba por la labor. Sin embargo, Kali tuvo suerte… Vagando entre las impresionantes ruinas de Hampi, conoció a un turista alemán que le ayudó a costearse sus estudios en Pondicherry, donde también aprendió francés e inglés. Gracias a ello es por lo que hoy se puede dirigir a su propio negocio y se gana la vida dignamente. ¿Qué sería de él en estos momentos si no se hubiera cruzado en su camino ese hombre? Sin estudios, probablemente no le hubiera quedado otra opción que ser jornalero en el campo o en la construcción, ganando un sueldo miserable con el que a duras penas sobrevivir.
Kali mira de nuevo a la niña de 5 años: ¡Cómo le gustaría poder ayudar a esos niños! ¡Si tan sólo pudiera hacer que fueran a la escuela! Para sus familias la escuela es algo secundario de lo que preocuparse. Primero uno tiene que comer.
Kali piensa que tan solo necesitaría contar con el apoyo suficiente como para costear tres comidas diarias para cada chiquillo, material escolar y el uniforme, la mensualidad de la escuela y un seguro que cubriera posibles eventualidades.
La suerte quizo que fuera en ese momento que su vida se volviera a cruzar con la de Tim Brown, un turista inglés al que conoció diez años antes en Hampi, cuando estaba haciendo sus primeras prácticas de guía turístico.
Durante las largas conversaciones entre ambos, emergió la idea de crear el Hampi Children’s Trust (HCT), una organización sin ánimo de lucro que promoviera y mejorara las posibilidades de educación de los niños (entre 4 y 16 años) de Hampi cuyas familias no pudieran hacer frente a los gastos derivados de su escolarización.
Juntos, Tim y Kali, iniciaron este proyecto. Comenzaron con ocho niños. Dos años después de su creación, la HCT está ayudando a treinta y tiene una lista de espera de diez niños más, hasta que consigan más recursos.
Hoy el proyecto cuenta, además, con dos profesores que ofrecen unas tres horas diarias de apoyo escolar en las que se intenta crear una estructura semanal y unos hábitos de estudio e higiene básicos en la vida de estos niños.
En nuestros primeros días en Hampi conocimos este proyecto y no quisimos perder la oportunidad de echar una mano dándolo a conocer en www.lavueltaalmundo.net.
Hay muchas maneras de ayudar a HCT, según nos ha contado Kali:
-Si visitas Hampi, puedes echar una mano como voluntario ayudando a los niños en sus tareas de inglés. En el Harmony House, el local de la organización, hay habitaciones para los voluntarios. Tan sólo deberás pagar los costes básicos derivados de tu estancia.
-Puedes traer ropa (para los niños o sus familias), material escolar, de higiene y medicinas de primeros auxilios.
-Puedes colaborar económicamente. Mantener este servicio cuesta unas 10.000 Rupias (unos 150 Euros) por año y por niño.
-No hagas caridad con los niños de la calle dándoles dinero u otros bienes materiales, pues estás fomentando la mendicidad y que, por lo tanto, no vayan a la escuela.
Nosotros, a parte de colaborar como voluntarios estas dos semanas que pasaremos en Hampi, tenemos la intención de recoger las donaciones que los amigos de www.lavueltaalmundo.net quieran hacer, para entregarlo esta misma semana a Kali.
Así que, si quieres colaborar, haz tu aportación como máximo este jueves para que podamos hacer la entrega a finales de esta semana.
¡Esperamos contar con tu apoyo!
En general nos consideramos personas afortunadas. Podríamos decir que la vida nos sonríe, hacemos lo que nos gusta y eso sin duda nos ayuda a valorarlo así. No obstante también tenemos días terribles, en los que misteriosamente se encadenan varias “desgracias”. Esta semana nos tocó uno de esos días: No nos encontramos con las personas con las que habíamos quedado. Más tarde, un viajero loco de atar con un alto grado de paranoia nos insulta y amenaza durante lo que iba a ser nuestra tranquila tarde en un bar con “chill out' y, finalmente y lo peor, se muere uno de nuestros ordenadores portátiles. Descanse en paz. Nuestra peor pesadilla: nuestra herramienta de trabajo deja de funcionar… Y aunque no es el fin del mundo, pues por suerte estamos preparados para tales eventualidades de cara al trabajo, hay cosas que duelen: ¡Con nuestro ordenador se han ido las fotos de las últimas semanas! Esperamos poderlas recuperar. Pero, por el momento, habrá algunas entradas de blog que carezcan de imágenes.
Este ha sido nuestro mal día… el que nos ha hecho valorar lo buenos que han sido los anteriores.
Ayer nos dejó una de las personas a las que más admiramos: Vicente Ferrer.
Esta última semana pudimos ver en primera persona el proyecto que este gran hombre ha liderado en Anantapur, en el estado de Andra Pradesh, y no podemos dejar de pensar en la dedicación y extraordinario esfuerzo realizado durante nada menos que 40 años de su vida.
Decididamente pensamos que Vicente Ferrer no ha muerto, porque su espíritu permanecerá en Anantapur, en cada partícula de los proyectos que puso en marcha… porque su alma estará junto a la de las millones de personas a las que ha ayudado… porque su historia se grabará en la memoria de todos aquellos que, como nosotros, hemos podido conocer su gran obra…
Vicente, esto no es una despedida, simplemente es un homenaje, un agradecimiento: Nos has inspirado e iluminado, nos has hecho creer de nuevo en el ser humano y en que un mundo mejor es posible.
Era nuestra última noche en Fort Kochin. Habíamos cenado en nuestro restaurante favorito. Yellow Dhal y Mutter Paneer, lentejas y queso en sus salsas especiadas y picantes a las que no sólo nos estábamos acostumbrando, sino que empezábamos a apreciar.
Debido a las intensas lluvias del monzón, se ha ido la luz en gran parte de la ciudad.
Con la linterna en la mano, atravesamos las calles y callejuelas oscuras que nos separaban del hotel, un decente establecimiento en el que, por ser temporada baja, habíamos conseguido una habitación de primera a muy buen precio. Ésta, era espaciosa y tenía hasta un pequeño balcón que daba al relajante jardín, lleno de plantas y altas palmeras.
Habíamos dormido con las ventanas abiertas todas las noches. Pero esa noche no. Misteriosamente algo nos decía que las cerráramos… era una planta baja y estábamos cerca del campo, nunca se sabe.
Justo al cerrar la ventana, desde lo alto del marco de la misma algo desciende, como caído del cielo. Durante unas milésimas de segundo, ese “algo” puede ser muchas cosas:
¿Una hoja? ¿Un trozo de ventana? ¿Algo que se le ha caído al vecino de arriba?
Pero pasados esos instantes precisos, la realidad toma forma de una manera desagradable. ¿A alguien se le ha caído alguna vez una rata encima, teniéndola entre los brazos durante unos instantes? Desde la experiencia ya os lo podemos asegurar: es realmente asqueroso.
Pasado el primer “shock”, nos damos cuenta de que la cosa no ha acabado. De hecho, apenas ha comenzado. Hemos llegado a esta conclusión cuando sin darnos cuenta ya estamos los dos encima de la cama. ¡Qué imagen más patética!
Llegados a este punto, tenemos un problema. Como hemos cerrado la ventana, la rata no puede salir.
Cómo mínimo, hay una buena noticia. La rata se ha quedado quieta. De hecho, nos estamos mirando a los ojos. Parecemos pistoleros del oeste, esperando cada uno la reacción del otro.
Pasan 5 minutos y nadie, ni nosotros ni la rata, hace ningún movimiento.
Durante ese tiempo hemos ido valorando las opciones, y con pesimismo vemos que la rata juega con ventaja.
Las ratas, cuando se sienten acorraladas o en inminente peligro, muerden, y al morder te contagian la rabia. Ella tiene ese arma. Nosotros no. Porque si nosotros mordemos a la rata, como mucho le clavamos un empaste.
Por consiguiente, no nos podemos acercar a la ventana para abrirla, pues la reacción de la rata puede ser imprevisible.
La primera solución medianamente válida que encontramos, es abrir la ventana desde encima de la cama ayudados por una silla que tenemos al lado.
Procedemos con sigilo a realizar tan delicada operación… pero el silencio con el que hemos querido actuar se va al garete porque al levantar la silla por encima de nuestro cuerpo la hemos empotrado con el ventilador que cuelga del techo.
La silla sale disparada hacia el suelo, pero afortunadamente la rata, igual que nosotros, del susto se ha quedado inmóvil.
Volvemos a probarlo, pues estamos convencido que la idea es buena. Y a la segunda va la vencida, y cuando con las patas de la silla conseguimos abrir la ventana, la rata apenas necesita medio segundo para salir corriendo.
Desde aquel día, cuando cerramos alguna ventana, siempre miramos hacia arriba.
Una noche en tren nos llevó a nuestro siguiente destino, Fort Kochín, en el estado de Kerala. Un lugar donde se respira calma y tranquilidad entre las calles de aire portugués, la costa con sus antiguas redes para pescar, sus cuidados detalles, sus preciosas tiendas de artesanía, y sus bares y restaurantes de diseño.
Esa es la zona turística de Fort Kochín, el barrio-escaparate, un lugar irreal donde todo ha sido pensado para gustar al de fuera, al turista.
Dos calles más allá de la zona turística, ya vuelves a estar en la India: rickshaws y coches con son sus escandalosas bocinas, animales sueltos, saris de colores, comedores baratos, suciedad… vida, al fin y al cabo.
En Fort Kochín nos alcanzó el monzón del suroeste. Los lugareños dicen que este año llegó a Kerala unas semanas antes, y con él... fuertes lluvias, la bendición para los campesinos. El “coco” para los viajeros. Por eso decidimos partir hacia el oeste, donde aún gozaremos de días soleados, aunque terriblemente húmedos y calurosos.
Desgraciadamente dejamos Kerala sin apenas conocerla, lo que nos da un motivo más para volver a la India en un futuro.
Una de las historias sagradas del hinduismo, narra como Gokarna, un pueblecito pesquero del actual estado de Karnataka, fue escenario de uno de sus pasajes que se desarrolla entre dioses, semidioses y demonios, y que ha hecho de éste un lugar de peregrinaje, y rituales continuos para los hinduistas.
Poco a poco vamos aprendiendo palabras y conceptos relacionados con esta religión ¿o quizás diríamos filosofía? ¿o un modo de vida?... Así es siempre, continuas preguntas que nos contestamos con más preguntas. Y es que, de todas las “religiones” que hemos conocido, quizás es la que nos está pareciendo más compleja de entender, a la vez que fabulosamente atrayente por todo su contenido de mitología fantástica, y colorida y aromática liturgia, pero también (y de nuevo una contradicción) repelente por todo el sistema de diferencias sociales que parece promueve con las castas… Tratamos de entender, de comprender, no nos resulta fácil.
Por nuestra memoria, fruto de nuestra estancia en Gokarna, desfilan nuestras queridas vacas sagradas a las que ya casi les podíamos poner nombre, el aroma de las barritas de incienso en cada establecimiento que cuidadosamente enciende el vendedor recitando alguna oración en un dulce susurro, las ofrendas de comida y flores en lindas bandejas doradas que portan los creyentes, el murmuro de cientos de voces que en una sola voz recitan palabras imposibles de entender, frentes pintadas de rojo y blanco… Todo un mundo que, aunque no sabemos como lo definiríamos, se nos mete en los sentidos como místico y mágico.
Te invitamos asomarte a una de las calles principales de Gokarna a través de nuestro video: 'Gokarna, mística y mágica'.
Es muy frecuente que, influidos por la fama de cierto lugar o región, algunas cosas nos puedan pasar desapercibidas.
Este es el caso de Panjim, invisible por muchos viajeros que acuden a Goa única y exclusivamente con la intención de broncearse y pasear por la playa.
Quien tan sólo busque arena y sol, se perderá la oportunidad de conocer una simpática ciudad que sorprende por las callejuelas de su barrio Fontainhas, repleto de casas de colores al más puro estilo portugués.
Precisamente desde Panjim, hicimos una excursión de un día a Old Goa, la antigua capital del estado, antaño capaz de plantar cara a la mismísima Lisboa… hoy apenas un conjunto de iglesias y catedrales que conforman una ciudad museo.
Fue en Old Goa donde tuvimos nuestros primeros problemillas con la policía india.
¿La culpa? Encender un cigarrillo en el parking exterior del recinto.
Nos estamos encontrando que está prohibido fumar en casi todos los lugares, infinidad de carteles te lo recuerdan. Por eso hay que aprovechar los pocos lugares en donde se puede, así que un parking al aire libre, sin nadie alrededor y sin el eterno letrero de “Fumar aquí es una ofensa”, parecía el lugar perfecto.
El policía gordinflón que estaba a unos 30 metros pareció tener un radar anti-humo, y apenas dos caladas más tarde ya había detectado una humareda sospechosa. Al cabo de poco menos de un minuto, ya estábamos en la garita policial sentados en un par de sillas incomodísimas, con dos uniformados agentes delante y una multa de 1000 Rupias encima de la mesa.
– No vamos a pagar ninguna multa –dijimos con autoridad –en el parking exterior no está prohibido fumar.
Debimos sonar muy convincentes, pues inmediatamente las mil Rupias se convirtieron en quinientas.
– No se trata de la cantidad –continuamos– es una multa injusta, ustedes lo saben y nosotros también. No vamos a pagar nada.
Pasaron cinco, diez, quince… veinte minutos, y los argumentos eran los mismos y la discusión se hallaba anclada desde hacía rato en el mismo punto. La diferencia era la cantidad, pues ahora era de tan sólo 100 Rupias (apenas un Euro y medio).
Regatear con la policía es más agotador que hacerlo con el vendedor más exigente del mercadillo, así que viendo que íbamos a perder la mañana, decidimos pagar las 100 Rupias y olvidarnos del tema.
Al cabo de una hora, paseando por Panjim, unos pantalones coloridos llamaron nuestra atención. La vendedora no pasó por alto nuestro interés y se apresuró a poner precio al objeto de nuestros deseos.
– ¿Cuatrocientas Rupias? Ni locos vamos a pagar esto.
– Podríamos dejarlo en trescientas – contraofertó la intrépida vendedora.
– Es una cantidad desorbitada –le dijimos– es un precio injusto, usted lo sabe y nosotros también. No vamos a pagar tanto dinero.
¿Cerramos el trato en doscientos cincuenta? –apuró.
–No vamos a pagar más de 100 –contestamos– Por cierto… ¿Tiene un par de sillas?
Aire… aire de libertad. Y belleza… belleza de los campos de cultivo, de los palmerales en la costa, de las mujeres con sus saris de colores. Belleza de esa tierra roja que sostiene las iglesias de origen portugués blancas como la nieve, de esos árboles floridos. Colores y más colores… explosión de color que llena tus sentidos, a rebosar. Quizás por eso, en un acto reflejo de tu cuerpo, abres la boca: sonríes. Y devuelves así parte de la belleza que previamente te has llevado.
Del pequeño y turístico estado de Goa, quizás no nos acordemos de sus famosas playas… Lo más probable es que, de aquí a unos años, nos acordemos de nuestras sensaciones mientras conducíamos en moto por sus estrechas carreteras.
Te invitamos a ver este video que hemos hecho: “En moto por Goa”. ¡No olvides ponerte el casco!
Viajar en tren es mágico.
Hay algo en esta simple máquina que lo hace especial, romántico.
A muchos se nos ha quedado grabada en la mente la imagen de la eterna enamorada despidiendo a su amante mientras recorre el andén buscando una última mirada. O la estampa de aquellos trenes antiguos, con compartimentos donde el revisor pasaba entre una nube de humo del cigarrillo de algún pasajero interesante.
Decididamente, el tren nos ha dejado bellas imágenes, así como bonitos poemas y hermosas canciones. Escritores, artistas, cantantes… todos se han rendido a su magia, a su bohemia.
¿Cuántas historias de amor habrán nacido en sus vagones? ¿Cuántos momentos especiales se habrán vivido?
A nosotros el tren también nos tiene robado el corazón. Y en especial los trenes nocturnos, aquellos que a medianoche parten hacia cualquier destino.
Eran las diez de la noche cuando salimos del hostal de Bombay rumbo a la estación Victoria.
- ¿Tu crees que habrá mucha gente en la estación a estas horas de la noche?
- No lo creo… o como mínimo no habrá tanta como esta mañana, cuando hemos ido a comprar el billete.
El taxista hace una maniobra desafortunada y se gana unos cuantos bocinazos de los coches que van detrás.
Nosotros no podemos dejar de mirar por la ventanilla. La ciudad ofrece ahora, a la luz de la luna, un aspecto diferente que no queremos dejar de saborear.
El taxista se apea en la estación y nos ayuda a bajar las mochilas.
Y es en ese momento, justo en ese momento en el que accedemos por la puerta de entrada general, que una explosión de ruido y de colores nos hace sentir abrumados, aturdidos.
La estación, gigantesca como pocas en todo el mundo, está abarrotada de gente que consigue darle a ese singular edificio un aspecto de hormiguero.
Es imposible describir aquella imagen, aquella sensación. Miles de personas, vestidas con prendas de vivos colores, van arriba y abajo. Otras tantas yacen en el suelo esperando a que salga su tren. Un sinfín de trabajadores cargan con la mercancía que ha de ir en los trenes. Utilizan largas y rudimentarias carretillas y no paran de gritar para que los demás se aparten de su camino.
El ruido es ensordecedor. Es difícil incluso escucharnos a nosotros mismos cuando hablamos, difícil incluso oír nuestros propios pensamientos.
- ¿Te esperabas esto?
- No… por supuesto que no.
Deambulamos durante una hora por la estación. En aquellos momentos tenemos la sensación de que estamos viviendo algo único, que aquel espectáculo nocturno es digno de quedarse en nuestra memoria para siempre.
Finalmente nos dirigimos a nuestro tren, que a las 11:10 partirá hacia Goa. Es muy fácil ver cómo la gente se distribuye entre clases, el aspecto de los vagones no ofrece ninguna duda al respecto.
Dentro del vagón el espectáculo sigue, y así hasta que el reloj marca la hora indicada, los motores arrancan y el tren, ese amasijo de hierros con alma, se despereza y empieza a moverse con la magia que sólo tienen los trenes.
Os dejamos un breve video que hemos encontrado en youtube de la estación de Bombay:
– ¿Os puedo hacer una fotografía con ella? –nos pregunta un hombre señalando a su esposa mientras ella, vestida con un precioso sari color fucsia, nos lanza una tímida sonrisa.
Descolocados, no sabemos si hemos entendido bien la pregunta en su inglés con fuerte acento indio. ¿Nos quiere vender algo? ¿Quizás después nos venderá la foto? ¿Se trata de un timo? ¿Nos quiere robar? Pero un sexto sentido nos dice que podemos confiar en ellos.
– Mmmmm… ¿Hacernos una foto, tú a nosotros, con ella? –utilizamos la mímica que nunca falla.
– Sí, por favor.
Nos miramos de reojo, nos encogemos de hombros… bueno, asentimos, vamos allá. A ver qué pasa.
El señor nos hace la foto con su sonriente esposa, nos dan las gracias y se van. Nos miramos de nuevo con un gesto interrogante:'esto… ¿por qué?'. Pero por más que imaginamos una explicación rebuscada, fruto de nuestras mentes retorcidas y desconfiadas, no la encontramos. 'Será por que les hace gracia tener una foto con un guiri', decidimos sin estar muy seguros.
Y la historia se repite, y se repite en cuanto nos paramos en alguna plaza o algún lugar frecuentado por turistas locales: en frente de la Puerta de la India –arco del triunfo colonial-, en los templos excavados en las rocas de la Isla Elefanta o incluso en la bulliciosa estación de tren Victoria. Muertos de risa, empezamos a sentirnos como actores de Hollywood o, mejor dicho, de Bollywood.
Esta es una de las cosas que nos están pasando en la India. No se pueden buscar trasfondos extraños, nos parece maravillosamente simple.
A continuación colgamos un breve video de menos de un minuto que hemos grabado, 'Un paseo por Bombay'. ¡Esperamos que os transporte hasta allí!!
Uno de Mayo, aterrizamos en el aeropuerto de Bombay.
Hasta ese momento y durante todo el viaje que nos lleva hasta allí, millones de pensamientos e imágenes se nos han mezclado en nuestro cerebro como si fuera una coctelera agitándose. Hace tanto que queríamos viajar a la India, nos han hablado tanto de ella… muchas veces con pasión, otras muchas con decepción o con rechazo. Así que todas estas ideas, podríamos decir prejuicios, han ido trabajando sin que les hayamos dado permiso. ¿Quizás estamos un poco asustados? Miedo a lo desconocido, miedo a nuestras mismas reacciones ante algo tan esperado. Pero se acerca la hora de la verdad, el momento en que se abre el telón de esta nueva obra que vamos a interpretar por unos meses… Respiramos profundamente, y salimos al escenario a través de la puerta de salida del aeropuerto.
Una bofetada de aire de caliente nos deja medio atontados y se suma a nuestro estado de embotamiento general producido por el vuelo y el 'jet-lag'. En este lamentable estado quizás es mejor que cojamos un taxi si queremos llegar a buen puerto. La carrocería del taxi nos cuenta que podría ser el mismo que hace cincuenta años cogió algún hippie en su viaje de búsqueda de sí mismo… Con mucho esmero el conductor se ha encargado de seguir haciendo funcionar a la máquina. Ha reemplazado las piezas que ya no se fabrican por otras que ha ingeniado a nivel casero y ha forrado los asientos con una tapicería de alegres colores, muy al estilo indio.
Bocinazos, la sensación de estar yendo en sentido contrario y… mucha gente, y más gente, mucha más de la que te puedes llegar a imaginar…¡Estamos en la India!
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